jueves, 31 de diciembre de 2009

¿SIGO SIENDO YO?

La madre de Lucas empujó el cochecito por la rampa de la escuela. Se detuvo al llegar a la puerta y se inclinó para ver a June, que aún estaba dormida. En el colegio, apenas media docena de padres esperaban a que los niños salieran. Todavía faltaban unos minutos. Rutinarios gestos de cabeza a modo de saludo se fueron sucediendo mientras llegaba el resto de padres y madres para recoger a sus hijos. La madre de Lucas miró las anotaciones sobre la pared que indicaban qué tal había comido el niño.

- ¡Qué raro! Si Lucas siempre come bien. No sé qué le habrá pasado hoy.

- Le habrán puesto algo que no le ha gustado - comentó otra madre.

Después de las habituales conversaciones mantenidas con otros padres y madres de la clase de Lucas, dos minutos más tarde de la hora de salida, una profesora abrió la puerta.
Cuando Lucas salió, se aupó al cochecito para saludar a su hermana.

- ¡Ten cuidado! June está dormida - le avisó su madre.

Lucas se separó del cochecito y acompañado por otros niños de su clase corrió hacia el patio del colegio. Su madre se dio la vuelta para seguirle.

Aunque el patio no era excesivamente grande y le acompañaban los humos del tráfico contiguo a la escuela, solían quedarse allí un rato mientras los niños jugaban al tiempo que tomaban la merienda.

Esa tarde, Lucas no quiso merendar. Su madre y él discutieron.

La cena fue parecida.

- Pero si el arroz sí te gusta. ¿Por qué no quieres cenar? Si no has comido nada en todo el día - le dijo su madre.

Lucas calló por respuesta. Su madre estaba enfadada, pero los lloros de June, que habían sido continuos a lo largo de la tarde, y que el padre de Lucas fuera a llegar más tarde de lo previsto, le hicieron desistir de una discusión que dio por perdida antes de empezar.

Pensó que por aquel día ya había tenido bastante.

- Vale, no te lo comas si no quieres. Pero mañana tienes que comer lo que te pongan en el cole - le dijo, autoconcediéndose una pírrica victoria.

Lucas permaneció en silencio.

- Ahora a dormir - dijo su madre.

La madre llevó a los niños a la habitación. Vistió a Lucas con el pijama y después de ponerle el chupete a June, comenzó a acunarla tarareando una apenas audible melodía.

- A ver lo que duras - le susurró a la niña mientras le acariciaba la nariz.

Lucas pidió un cuento. Y a pesar de los posibles pucheros de June, y tras una rapidísima deliberación en la que se determinó si de boca o de libro, ganando la primera opción, su madre cumplió con el cuento. Antes de terminarlo, ya había conseguido que June se durmiera. Dio un beso a Lucas y abrió la puerta para salir, pero la voz del niño la reclamó de nuevo.

- ¿Qué quieres, cariño? - preguntó en voz baja, para no despertar a June.

- Cuando sea mayor, ya no seré yo. ¿No? - dijo Lucas.

Su madre se quedó extrañada. No tenía ganas de que June se despertara, y encontraba inadecuado el horario para semejantes cuestiones, más aún cuando Lucas había tenido todo el día para preguntarle aquello.

- Pero si falta mucho para que seas mayor. Ahora sólo tienes tres años. No te preocupes por eso - dijo, zanjando el tema por su parte.

- Sí. Pero cuando sea mayor, ya no seré yo. ¿Verdad? - insistió Lucas, con un deje de preocupación en su voz.

- No. No. Sí que serás tú. No sé por qué dices eso - respondió su madre, esta vez con un tono más tranquilizador, percatándose de que había un problema por resolver.

- Porque ya no tendré este cuerpo, y mi cara será de mayor.

- Claro, cariño. Pero eso nos pasa a todos.

- Ya. Pero yo no quiero ser mayor. Yo quiero ser yo. No quiero hacerme mayor.

- Vale, vale. no te preocupes. No te vas a hacer mayor. Ahora, duérmete, ¿vale? No te preocupes por eso - le dijo.

Después se sentó en el borde de la cama para acariciarle, y no salió del cuarto hasta que el niño se quedó dormido.

Cuando el despertador sonó, la madre de Lucas fue hacia la cuna, y tras comprobar que June aún dormía, decolgó la bata tras la puerta y entró en la cocina. Sacó la caja de galletas, el tetra-brick de leche, y a continuación fue a despertar a Lucas.

Se sentó junto a su cama y le zarandeó suavemente como hacía todas las mañanas escolares.

- Alo cooooole. Al cooooole.

- ¿Ya soy más mayor? - preguntó el niño.

La madre de Lucas le miró sin saber qué contestar. Medio dormida y algo extrañada, había pensado que aquella idea se le habría pasado por la noche, y le pillaba casi de nuevas en ese momento.

- No, no. Eres igual - comentó sin darle importancia al asunto.

- Si me hago más mayor, ya no voy a ser yo. No quiero hacerme mayor - dijo Lucas.

- Y no te vas a hacer mayor - le dijo su madre mientras le quitaba el pantalón del pijama.

- Ya lo sé. No voy a comer. Si no como, no me haré mayor.

- ¿Qué?

Y su madre acabó de despertarse del todo.

- No, no cariño. Tienes que comer. Si no comes, todos tus amigos van a ser más grandes que tú.

- Me da igual. Yo no quiero ser mayor.

- Mira, Lucas. Tienes que comer. No te vas a hacer mayor si comes. Pero si no comes te vas a poner enfermo.

- Pero si no como, no me haré mayor.

- ¡Lucas! Tienes que comer. Todos tus amigos comen - añadió su madre en un tono más serio - Y falta mucho, mucho, pero que mucho para que te hagas mayor. Si no comes en el cole, me enfadaré. Así que ya lo sabes.

Cuando aquella tarde, la madre de Lucas comprobó qué tal había comido su hijo, esta vez se preocupó al ver que se repetían los informes del día anterior.

Las cosas siguieron de igual manera, si no peor, los dos días siguientes. Lucas, no sólo estaba inapetente, su carácter había cambiado. Uno de sus amigos y compañero de clase lo veía tan triste y raro que preguntó con preocupación a sus padres si sabían qué era lo que le pasaba a su amigo Lucas.

Las conversaciones de sus padres para hacer cambiar de idea a Lucas se repetían continuamente, pero sin resultado alguno. Lucas seguía empeñado en no querer hacerse mayor, en no dejar de ser él. Aquella crisis de identidad duró una larga semana, y a un fin de semana con problemas a la hora de las comidas, le siguió un lunes comprobando los informes en la hoja del comedor.

Cuando uno de los padres la saludó, la madre de Lucas, tras ver que el niño había vuelto a comer mal, le contó lo que ocurría con evidente disgusto.

- Como Peter Pan - le comentó aquel padre tras escucharla.

- Sí. A mí me recordaba a El tambor de hojalata, pero mejor lo de Peter Pan - dijo la madre de Lucas.

- No he leído la de El tambor, ni tampoco he visto la película.

La madre de Lucas no prestó mucha atención al comentario. En su cabeza no pensaba más que en cómo solventar el problema de Lucas. El asunto estaba extralimitándose. No era normal en un niño de esa edad, pensaba. Y si lo era, lo que no era normal es que le ocurriera a alguien como Lucas, que en todos los demás aspectos era un niño normal. ¿O no lo era?

Aquella noche, después de que su madre le contara un cuento, le dio a Lucas un paquete envuelto en papel de regalo.

- Es una muñeca - dijo Lucas, bastante decepcionado tras abrir el paquete.

- Sí. Pero es una muñeca diferente. Es una matrioska.

- ¿ Y eso qué es?

- Mira - dijo su madre - .

Y comenzó a abrir la muñeca sucesivamente, hasta tener cinco de menor tamaño, pero idénticas en aspecto.

- Es la misma muñeca, que aunque ha crecido, sigue siendo igual. Más grande, pero igual. Y además, dentro de ella tiene a la muñeca de cuando era pequeña. ¿Lo ves?

Lucas asintió con la cabeza.

- Y eso es los que nos pasa a todos. Nos hacemos más grandes, pero siempre somos los mismos. Por dentro somos iguales que cuando éramos niños.

- Ya lo entiendo.

- Entonces, ¿ vas a comer lo que te dan en el cole, o lo que te hagamos en casa?

- Sí.

- La madre abrazó al niño.

- Y ahora, a dormir.

Después de dormir a su hijo, y más tranquila viendo que el problema había terminado, la madre de Lucas fue al cuarto de baño, echó un poco de pasta de dientes sobre el cepillo y comenzó a frotarse con fuerza. Cuando acabó de enjuagarse la boca, repitió el mecánico gesto adquirido desde hacía muchos años de mirarse en el espejo un segundo antes de apagar la luz.

Y entonces se encontró mayor que otras veces, y no pudo reconocer a la niña que había sido y que sabía que ya no era. Tampoco pudo reconocer a la joven que había sido antes de ser madre, y que sabía que ya no era. Ni a la compañera de su pareja, ni a la madre de Lucas y June que aún era... porque sabía que ya no era ella.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

JOHN, PETER Y MARY O JUAN, PEDRO Y MARÍA

Va ya para unos 24 años que pasó esto... Yo tendría unos 14 más o menos. Fue en 1º de Bup. En la clase de Lengua nos mandaron escribir un cuento. De cada clase se escogería el mejor, y de entre esos, el mejor de cada curso.
El caso es que mi compañera de mesa, una chica majísima, escribió un cuento sobre unos jóvenes que descubrían la Atlántida si no recuerdo mal, y sus protagonistas tenían nombres tan sonoros como John, Peter, Mary o los que fueran.

Bueno... Ahí estaba yo para darle una chapa de 10 minutos y decirle qué tenía de malo usar para los personajes nombres como Juan, Pedro, María, o utilizar nombres que no fueran anglosajones, que no vivíamos en Estados Unidos, que ya estaba bien de usar ese tipo de nombres y bla, bla, bla... Ella, no sé si convencida o por dejar de oírme, aceptó cambiar los nombres de su cuento. ¿Fin de la historia? No. Aún hay más. Y ahora viene ese refrán del la paja en el ojo ajeno...

El caso es que ella pide ver el mío y se encuentra con que el personaje de mi relato se llama William Rensie. Os podéis imaginar cómo se puso (y con razón). De nada sirvió explicarle que no era por usar un nombre anglosajón, que era un homenaje al que por entonces era mi autor de cómics favoritos (el cuento era un plagio realmente malo de una historieta de Spirit, pero bueno, usando el nombre citaba más o menos procedencia)...
Después de unos lógicos "¡Desde luego!, ¡Menuda jeta!" y "!Ya te vale!" amenazó con no cambiar los nombres de su relato a menos que yo rebautizara a Will. Cedí, claro...

Ella ganó el concurso de clase, cosa de la que me alegré, aunque nunca entendí por qué me ganó. ¿Tal vez porque era un cuento del gusto de las chicas, que nos ganaban en número? Aclaro que la votación para escoger el premiado se hacía entre todos los alumnos de clase. Y sí, tenéis razón... soy un tipo rencoroso. Lo más probable es que su cuento fuera mejor que el mío, no lo dudéis ni un segundo. Estaba mejor escrito, y además era una historia original, no un plagio malo como el mío. Y si ella no hubiera ganado, lo hubiera hecho otro, no yo.

Pero bueno, la conclusión que saco hoy de aquello es que lo de los nombres anglosajones fue producto de la edad, que ella era una chica lista y me alegro de que ganara.
También veo que lo mío en cambio no fue cosa de la edad... De hecho, todavía me pasan cosas como aquella.

¿Quién me mandaría decirle nada? Con lo feliz que estaba yo con mi particular "homenaje". En fin... Otra vez será, Will.

MI CIUDAD FAVORITA

No... No voy a decir aquí cuál es, porque la verdad es que ya ni lo sé desde que ha cambiado tanto la que solía ser... Y la que lo es platónicamente, ni siquiera la conozco.

Esto viene a cuento de otra cosa. Revisitando Cita en St. Louis con mi hija, me fijé en este diálogo tan curioso:

" Mi ciudad favorita. ¿A que he tenido suerte de nacer en mi ciudad favorita?"

Pues bien, esa frase, que estoy seguro de que más de uno compartirá en espíritu, los guionistas se la adjudican a una niña de cinco años. Da qué pensar, ¿no?

Por cierto... el personaje de la niña, Tootie, interpretada por Margaret O' Brien, tiene diálogos incluso más curiosos e igual de divertidos a lo largo de la película.

martes, 29 de diciembre de 2009

lunes, 28 de diciembre de 2009

DOS DE RAOUL


Mitchum: Recuerdo a Raoul Walsh. Miraba la escena desde tantos ángulos como pudiese, con las marcas de posición y lo que hubiera, después pasábamos por allí, lo ensayábamos un par de veces y Raoul decía: "¿Vale, lo habéis pillado? Rodádlo." Y se marchaba liando un cigarro Bull Durham con una mano, la de su lado ciego, y todo el tabaco se le caía, y entonces lo encendía y hacía esto cinco o seis veces, y finalmente había un prolongado silencio. Él volvía y decía: "¿Cómo ha ido? Entonces tú le decías: Bueno, la lámpara se cayó de la mesa. " "¿Pareció natural?. ¿La pusiste de pie?." "Sí. Quedó bien." Entonces él arrancaba la página del guión y decía: "Positiva." Nunca observaba una escena.

Entrevistador: Así que no estamos hablando de alguien que agonizaba por el arte, ¿no?

Mitchum: Apenas. Una vez le pregunté: "¿Qué haces cuando te dan malos actores, Raoul?" Él me dijo: "No los cojo.".

Extraído de The Comics Journal número 150. La libre traducción, mía.

La otra anécdota no la tengo a mano, pero la leí en una revista de cine, me parece que en Nickelodeon.

Budd Boetticher debía estar rodando uno de sus westerns. Buscaba un lugar desde el que coger una buena toma, así que subió hasta lo alto de una montaña.
Al llegar a la cima con todo su equipo debió jactarse de que posiblemente nadie habría subido antes hasta allí para filmar y que iba a ser un plano "único". Entonces, su director de fotografía dijo: "Hombre, Budd... Pues aquí mismo estuve yo hace veinte años con Raoul Walsh, que dijo más o menos lo mismo."

AÑADIDO: No sé si Walsh "sufría" por el arte, o si se limitaba a cobrar y dejar que sus películas salieran como salchichas... pero lo que sí sé es que algunas de las de su filmografía son obras maestras, y la mayoría muy entretenidas. Y sí, me gustan las salchicas. Pero en sus películas tenéis una amplia variedad de platos.

Su Murieron con las botas puestas, por ejemplo, es en mi opinión mucho más emocionante, entretenida, divertida y seria a la vez que la de Pequeño Gran Hombre. Mucho mejor película, en definitiva.

Y si alguien a quien no le interesaba el arte del cine pudo "dirigir" obras como Los violentos años 20, Gentleman Jim, El último refugio, Al rojo vivo, El mundo en sus manos, Juntos hasta la muerte y muchas otras, la verdad es que desearía que hubiera más directores como Walsh tan poco interesados en su labor.

AÑADIDO II: Un par de amigos y yo coincidíamos en que aunque la anécdota de Mitchum fuera real tal vez se debiera a que los nervios impedían que Raoul estuviese presente en la escena. Ya sabéis, Ford mordía el pañuelo, Hitchcock no miraba por el objetivo y Walsh se liaba un cigarro y se largaba mientras filmaban. Son los pequeños trucos de cada maestro.

domingo, 27 de diciembre de 2009

NOMBRES Y MOMENTOS. El cuento de la semana.

Desde que conozco a Jorge, hace ya más de veinte años, siempre me ha parecido un imbécil. Cuando muy a pesar mío nos encontramos en algún lugar y me presenta ante algún desconocido que le acompaña suele decir que somos amigos desde niños. ¡Qué equivocado anda el chico con esa idea! En lo de la amistad, aunque en lo de la infancia tiene razón.

No sólo fuimos al mismo colegio y la misma clase, sino que para mi desgracia, éramos vecinos. Puerta con puerta. Nuestras madres decidieron que Jorge y yo teníamos que terminar siendo grandes amigos por tal hecho, y por eso siempre andaban intercambiándonos de una casa a otra. Recuerdo que mientras jugábamos en cualquiera de las casas, Jorge evitaba pegarme, supongo que por temor a que le vieran nuestras madres. Lo malo llegaba cuando nos hacían bajar a la calle para jugar. Ya empezaba a darme dentro del ascensor.

Ni siquiera sé por qué me escogió como su sparring o saco de boxeo personal, pero tuve que soportar durante mucho tiempo tanto sus golpes como sus bromas de brocha gorda sobre mi persona.

La única vez que pude devolverle una fue durante una clase de inglés. La profesora nos explicaba el significado de la palabra bully, y yo solté un sonoro "como Jorge" que retumbó en toda la clase provocando la hilaridad general. Nadie me salvó de las collejas, las patadas, los insultos y los empujones intimidatorios que vinieron después, pero aquella tarde por lo menos supe el motivo por el que me estaban zurrando.

Ha pasado mucho tiempo, pero de vez en cuando recuerdo la serie de pequeñas humillaciones tanto físicas como mentales a las que me ha sometido Jorgito.

El martirio terminó en la escuela, ya que por suerte fuimos a diferentes institutos. A partir de entonces nos veíamos al coger el ascensor por las mañanas y poco más. Él dejó de venir por mi casa, y yo de ir por la suya. Luego, su padre murió. Los míos me llevaron al funeral. Su madre vendió la casa, y desde entonces la cosa fue mejor. Si nos encontrábamos en algún bar durante nuestra común adolescencia, cosa que solía ocurrir más de lo habitual (y es que nuestros hábitos juveniles eran similares) Jorge evitaba hablar del pasado y comenzaba a enumerar sus proyectos futuros, permitiéndome muy de vez en cuando hablar de los míos.

Aunque ya no me golpeaba, aún seguía burlándose de mí frente a sus nuevas amistades, si bien es cierto que más moderamente.

Cuando empecé a estudiar la carrera perdimos completamente el contacto, con muy poco pesar por mi parte. Pero fue mi madre, por mediación de la suya, la que me mantenía al corriente de los progresos y avatares de Jorge, ya daba igual que yo no mostrara interés alguno por ellos, puedo asegurarlo. Así fue como me enteré de que había hecho arquitectura, de lo bien que le iban las cosas tras terminar los estudios, de su boda, de su separación... Todo siempre por mediación de mi madre, a quien la suya le transmitía toda la información, ya que ellas sí acabaron por ser muy buenas amigas con la excusa de los hijos, y se veían a menudo. Por eso sé que a mi madre le dolió cuando Jorge quedó huérfano del todo. Pero a aquel funeral ya no asistí, ni llamé a Jorge para darle el pésame, a pesar de la insistencia de mi madre. Ella sí que fue, y supongo que me disculparía de algún modo ante él.

Así que cuando este martes sonó el teléfono y Jorge me preguntó, casi suplicó podría decir, que fuera a verle a su casa, pueden hacerse una idea de los extraño que resultó todo aquello para mí.

Pero tres horas más me encontraba junto al portal indicado. Pulsé el botón del videoportero y me encontré con una voz que creía olvidada.

- ¿Sí?

- Soy yo - dije.

Despues de coger el ascensor, cuando salí al rellano de la escalera, Jorge me esperaba en la puerta con la mejor de las sonrisas.

- ¡Cuánto tiempo! ¡Pero si estás igual! - mintió. Y su mentira parecía provenir más de unas ganas de agradarme que de una frase de cortesía mal entendida.

- Sí, claro. Con menos pelo y más barriga - le respondí.

- Como todos - mintió de nuevo, porque él no había cambiado mucho desde la última vez que le vi.

Aunque sí en otros aspectos. A pesar de que teníamos orígenes comunes y ambos partíamos de familias con rentas similares, la casa en la que Jorge vivía pertenecía a una zona residencial muy por encima de mis posibilidades. Y al contrario que en su anterior vivienda, donde su madre, al igual que la mía, sólo tenía una enciclopedia y una selección de algunos premios Nobel o Planeta comprados a plazos, Jorge mostraba ahora en su salón una amplia biblioteca cuyo contenido sería incapaz de leer en toda una vida. Sí, Jorge era el perfecto ejemplo de cómo en esta sociedad cualquier energúmeno puede llegar a tener éxito y convertirse en un triunfador.

- ¿Quieres tomar algo? - preguntó.

- No, gracias - me apresuré a responder, sin que él tuviera que entender que no me apetecía prolongar mi estancia en su casa lo más mínimo.

- Está bien. Pero siéntate, siéntate... ¿Qué tal te va?

- Bueno, voy tirando - respondí, sentándome en un enorme sofá de color rojo, que dejaba muy a las claras que Jorge tenía dinero pero no buen gusto.

- Ya sé. Das clases en una academia. ¿No?

- Sí. Eso es.

- Me lo dijo tu madre. Desde que la mía murió ya nadie me cuenta nada de ti. Por lo visto, se pasaban el parte sobre nosotros. Oye, la tuya está fenomenal.

- Bueno, para la edad que tiene, yo diría que está bien.

- Nadie diría que tiene sesenta y ocho años. Fui a ver a tus padres un par de veces y estuvimos hablando de los viejos tiempos.

Aquello era el colmo. ¿Quién le había dado permiso a aquel patán ignorante para visitar a mis padres?

- ¿Fuiste a ver a mis padres? - pregunté con fingida naturalidad.

- Bueno, en realidad fui a ver la antigua casa en la que vivíamos, ya sabes... Los nuevos propietarios me dejaron entrar sin problemas. Y después, estando allí, me pareció que lo mínimo era saludar a tus padres.

- Ya, bueno. No suelo ir mucho por ahí.

- Sí. Ya me dijo tu madre que quedáis en casa de tu hermano los fines de semana.

Aquello empezaba a parecerme un interrogatorio de la Gestapo, lo cual no era nada raro, tratándose de alguien comno Jorge. Pensé qué narices hacía yo allí aguantando al pesadillas de mi infancia.

- Bueno, ¿puedo saber por qué me has llamado? No es que tenga mucho tiempo - dije, acompañando la frase de una mirada al reloj de mi muñeca, que estaba parado desde hace días.

Jorge sonrió.

- Ya sé. Nunca tienes tiempo. Las pocas veces que nos hemos encontrado estos años siempre ibas a algún sitio, o habías quedado... Nunca tenías tiempo para tomar algo y charlar de los viejos tiempos.

- Sí, bueno. Es que ya no nos dejan ni...

No me dejó terminar.

- Es que siempre era mejor cualquier cosa a tener que aguantarme. ¿No?

Aquello me sorprendió, pero recobré la compostura en dos segundos.

- No sé por qué dices eso - dije, mintiendo yo en esta ocasión.

- Sí. Lo sabes muy bien. Por todos los malos ratos que te hice pasar cuando éramos críos.

- Venga, Jorge. Aquello ya está olvidado.

- ¿De verdad?

- Sí, claro. Ha pasado la hostia de tiempo, y como tú dices, éramos unos críos.

- Ya, pero me comporté muy mal contigo. Fui un capullo.

Le miré a los ojos. En aquello no se equivocaba. Era un estúpido integral. Pero parecía que las cosas habían cambiado. Parecía que ahora era sólo un estúpido.

- Un auténtico capullo - me atreví a recalcar.

- Por eso te he llamado.

- ¿Por eso?

- No voy a andar con rodeos - se detuvo un momento - tengo leucemia, y no me queda mucho. ¿Lo entiendes ahora?

No supe qué decir. Recordé la infinita variedad de ocaciones en las que había imaginado la muerte de Jorge, cada cuál más cruenta y sádica y me sorprendí al encontrarme allí, hablando de su enfermedad terminal como si nada anormal ocurriera, como si sólo recordáramos unos viejos buenos tiempos que nunca compartimos.

- Lo siento - me apresuré a decir.

- Sí. Tranquilo.

- ¿Y no hay nada que puedas hacer?

- A estas alturas no voy a ponerme a buscar el santo grial. Es mejor aceptar la vida como viene - dijo, y en su rostro asomó una forzada sonrisa.

- La vida - repetí en un murmullo.

- Sí. Ahora sé lo que es. Nombres y momentos. La vida no es más que eso. El recuerdo de aquellos que hemos conocido, y de las cosas que nos han ocurrido y tuvieron su importancia para nosotros, por grande o nimia que fuera. No hay más - comentó Jorge mientras se sentaba en el sofá - . Yo, por supuesto, no he hecho más que recordar cada uno de esos momentos. Ahora los atesoro. Te diría que es diferente desde que supe lo que tengo. Estas cosas te dan una perspectiva como distinta... ¿entiendes? . Por eso te he llamado, porque desde hace años siemrpe me sentí mal por lo que te hice, y lo cierto es que cuando te acuerdes de mí, no me gustaría que te lllevaras un mal recuerdo. Y sé que no he sido muy... En fin.. te quería pedir... disculpas... perdón, en realidad. Por eso te he invitado hoy.

- Oye, si te sirve de algo, aquello pasó hace mucho, ya está olvidado. Hombre, de crío reconozco que te cogí manía.

- ¿Sólo manía?

- Pero eso es el pasado, ya no importa. Lo que te puedo decir es que siento de veras lo que te ocurre.

- Gracias. ¿Quieres tomar algo ahora?

- No - me levanté. Tengo prisa, de verdad.

Se echó a reír.

- Claro, claro.

Le acompañé en su risa.

- Ya quedaremos un día de estos - dije.

- Cuando quieras - añadió, y extendió su mano.

Después de estrechársela, salimos al rellano de la escalera. Él me acompañó. Ninguno de los dos dijo nada, y recordé la cantidad de veces que habíamos esperado al ascensor sin decir nada en otros tiempos. Pensé en decir algo, pero las palabras no me salieron. Cuando llegó el ascensor entré dentro lo más rápido que pude. Esta vez, él no bajaba conmigo. Agité la mano a modo de despedida, y observé por la rendija cómo él movió una mano por entre sus brazos cruzados.

Mientras se cerraban las puertas del ascensor, pensé en Jorge, en Jorge y en todos aquellos momentos tan desagradables que acompañaban a su persona. En su chulería, en su bravuconería, en las veces que me hizo llorar... y cuando el ascensor llegó a la planta baja solté un sonoro "¡JÓDETE!"

sábado, 26 de diciembre de 2009

LA ORIGINAL (POR LA ÚNICA E INCOMPARABLE).

En mi lista de canciones navideñas populares (que no tradicionales) tal vez sea ésta mi favorita junto a otra que apareció en 1971.

Pero fue curioso conocer la génesis de la canción en los extras de la película de Minnelli.

En un ameno y recomendable extra de la película, Hugh Martin, el compositor de la canción, comenta delante de un piano cómo estuvo a punto de desecharla porque no pasaba de los primeros compases. Fue su compañero, el letrista Ralph Blane, quien le animó a terminarla. Y también descubrimos que la letra que Blane había escrito en principio hablaba de dejar St.Louis por New York, de lo triste que estaban todos y Martin dice que tenía un aire bastante lúgubre.

Es más, según Martin, Judy debió decir: "Me encanta la melodía, pero la letra...
Si canto eso a la pequeña
Margaret O'Brien la gente pensará que soy un monstruo."

Hugh Martin canta un pequeño fragmento de la letra original en los extras del dvd:

Have yourself a merry little Christmas
It may be your last
Next year we may all be living in the past.

Afortunadamente, la letra fue cambiando hasta convertirse en la que aparece en el film.

En 1957, la letra volvió a sufrir una pequeña modificación, ya que Frank Sinatra le pidió a Martin que la revisara: "El título de mi disco es Una Alegre Navidad. ¿Podrías alegrar esa letra para mí?" Su versión es estupenda también, por cierto.

Desde entonces, las diferentes versiones que se han hecho del tema siguen al parecer el Sinatra's way, si bien hay artistas que han sido fieles a la letra del tema original, es decir, el vídeo que tenéis aquí mismo.





Texto de la primera versión:

Have yourself a merry little Christmas
Let your heart be light

Next year all
our troubles will be out of sight

Have yourself a merry little Christmas
Make the yule-tide gay
Next year all
our troubles will be miles away

Once again, as in olden days
Happy golden days of yore

Faithful friends who were dear to us
Will be near to us once more

Someday soon, we all will be together
If the Fates allow
Until then, we'll have to muddle through somehow
So have yourself a merry little Christmas now.

JULIE ANDREWS, MOZART (O JOHN DENVER) Y LOS KINGS SINGERS.

¡Feliz Navidad!


¡Qué coda tan maravillosa!



O como dicen los subtítulos de mi dvd:

Querido George,

Recuerda que nadie es un fracasado si tiene amigos.

¡Gracias por las alas!

Clarence

viernes, 25 de diciembre de 2009

LA VIDA ES LO QUE TE OCURRE MIENTRAS ESTÁS OCUPADO HACIENDO OTROS PLANES.

Si hay una película navideña que se ha convertido en un verdadero clásico esa es sin duda alguna ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra.

Si no fuera porque el relato de Dickens le lleva cien años de ventaja, ambas historias podrían estar más o menos igualadas en el número de versiones, homenajes o "revisitaciones" que se les ha hecho cada Navidad.
Casi todas las sitcom americanas han hecho su particular homenaje a uno u otro relato, y no es de extrañar, ya que tienen en común mucho más que su ambientación navideña o el ser dos obras maestras en sus respectivos medios.


La película dirigida por Capra parte de un relato corto escrito por Philip Van Doren, y los créditos del film ya nos avisan de que nos vamos a encontrar con un cuento navideño.

Un cuento navideño, y como tal, con un profundo contenido religioso. Porque estas fiestas, por mucho que ahora se quieran llamar vacaciones de invierno en los colegios o se haya ido diluyendo con el tiempo su significado por uno más económico, acorde a los tiempos actuales, tienen en su origen un fuerte componente cristiano.

Y aclaro que si alguien va a comentarme que al principio no lo tenían, y que fue la Iglesia la que se apropió de unas fiestas en principio seculares o profanas, no os molestéis. Lo que quiero aclarar es que no hablamos de una película ambientada en la época navideña, sino de una película navideña, con todo lo que ello implica.

Desde el pueblo de Bedford Falls se elevan diferentes plegarias por George Bailey (interpretado por el gran James Stewart). En el cielo, se "escuchan" estas voces y se decide mandar al ángel Clarence (Henry Travers) para que ampare a George en estos momentos difíciles. Antes de iniciar su misión, Clarence conocerá la vida de George (y nosotros con él) para así poder ayudarle.

La película de Capra es un cuento, pero nos muestra una vida muy real. Da igual las veces que se haya parodiado en ocasiones la vida de George o Mary Bailey o el tono dulzón de la película, Capra también nos hace ver que la vida no es tan fácil o divertida como parece.

Bedford Falls no es "Pleasantville", ni el film puede ser considerado un precedente de esas sitcoms o teleseries americanas en las que la vida siempre es más o menos feliz y los conflictos son mínimos.

En la película de Capra el drama siempre está presente. Está presente la muerte: el hijo del farmaceútico, la muerte del padre de George, la muerte de Harry y los soldados en la parte fantástica;
está presente el dolor y la violencia: los golpes del señor Gower, el farmaceútico, al George niño; la idea del señor Potter de llamar a la policía para alejar a la "chusma" y unas explícitas sirenas que nos dicen lo que va a ocurrir:
está presente el reconocimiento de que muchas veces la vida no es nada agradable y nos llena de frustraciones: el comentario de George a su padre acerca de que no quiere terminar en una "miserable oficina", las continuas "obligaciones" y "sacrificios" de George, los problemas de la gente del pueblo que vivía en las viviendas de Potter, etc.

Y más allá de su fábula moral, esta película nos enseña que la vida no podemos planificarla, que las cosas ocurren a veces inesperadamente y que nuestras decisiones (acertadas o no) son las que van construyéndola de mejor o peor manera. George Bailey tiene muchas oportunidades para dirigir su vida, muchos planes, muchas ideas... pero como todo el mundo sabe, las cosas nunca salen como uno tiene previstas.

Sobra decir que la película está maravillosamente dirigida, escrita e interpretada.

Thomas Mitchell, Lionel Barrymore, Henry Travers y los demás actores son creíbles y resultan totalmente adecuados en la caracterización de sus personajes... pero si hay una actuación que sobresale por encima de todas, es la de James Stewart.

Stewart consideraba ésta su mejor interpretación cinematográfica, y no seré yo quien le contradiga. El abrazo desesperado y los besos que da a uno de sus hijos cuando sabe que lo que le espera es la cárcel, sus miradas cuando tiene que aceptar las responsabilidades de llevar adelante la compañía de préstamos paterna: cuando va a marcharse la primera vez y le dicen que cerrarán la compañía a menos que él esté al cargo, o cuando "descubre" que su hermano se ha casado. Su rostro, sus ojos, sus gestos, su forma de moverse (la patada a la silla en la cocina)... En fin, suscribo lo que dice Donald C. Willis en su libro sobre Capra: "El George Bailey de James Stewart es, para mí, una de las caracterizaciones más geniales en el cine americano..."

James Stewart es mi actor favorito del cine sonoro, y su George Bailey es una creación verdaderamente magistral, pero tal vez tuvo una pequeña ayuda... porque el personaje es magistral y sus líneas de diálogo también lo son. Puede que mi héroe cinematográfico favorito sea Jack Burns , pero si de verdad quisiera parecerme a alguien en esta vida es a George Bailey.

Por desgracia, carezco de su capacidad de "sacrificio" (¿sabéis cuáles son los tres sonidos más maravillosos?; por mucho que le recrimine a su tio Billy que será él quien pague con la cárcel, ante Potter se atribuye la culpa), de su "inteligencia" (la idea de la piscina, su construcción de Bailey Park, el reconocimiento de su "talento" incluso por parte de Potter), de su "altruismo" (su deseo de mejorar la vida de sus vecinos), o de muchas otras cualidades que ennoblecen al personaje.

Si hay algo en lo que puedo parecerme a George es en la suerte de haber encontrado a mi Mary Bailey particular. Y si la interpretación de Stewart es magistral, la de Donna Reed no le anda a la zaga. Mary se convierte en la jaula dorada que "detendrá" a George en Bedford Falls, pero la película se encargará de demostrarnos que ella vale por todos los viajes o proyectos que George hubiera querido hacer.
La actriz está guapísima, y los primeros planos que recogen su primera aparición enamoran a cualquiera.

Mary es la perfecta señora Bailey. Es ella la que decide "dar" los 2000 dólares de su viaje de novios para ayudar a los vecinos, y también es ella la que va reformando poco a poco el viejo caserón para convertirlo en un verdadero hogar. Finalmente, es ella la que solucionará el problema de George cuando movilice a todos los vecinos de Bedford Falls.


La puesta en escena de Capra es prácticamente perfecta de principio a fin.
El modo en el que el señor Gower mira el retrato de su hijo ausente tras el telegrama, la aceptación de George de su amor por Mary con todo lo que ello "implica" en la conversación telefónica con Sam, los besos de George a Mary después de su "resurrección" (ella trae la cesta con el dinero, pero él no puede dejar de besarla)...

Podría detenerme en muchas otras escenas. De hecho, toda la parte en la que Clarence le muestra a George cómo afectaría a los demás el hecho de que él no hubiera nacido tiene un estilo propio del mejor cine fantástico.

La utilización del sonido en off también está muy lograda dentro de la historia.
El tropiezo del tío Billy borracho al salir de la boda de Harry, las sirenas de la policía antes mencionadas, el sonido del tren después de la boda de Harry sobre el rostro de George.

La banda sonora de Tiomkin, el tema de Buffalo Gals... Todo contribuye a que esta película sea una de mis preferidas, y su final es en mi opinión uno de los más logrados del cine. No hay nada más difícil que convencer con un final feliz en los tiempos actuales, y ¡Qué bello es vivir! lo consigue plenamente. Al menos para mí.

Podría pasarme horas escribiendo sobre esta película, pero es mejor que lo deje aquí para no aburriros. Tal vez, si las próximas navidades sigo con el blog, volveré a hablar sobre ella.

Una gran gran película, ideal para cualquier época del año.


AÑADIDO: El amigo Nemo tiene una estupenda reseña en su blog sobre este magnífico film, que os animo a visitar.


jueves, 24 de diciembre de 2009

COMPARATIVA DE PRECIOS

Un comentario de Ozimandias en el anterior post me ha hecho recordar este artículo.

Apareció en el número 17 de la revista Planeta Humano (julio, 1999)
Os copio sólo una parte del artículo: su introducción, y algo que tiene relación con el comentario de Ozimandias. Cosas de no tener escáner. La foto está extraída de la red, no del reportaje.

LEY DE VIDA

Dax Cowart pidió, suplicó, gritó que le dejaran morir. Desfigurado y ciego tras una explosión, padeció durante meses el más doloroso tratamiento imaginable. La falta de respeto a sus derechos como enfermo le llevó a estudiar, a tientas, la misma ley que un día le obligó a vivir. Hoy, 26 años después, defiende como abogado a quienes, como él, han perdido la libertad física por la negligencia de otros. Y sobre todo defiende su derecho a elegir si quieren vivir.

(... ) " ¿Que si Dax contribuye a la firma?", sonríe con cierto aire malicioso Bob Hilliard. "Dax es el único abogado que es capaz de darlo todo; no se rinde, hace lo imposible por alguien que ha sido herido, es increíble lo que le importa la gente." (...)


"¿Te parece poco que gracias a Dax haya ganado un caso de 30 millones de dólares? (más de 4.500 millones de pesetas) ", comenta Bob. En 1995 un niño de 9 años se mató al salir despedido de un Honda 200E todoterreno. Bob demostró que el Honda estaba defectuoso. Bob siempre acude a Dax cuando necesita inspiración: "Le pedí que me buscase un buen argumento para defender este caso."

Dax me dio la clave. Me dijo: reúne las mejores obras maestras de pintura que representen a niños. Al principio no lo entendí, pero me bastó con enseñarle una de las obras maestras al jurado y preguntarles: si se acaban de pagar 30 millones de dólares por la pintura de un niño, ¿en cuánto están dispuestos a valorar la vida de este niño?". En febrero de 1997 un jurado de Brownsville determinó que el vehículo era defectuoso y condenó a Honda a compensar a la familia con 30 millones de dólares.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

EL ARTE ES UNA CUESTIÓN DE FE.

¡Esto no es jazz!

No sé ni lo que es arte, así que mucho menos sabré distinguir el buen arte del malo, si es que es posible que exista este último, o de aquello que se pretende pasar por arte.

Según Scott McCloud en su ensayo Entender el cómic, prácticamente cualquier cosa que no sea comer, dormir o reproducirse es arte. Y digo yo que el tema de la reproducción requiere en ocasiones más arte que el que pueda encontarse en cualquier disciplina, pero en fin...

Para otros, el arte es algo que puede estar relacionado con cosas tan diversas y distintas al final como la emoción, la técnica, el estilo, la moda, o la legitimidad que otorga el que se exhiba o cuelgue en un museo.

El pasado lunes 7 de diciembre, en plena actuación de Larry Ochs Sax & Drumming Core, programada dentro de la V Edición del Festival de Jazz de Sigüenza aparecieron dos guardias civiles ante la denuncia presentada por uno de los asistentes que afirmaba que aquello no era jazz, sino música clásica contemporánea, la cual le estaba prohibida por prescripción facultativa.
Lo más curioso de esta divertida anécdota es que uno de los guardias civiles confirmó que aquello, efectivamente, no era jazz.

Pero desafío a que cualquiera de vosotros que piense que todo aquello que no consideráis digno de ser llamado arte trate de hacer la misma jugada. No lo vaís a tener tan fácil, os lo aseguro.

¡ESTO NO ES UN CUENTO!

Sigo con bastante interés a David Apatoff. Su blog es bastante ameno y sirve para descubrir ilustradores y anécdotas sobre sus vidas. Pero Apatoff es uno de esos chicos del dibujo a los que hace mención Pepo en su blog.

Apatoff, de vez en cuando tiene la "necesidad" de colgar muestras de arte contemporáneo para compararlas con las que él considera verdadero arte y concluir con el consabido: "Esto no es arte". Claro que él no puede contar con la ayuda de la Benemérita en Estados Unidos para ir a los museos.

Por supuesto, cada vez que cuelga uno de estos posts, le aparecen un montón de comentarios, tanto de partidarios como de detractores.

Algunos de su partidarios aluden a veces en los comentarios al hecho de que el arte contemporáneo se asemeja cada vez más al cuento del traje nuevo del emperador de Andersen.

Pero, ¿está el emperador totalmente desnudo en este caso? No lo creo. No lo creo en absoluto.

¡ESTO NO ES UNA CUESTIÓN DE GUSTOS!

El arte no está desnudo. Tal vez tiene hasta demasiada ropa.
Un armario ropero más grande que el que usaba Imelda Marcos.
Y una enorme variedad para escoger qué ponerse. Y en la variedad está el gusto. Y el gusto es subjetivo, a pesar de que digan que pueda educarse.

Así que cuando el arte sale un día con unos harapos, unas ropas llamativas o tal vez
no muy bien conjuntado, no es de extrañar que encuentre detractores.

Y si esto se reduce a un asunto de trapos, ya sabéis que hay prendas que aunque tengan el mismo corte y estén fabricadas con el mismo material, son más valoradas socialmente o cotizan más según la firma o el logotipo que esté adherido a ellas.


Donde si encuentro cierta relación con el cuento de Andersen es en el asunto de los sastres. Estos cobran muchísimo por un "traje" que en realidad les cuesta fabricar más bien poco.
Ahora bien, como decían en el enlace que os colgué a una noticia de El País, entonces no estaríamos hablando de arte, porque "No importa que un respetabilísimo crítico de arte como Robert Hughes califique la obra de Hirst de "mercancía absurda y hortera" o que afirme que Koons "probablemente no sería capaz de escribir bien sus iniciales en un árbol". Al fin y al cabo, como le indicó a Thompson Brett Gorvy, director del departamento de arte contemporáneo de Christie's, "esto es un negocio, no historia del arte".

Y os aclaro (por si no vais al enlace) que Thompson es un economista que acaba de publicar El tiburón de 12 millones de dólares, libro en el que, citando una vez más la noticia se pregunta: "¿Cómo un tiburón disecado, suspendido en un tanque de formol, puede llegar a valer 12 millones de dólares [8 millones de euros]? ¿Qué mecanismos rigen la oferta y la demanda en el mercado del arte?"

Pero esto es otro tema, bastante más importante y preocupante que el que aquí se trata, en mi opinión. Para otro post.

De todas formas, no hay que dejar de reconocer el "ingenio" de los sastres en el cuento de Andersen. Desgraciadamente, el arte (o la artimaña) está en la idea, no en el acabado de la pieza, que es tal vez lo que ocurre con muchas piezas de arte contemporáneas.

Un amigo me comentó ayer que el arte conceptual no ofrece ya ideas, sino que a veces se limita a dar "ocurrencias", que son llevadas a "escena" con mayor o menor habilidad por parte del artista.

Y si al contrario que en el cuento sólo un niño se atrevía a denunciar lo que ocurría, hoy en día la sensación de engaño ha hecho acto de presencia en el arte de un modo que antes no podía imaginarse.

Es cierto que el arte ha sido cuestionado como arte en muchas ocasiones a lo largo de la Historia. Y también que muchas veces su función original o para la que había sido concebido no tenía nada que ver con lo que hoy consideramos arte.

También es cierto que muchos artistas, movimientos, obras y demás fueron cuestionados cuando hicieron su aparición para pasar a ser respetados como arte, y del "bueno", con los años. Tal vez porque como se decía en Chinatown, "los políticos, los edificios y las putas se hacen respetables si duran lo suficiente".

Pero en el s.XXI, el "todo es arte" que decía McCloud, es un coladero por el que pueden entrar tanto artistas como artesanos, farsantes, picapleitos, timadores, estafadores, sastres, críticos, especuladores, y todos lo que en la medida de sus posibilidades se mueven alrededor del Arte.

¡ESTO ES UNA CUESTIÓN DE FE!

Por eso, más allá de gustos, modas, precios y demás historias, lo único que nos queda para considerar algo como arte es la fe.

Y poco importa la "visión" a la que hacía mención Barry Windsor-Smith o la vocación a la que se refería la película Algo en que creer. El artista no tiene por qué tener fe alguna, no tiene tampoco que sufrir para realizar su arte, llevar una vida maldita o adoptar una eterna pose de rebelde (aunque esas cosas ayudan, no lo niego)... la fe sólo la tenemos que poner nosotros. Si algo nos convence como arte, ya da igual lo que sea, si creemos en ello como Wendy lo hace en las hadas, no hay nada más que hablar del asunto.

Apéndice: El arte de la crítica y los críticos de arte.

Por último y dando por concluido el tema del arte, no quisiera terminar sin hacer referencia a la figura del crítico de arte.

Con la aparición de un arte que perdía su principal rasgo distintivo para el público (la técnica, el oficio, la representación de la realidad), se hizo necesaria la creación de una figura que explicara y legitimara ese arte: el crítico.

Ahora bien, desde mediados del siglo pasado se han asociado de tal manera las figuras del artista y el crítico, que en ocasiones se confunde dónde empiezan y terminan las labores y los cometidos de unos y otros. Os recomiendo el divertido libro de Tom Wolfe, La palabra pintada si queréis saber algo más sobre este tema.

De todas formas, y al igual que el amigo Hardy, para mí, una apreciación crítica o un comentario sobre una obra de arte siempre será un trabajo de segunda categoría, por muy bueno, ingenioso o elaborado que sea. Pero habrá gente que considere que también eso es arte. No me voy a molestar en discutirlo. Es más, cuando a veces tengo la sensación de que "consumo" más reseñas sobre cine, música o cómics, que las propias obras originales en sí, e incluso a veces disfruto más con ellas, tendré que replantearme lo que acabo de decir.

AÑADIDO: Apatoff no separa sus posts, así que no puedo enlazaros a sus "críticas" contra lo que él no considera arte. Tenéis la última Art to kill with snakes en diciembre de este año. Otras entradas interesantes sobre el tema Gary Panter: Cher in Johnny Rotten's clothing? en julio del 2008 o A holiday quest for mitigation en diciembre del 2007.

Lo cierto es que Apatoff se pasa todo su blog haciendo comparativas entre artistas, dibujantes e ilustradores y colocando a cada uno en "su sitio" según su particular criterio. Sus entradas sobre Ware o Spiegelman son interesantes también por este motivo. Más allá de que coincidáis con su criterio (yo no lo hago) su blog está lleno de fantásticas imágenes sobre los más diversos temas y es más que recomendable.

Por otra parte, Pepo en el extinto Con c de arte tiene unos interesantes posts sobre el tema que con mayor o menor fortuna he tratado de exponer. Los podéis leer aquí, aquí y aquí.

martes, 22 de diciembre de 2009

LOS PIRATAS DE MARC DAVIS.


Marc Davis fue uno de los nueve ancianos de Disney. Empezó como aprendiz en el largometraje de Blancanieves... y terminó haciendo prácticamente de todo en los estudios: diseño de personajes, animación, storyboards, creación de conceptos para los parques Disney, etc.

Algunos de sus dibujos para la atracción de "Piratas del Caribe" son geniales. No me extraña que inspiraran una entretenida película y dos secuelas totalmente incomprensibles y prescindibles. Buscando en la red acabo de descubrir en este enlace que algunos dibujos se vendieron como tarjetas-recordatorio Disney en 1967. A ver si un día saco ganas y cuelgo una entrevista muy interesante que le hicieron y tengo por ahí.
Ahora, os dejo con sus piratas. Pero que sepáis que Davis también creó la imagen de alguien más "cruel" todavía.





























Como no es cuestión de saquear toda la colección, podéis "enlazaros" al abordaje y conseguir más dibujos de Davis y sus piratas, aquí y aquí.

ABOGADOS. (De la serie... esa literatura "infantil")

Dije que había entre nosotros una asociación de hombres a quienes se adiestra desde que son jóvenes en el arte de demostrar con palabras, multiplicadas para tal propósito, que lo blanco es negro y lo negro blanco, según la paga que reciben. El resto de la población es esclava de esta asociación. Por ejemplo, si a mi vecino se le antoja una vaca mía, contrata a un abogado para que demuestre que tiene derecho a que le dé la vaca. Entonces tengo que contratar a otro para defender mis derechos, ya que va en contra de todas las reglas de la ley permitir que cualquiera se defienda a sí mismo. Ahora bien, en tal caso, yo, el verdadero propietario, me encuentro con dos graves inconvenientes. Primero, mi abogado, que se ha ejercitado casi desde la cuna en defender la falsedad, se encuentra fuera de su elemento a la hora de abogar por la justicia, que como es para él una actividad contraria a su naturaleza, la acomete siempre con mucha desmaña, si no con mala voluntad. El segundo inconveniente es que mi abogado tiene que proceder con mucha cautela o, si no, los jueces lo reconvendrán y sus colegas lo aborrecerán como si degradara el ejercicio de las leyes. Así pues, tengo sólo dos maneras de quedarme con la vaca. La primera es comprar al abogado de mi rival, doblándole los honorarios, y él traicionará entonces a su cliente insinuando que la justicia está de mi parte. La segunda es que mi abogado haga que mi posición parezca lo más injusta que pueda, admitiendo que la vaca pertenece a mi adversario; y si esto lo lleva a cabo con pericia, será seguro indicio del favor del tribunal.

Extraído de Los viajes de Gulliver. Traducción de Pollux Hernúñez


Ilustración de J.J Grandville


lunes, 21 de diciembre de 2009

EL PROBLEMA DE GORDON PARKS

Desconvencida acaba de colgar en su blog un poema de Langston Hughes . Yo tenía intención de enseñaros otro. Estaba en mi libro de Historia Contemporánea de octavo, y me llamó mucho la atención cuando lo leí.

Hoy, al buscar el libro, lo que más me ha llamado la atención ha sido ver que su autor era Gordon Parks, de quien hace nada colgué unas fotografías de Ingrid Bergman que hizo para la revista Life.

Os copio el texto del libro. No consta traducción. Ya sabéis cómo se hacían esos libros educativos. Me encanta eso de "escrito por un negro". Qué políticamente incorrectos podían llegar a ser esos años. Si Gordon Parks llega a ser blanco, supongo que el poema hubiera perdido sentido, ¿no?

EL PROBLEMA NEGRO VISTO POR UN NEGRO.

Sobre el problema negro se han escrito novelas, se han hecho películas, se han redactado ensayos y tesis. Recogemos una parte de un largo poema escrito por un negro.

Si quien me lee es blanco, no me entiende.
No entiende las complicaciones
del hecho de ser negro en un país de blancos.
Tal vez sepáis de hambres, de sufrimientos,
de sequías y muertes. Peor que todo eso
es ser negro entre blancos.
Hay una inmensa sima que a todos los separa.
En el café, en el bar, en el metro, en las calles,
en el amor y en el odio,
en casa y en los cementerios.
Somos peores que los perros, peores que los gatos.
Peor, mucho peor, que los viejos esclavos.
Hace ya cuatrocientos años que nos han engañado.
Y nadie ha cobrado todavía los intereses
de tan tremendo retraso.
He vivido bastante y he viajado más.
Me casé con Liz, una bella negra
que hacía de maniquí en Nueva York.
Es triste para nosotros, que recorremos el mundo,
ver que el único país, fuera de África del Sur,
en que mi bruñida tez negra
me impide entrar en bares, en iglesias y cines
es mi propia patria amada.
Tengo cincuenta años. Ya no me engaña nadie.
Pero para los blancos soy siempre el "chico",
"el chico negro" que ellos conocieron.
Yo sé que yendo en coche tengo que calcular las distancias.
Después de las cinco no puedo estar en carretera
si quiero vivir sin compromisos.
Viajando por el sur llevo grandes bidones
de gasolina en mi caravana. Sé que los empleados
me dejarían sin esencia en el camino.
Con una mujer bonita como la mía
no encuentro vestido en Nueva York.
Sin mirarnos siquiera nos dicen que no tienen
la talla que pedimos.
Pero antes de morir
mi hermano, inválido incurable, me dijo
con resignación: "Gordon,
veo que recorres todo el mundo
y conoces de su vida más que yo.
Lucha con tu inteligencia,
que vale más que tus puños.
Un día venceremos y seremos respetados".

Gordon Parks.

domingo, 20 de diciembre de 2009

EL RATÓN ESPERABA TRAS LA PUERTA

- En un momento estará con usted, señor Iwerks. Si no le importa esperar unos minutos....- dijo la secretaria.

No le importaba. Se sentó en una de las sillas de la sala, sacó un pequeño cuadernillo y comenzó a hacer garabatos para entretenerse.

Aunque no había perdido su habilidad para el dibujo, sabía que no estaba al mismo nivel que los animadores del estudio, que ya no era como los viejos tiempos en los que él era el maestro. Esto no le preocupaba, ese campo de la animación había dejado de interesarle.

A pesar de lo mal que pudiera estar en su situación económica, había decidido no volver a dibujar. No tenía intención alguna de volver a empezar como animador, y aprender las nuevas técnicas del oficio. Eso sería una pequeña humillación, y esperaba que Walt así lo entendiera.

Ub pensaba que podía trabajar en el campo de la fotografía. Además de su habilidad para el dibujo, siempre había tenido una extraña facilidad para todo aquello relacionado con la imagen y la técnica cinematográfica, cosa que Walt sabía perfectamente, por lo cual, alguien como él podía hacer mucho en el departamento de efectos especiales, y pensaba que su proposición no debaja de ser beneficiosa para la empresa.

Así era como tenía que hacérselo ver, y con esa idea en mente se había atrevido a llamarle por fin. Antes de hacerlo, Ub pasó muchos días indeciso, con miedo al rechazo o a una negativa por parte de su antiguo amigo, a que pudiera colgarle sin oír su propuesta. Pero Walt había respondido cordialmente y aquella llamada le había llevado hasta alli, donde garateaba el rostro de Flip en una hoja de su cuaderno.

Hacía ocho años que se había ido, y deseaba olvidar las frustraciones sufridas y empezar de nuevo. Ub sabía que para Walt había sido una traición que le dejara para crear su propia compañía. Era cierto que tenía un buen porcentaje en las acciones de Disney, y que Walt le pidió que no se fuera. Pero ¡qué demonios! Tenía que intentarlo. Fue una lástima que no funcionara, que ni la rana Flip, ni Willie Whoper hubieran tenido el éxito esperado, y que se viera obligado a cerrar los estudios Ub Iwerks siete años después, con más deudas que beneficios.

Mientras no dejaba de pensar en todo esto, Ub sabía en el fondo de su corazón que nada de lo que dijera contaría mucho en ese momento para Walt. Ni su habilidad técnica, ni lo que pudiera hacer en la empresa. Serían los años pasados junto a él los que decidirían finalmente la cuestión.

Y no era sobre esos últimos ocho años sobre los que tenía que hablar con Walt. Hacía más de veinte años que se conocían, y casi esos mismos veinte desde que se unió a Walt y a su hermano Roy en la búsqueda de un sueño común. Después de todo, tenían infinitos recuerdos y vivencias más alegres en las que poder detenerse.

Ahora esperaba que Walt recordara esos buenos momentos.

Como cuando Ub le acogió en su casa en los tiempos en los que estaba sin blanca, o cuando Charles Mintz les robó al conejo Oswald y a gran parte del equipo en 1924, y él siguió con ellos. Que recordara cuando Ub creó por completo a aquel ratón, desde sus orejas hasta los zapatos, dibujando practicamente él solo todo su primer cortometraje. Que recordara las risas que compartieron mientras ideaban los gags para las primeras historias del ratón, de aquel maldito ratón al que Ub había dado vida y que nunca le había reconocido como padre.

Porque Walt terminó siendo el padre y la madre. Walt, que después de lo que había ocurrido con el conejo Oswald aprendió muy bien la lección y se hizo dueño del ratón, dueño legal, dueño en cuerpo y alma. Y Ub sabía que Mickey pertenecía a Walt, que tenía su misma voz.

La frustración subió a su garganta, y Ub arrancó el papel del cuadernillo, lo arrugó, y se lo metió en el bolsillo. Pensó en salir, en marcharse y olvidarse de todo lo que rodeaba a aquel lugar, pero no lo hizo. No podía hacerlo. Pasó una hoja de su cuadernillo y comenzó a dibujar de nuevo. Entonces, la secretaria se levantó.

- Puede usted pasar, señor Iwerks. El señor Disney le espera- dijo.

Ub guardó el cuadernillo y el lápiz y se levantó. El ratón esperaba tras la puerta.

sábado, 19 de diciembre de 2009

FUENTES

Suelo saber de dónde me vienen las ideas (una imagen, un texto, una secuencia, o un diálogo en una entrevista, etc.). A veces no es así, y escribo algo sin saber muy bien de dónde viene y son otros los que se encargan de señalarme esas "fuentes".

Por ejemplo, hace ya muchos años (no habían nacido ni mis hijos) escribí un cuento (era malo y no sobrevivió al primer borrador) sobre un payaso, una bailarina que no podía bailar, pero a la que el payaso ayudaba... en fin.. no sé si os suena.

Yo pensé que había sido una idea original mía, hasta que le conté un poco de qué iba el cuento a mi pareja de entonces (la misma de ahora) y ella sólo me dijo: "¿no es como esa película de Chaplin de la que me hablaste hace unos meses?". Y entonces me di cuenta. Joder! ¿Cómo no había podido verlo? ¿Estaba ciego acaso?

Por eso, si no tengo claro la fuente o el origen de dónde me viene una idea, suelo desecharla.

En el post que hay a continuación de éste, creo que la idea partió de este chiste que leí en la caja de John Lennon Anthology.


De este chiste, y de saber que la persona sobre la que más informes tenía el FBI era Charles Chaplin. Tener a Chaplin y Lennon en la misma idea, me obligaba a escribirla.

LOS FORDART

A lo largo de la historia han sido muchos los mecenas gracias a los cuales diferentes artistas han podido mostrar su obra al mundo. Es frecuente que en ocasiones ese mecenazgo conllevara el deseo escondido (a veces descubierto sin pudor alguno) de un reconocimiento a dicha labor, así como el anhelo de una asociación permanente del benefactor con su artista. Hecho éste que finalmente se ha traducido en los numerosos museos y fundaciones más conocidos por los nombres de sus mecenas que por las obras que puedan contener en su interior.

Sin embargo, justo es reconocer la importancia del mecenazgo en todas las facetas del arte, y no dudar en ningún momento del filántropo afán que embargaba a estas personas, carentes tal vez de la habilidad para realizar ese arte que tanto veneraban, pero lo suficientemente prósperas monetariamente o influyentes socialmente para impulsar el desarrollo del arte o el artista en cuestión.

Pero hay un mecenazgo al que todavía no se ha hecho justicia, y que podemos considerar tal vez como el más desinteresado, didáctico y altruista de todos los habidos alguna vez. Porque cuando la labor de un mecenas es anónima, entregada, y su única pretensión es la de propagar el arte de sus protegidos entre quienes más lo necesitan, nos hallamos ante un verdadero príncipe del mecenazgo en el pleno sentido de la palabra.

Y esto es tanto más paradójico si tenemos en cuenta el caso de la familia Fordart, a los que podemos considerar como una dinastía de mecenas digna de los grandes artistas que patrocinaron.

Los Fordart no cuentan con ningún museo, fundación o siquiera una pequeña sala que les recuerde. Pero como bien señala el reciente libro de John Fordart sobre las vidas de su abuelo y su padre, es probable que esto no les importara mucho a ninguno de ellos.

Podemos especular con la posibilidad de que tal vez les hubiera gustado el reconocimiento a su labor por parte de esos artistas a los que ayudaron, pero ni tenemos constancia alguna de ello según los datos del libro, ni tal cosa era posible debido a la peculiar forma de mecenazgo de los Fordart.

Aún así, la trayectoria vital de los Fordart no deja de ser el mejor tributo a esos artistas para los que buscaron nuevos públicos.

George Fordart nació en 1912 en un pequeño pueblo de Carolina del Norte. Su padre, Sean Fordart, emigrante oriundo de Irlanda, y sin formación cultural alguna, casó en 1910 con Elizabeth Neil, maestra de escuela, quien le dio una larga fila de descendientes, siendo George el segundo de ocho hermanos. Cuando tenía apenas tres años, sus padres se trasladan a Nueva York, y el pequeño George pasa su infancia en Lower East Side.

Gracias a los esfuerzos de su madre, y en contra de la opinión de su padre, que consideraba que el muchacho debía trabajar cuanto antes, George accede a una educación. Pero desgraciadamente, antes de que pueda finalizar sus estudios universitarios sobre Historia del Arte, el temprano fallecimiento de su padre le obliga a buscar un trabajo que le permita mantener no sólo a su madre, sino al resto de su numerosa familia, que contribuía como podía, aunque de mala manera, a la economía doméstica, y consideraba que George debía hacer los mismo.

Después de abandonar sus estudios y trabajar sucesivamente como fontanero, dependiente de una zapatería y vendedor de aspiradoras, George, con gran pesar, decide ingresar en 1936 en la recientemente creada Oficina Federal de Investigación, el FBI.

Al principio, la mayoría de las ocupaciones que le asignan son de carácter burocrático. George se encarga de ordenar y archivar los informes que llegan sobre delitos relacionados con inmigrantes. Así pasan dos largos y tediosos años hasta que George tiene la feliz idea que cambiará su vida, y decide orientar su trabajo hacia aquello que realmente le interesa y para lo que se había preparado: el estudio del arte contemporáneo.

De este modo, George Fordart, más allá de sus obligaciones y de su horario de oficina, redacta multitud de informes en los que alerta sobre el necesario seguimiento de varios artistas a los que considera sumamente sospechosos de ser agentes de Moscú, o compañeros de ruta del comunismo.

George, que ya conocía muy bien las tendencias ideológicas del director del FBI, Edgar J.Hoover, y el odio que éste sentía por Charles Chaplin, encabezó su lista con el cineasta británico, seguido de otros directores, escritores e incluso pintores por los que sentía una secreta admiración personal.

Después de que sus informes fueran estudiados por el mismísimo Hoover, George es rápidamente ascendido y trasladado en calidad de superior a un departamento encargado de vigilar la vida de todos aquellos artistas a los que él había hecho referencia en sus informes.

Tras comprobar la escasa o nula formación cultural de los agentes de su recién creado departamento, George Fordart entiende que su misión consiste en educar y enseñar a estos hombres, sin que ellos puedan darse cuenta. Así, decide introducirles en las ideas y el arte de todos aquellos artistas que figuran como sospechosos.

Con el lema de que para derrotar al enemigo hay que estudiarlo a fondo, George programa trimestralmente un curso completo de estudios sobre las obras de dichos artistas.

Las películas de Chaplin son proyectadas una y otra vez en las oficinas del FBI, para regocijo de George, y son analizadas en todas sus vertientes. Pero para despejar dudas y comentarios, después de que George alabe la habilidad del artista y el genio cinematográfico de Chaplin, termina siempre sus charlas recomendando no dejarse engañar por su humor o su habilidad narrativa, y manda buscar una y otra vez a sus agentes todas aquellas contraseñas o mensajes claves de ideología bolchevique que pudieran encontrar en las películas. Huelga decir que ningún agente pudo encontrar nada, pero que se comenzaron a recibir peticiones para estudiar a otros cineastas como Ford, Hawks, Capra o King Vidor.

En 1939, sabiendo que Charles Chaplin se encontraba rodando un largometraje sobre Hitler, y deseoso de poder observar en acción a su artista más admirado, George idea un plan aprobado por Hoover que le permite infiltrarse como tramoyista en el rodaje con el pretexto de buscar cualquier prueba criminal contra el director. Fordart permaneció en los estudios hasta que se terminó de rodar la última escena y considera esa experiencia una de las más gratificantes de su vida al permitirle observar a su cineasta favorito en el proceso de creación de su obra.

Por ese motivo, George Fordart lamentaría que el FBI, aunque indirectamente, fuera responsable del autoexilio del genial artista de tierras norteamericanas.

Ya con su situación económica resuelta, George contrae matrimonio con Mary Allgood, y en 1941 nace el primer y único hijo de la pareja: Charles Fordart.

Los años cuarenta pasan para George ocupándose en analizar los textos de novelistas como Hammett, Chandler, Dos Passos, o dramaturgos como Williams, Brecht o Arthur Miller.

Desgraciadamente, en los años cincuenta, George deberá trabajar en el conocido proceso de "la caza de brujas" iniciada por el senador McCarthy. A pesar de sus intentos por ayudar a todo artista en cuanto tenía ocasión, falsificando datos y exculpándolos ante sus superiores, no puede evitar contemplar cómo el poder político norteamericano arremete contra sus principales creadores culturales.

La época de cambio que supusieron los años sesenta en el panorama cultural, sería continuada por su hijo Charles, que conociendo la tarea de su padre, y siguiendo su ejemplo, ingresa en 19654 en el FBI para trabajar codo con codo junto a éste. Ambos buscan a los creadores más importantes y los analizan en interesantes ensayos que camuflan como documentación de archivo. Quedan tan satisfechos con algunos de ellos, que llegan a enviarlos bajo seudónimo a una prestigiosa universidad, a la que no se cita en el libro por no dañar su imagen (pero que John Fordart deja muy claro de cuál se trata), la cual los publica considerándolos el trabajo de un crítico de arte.

Con la llegada de Charles, se añade la música como objeto de estudio al departamento. Admirador de los Beatles desde que contempló al grupo en el televisado show de Ed Sullivan, Charles convence a su padre, cuyas preferencias musicales se sitúan en el jazz, de la importancia del cuarteto de Liverpool y de la necesidad de seguir la carrera de este grupo y de otros músicos como Bob Dylan. Reticente en un principio, pero fiándose del criterio de su hijo, George accede a la propuesta, y de este modo, los archivos discográficos del FBI comienzan a llenarse de los principales grupos de rock de aquellos años.

Los nuevos agentes que entran en el departamento, y los antiguos, que sin reconocerlo abiertamente intuyen las intenciones de George y a los cuales ganó para su causa hace tiempo, se convierten en devotos seguidores, y suman nuevas aportaciones y estudios al trabajo de los Fordart, asistiendo a cuantas exposiciones, happenings o conciertos pueden.

Por desgracia, George Fordart fallece víctima de un accidente de tráfico en 1967, pasando su hijo a dirigir el departamento por petición expresa de todos los demás agentes miembros.

A principios de los años setenta, Nixon, preocupado por la influencia que pudiera tener John Lennon sobre la juventud norteamerica, ordena que se le investigue en todas sus actividades. Charles, que considera vergonzoso lo que está ocurriendo con el que es desde hace tiempo su artista preferido, descubre la posibilidad de escuchar, gracias a los micrófonos ocultos, el proceso de creación de la música de Lennon.
Así, puede escuchar paso a paso la formación de discos como Mind Games o Wall and Bridges desde que las canciones no son más que un simple esbozo.

Tratando de ayudar a Lennon en todo cuanto puede, se encarga de dar un retrato falso (el del músico David Peel a quien el mismo Lennon produjo un disco) en las circulares que envía el FBI para que la policía le detenga por posesión de drogas, y se opone fervientemente a que se le retire el permiso de residencia, alegando que eso podría provocar protestas entres sus seguidores y disturbios en las calles.

Cuando Lennon se retira temporalmente del mundo de la música, la presión del FBI disminuye, y Charles puede dedicarse a otras tareas. En 1980, ante el asesinato de Lennon, Charles investiga desde su propia oficina la posible implicación del FBI en el caso, sin encontrar prueba alguna concluyente.

En 1999, Charles se retira ante lo que considera una crisis alarmante de talento en el mundo del arte, que con algunas excepciones, no le merece ser estudiado.

Charles Fordart fallece por causa natural en el año 2002, siendo enterrado, al igual que su padre, con los más altos honores civiles.

En la actualidad, su hijo John Fordart, que como se ha comentado acaba de publicar un libro en el que narra las vidas de su abuelo y de su padre, dirige la editorial Friendly Book Inc. John se ha especializado en la cuidada e ilustrada edición de algunos de los autores más destacados de la literatura, pero a precios muy asequibles. También ha traducido la obra de un autor como Edmond Baudoin, a quien considera uno de los mejores artistas contemporáneos, y anuncia que pronto publicará las biografías de Charles Chaplin y John Lennon, escritas por dos de los especialistas más documentados y expertos que se pudieron encontrar en su tiempo.

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