domingo, 27 de diciembre de 2009

NOMBRES Y MOMENTOS. El cuento de la semana.

Desde que conozco a Jorge, hace ya más de veinte años, siempre me ha parecido un imbécil. Cuando muy a pesar mío nos encontramos en algún lugar y me presenta ante algún desconocido que le acompaña suele decir que somos amigos desde niños. ¡Qué equivocado anda el chico con esa idea! En lo de la amistad, aunque en lo de la infancia tiene razón.

No sólo fuimos al mismo colegio y la misma clase, sino que para mi desgracia, éramos vecinos. Puerta con puerta. Nuestras madres decidieron que Jorge y yo teníamos que terminar siendo grandes amigos por tal hecho, y por eso siempre andaban intercambiándonos de una casa a otra. Recuerdo que mientras jugábamos en cualquiera de las casas, Jorge evitaba pegarme, supongo que por temor a que le vieran nuestras madres. Lo malo llegaba cuando nos hacían bajar a la calle para jugar. Ya empezaba a darme dentro del ascensor.

Ni siquiera sé por qué me escogió como su sparring o saco de boxeo personal, pero tuve que soportar durante mucho tiempo tanto sus golpes como sus bromas de brocha gorda sobre mi persona.

La única vez que pude devolverle una fue durante una clase de inglés. La profesora nos explicaba el significado de la palabra bully, y yo solté un sonoro "como Jorge" que retumbó en toda la clase provocando la hilaridad general. Nadie me salvó de las collejas, las patadas, los insultos y los empujones intimidatorios que vinieron después, pero aquella tarde por lo menos supe el motivo por el que me estaban zurrando.

Ha pasado mucho tiempo, pero de vez en cuando recuerdo la serie de pequeñas humillaciones tanto físicas como mentales a las que me ha sometido Jorgito.

El martirio terminó en la escuela, ya que por suerte fuimos a diferentes institutos. A partir de entonces nos veíamos al coger el ascensor por las mañanas y poco más. Él dejó de venir por mi casa, y yo de ir por la suya. Luego, su padre murió. Los míos me llevaron al funeral. Su madre vendió la casa, y desde entonces la cosa fue mejor. Si nos encontrábamos en algún bar durante nuestra común adolescencia, cosa que solía ocurrir más de lo habitual (y es que nuestros hábitos juveniles eran similares) Jorge evitaba hablar del pasado y comenzaba a enumerar sus proyectos futuros, permitiéndome muy de vez en cuando hablar de los míos.

Aunque ya no me golpeaba, aún seguía burlándose de mí frente a sus nuevas amistades, si bien es cierto que más moderamente.

Cuando empecé a estudiar la carrera perdimos completamente el contacto, con muy poco pesar por mi parte. Pero fue mi madre, por mediación de la suya, la que me mantenía al corriente de los progresos y avatares de Jorge, ya daba igual que yo no mostrara interés alguno por ellos, puedo asegurarlo. Así fue como me enteré de que había hecho arquitectura, de lo bien que le iban las cosas tras terminar los estudios, de su boda, de su separación... Todo siempre por mediación de mi madre, a quien la suya le transmitía toda la información, ya que ellas sí acabaron por ser muy buenas amigas con la excusa de los hijos, y se veían a menudo. Por eso sé que a mi madre le dolió cuando Jorge quedó huérfano del todo. Pero a aquel funeral ya no asistí, ni llamé a Jorge para darle el pésame, a pesar de la insistencia de mi madre. Ella sí que fue, y supongo que me disculparía de algún modo ante él.

Así que cuando este martes sonó el teléfono y Jorge me preguntó, casi suplicó podría decir, que fuera a verle a su casa, pueden hacerse una idea de los extraño que resultó todo aquello para mí.

Pero tres horas más me encontraba junto al portal indicado. Pulsé el botón del videoportero y me encontré con una voz que creía olvidada.

- ¿Sí?

- Soy yo - dije.

Despues de coger el ascensor, cuando salí al rellano de la escalera, Jorge me esperaba en la puerta con la mejor de las sonrisas.

- ¡Cuánto tiempo! ¡Pero si estás igual! - mintió. Y su mentira parecía provenir más de unas ganas de agradarme que de una frase de cortesía mal entendida.

- Sí, claro. Con menos pelo y más barriga - le respondí.

- Como todos - mintió de nuevo, porque él no había cambiado mucho desde la última vez que le vi.

Aunque sí en otros aspectos. A pesar de que teníamos orígenes comunes y ambos partíamos de familias con rentas similares, la casa en la que Jorge vivía pertenecía a una zona residencial muy por encima de mis posibilidades. Y al contrario que en su anterior vivienda, donde su madre, al igual que la mía, sólo tenía una enciclopedia y una selección de algunos premios Nobel o Planeta comprados a plazos, Jorge mostraba ahora en su salón una amplia biblioteca cuyo contenido sería incapaz de leer en toda una vida. Sí, Jorge era el perfecto ejemplo de cómo en esta sociedad cualquier energúmeno puede llegar a tener éxito y convertirse en un triunfador.

- ¿Quieres tomar algo? - preguntó.

- No, gracias - me apresuré a responder, sin que él tuviera que entender que no me apetecía prolongar mi estancia en su casa lo más mínimo.

- Está bien. Pero siéntate, siéntate... ¿Qué tal te va?

- Bueno, voy tirando - respondí, sentándome en un enorme sofá de color rojo, que dejaba muy a las claras que Jorge tenía dinero pero no buen gusto.

- Ya sé. Das clases en una academia. ¿No?

- Sí. Eso es.

- Me lo dijo tu madre. Desde que la mía murió ya nadie me cuenta nada de ti. Por lo visto, se pasaban el parte sobre nosotros. Oye, la tuya está fenomenal.

- Bueno, para la edad que tiene, yo diría que está bien.

- Nadie diría que tiene sesenta y ocho años. Fui a ver a tus padres un par de veces y estuvimos hablando de los viejos tiempos.

Aquello era el colmo. ¿Quién le había dado permiso a aquel patán ignorante para visitar a mis padres?

- ¿Fuiste a ver a mis padres? - pregunté con fingida naturalidad.

- Bueno, en realidad fui a ver la antigua casa en la que vivíamos, ya sabes... Los nuevos propietarios me dejaron entrar sin problemas. Y después, estando allí, me pareció que lo mínimo era saludar a tus padres.

- Ya, bueno. No suelo ir mucho por ahí.

- Sí. Ya me dijo tu madre que quedáis en casa de tu hermano los fines de semana.

Aquello empezaba a parecerme un interrogatorio de la Gestapo, lo cual no era nada raro, tratándose de alguien comno Jorge. Pensé qué narices hacía yo allí aguantando al pesadillas de mi infancia.

- Bueno, ¿puedo saber por qué me has llamado? No es que tenga mucho tiempo - dije, acompañando la frase de una mirada al reloj de mi muñeca, que estaba parado desde hace días.

Jorge sonrió.

- Ya sé. Nunca tienes tiempo. Las pocas veces que nos hemos encontrado estos años siempre ibas a algún sitio, o habías quedado... Nunca tenías tiempo para tomar algo y charlar de los viejos tiempos.

- Sí, bueno. Es que ya no nos dejan ni...

No me dejó terminar.

- Es que siempre era mejor cualquier cosa a tener que aguantarme. ¿No?

Aquello me sorprendió, pero recobré la compostura en dos segundos.

- No sé por qué dices eso - dije, mintiendo yo en esta ocasión.

- Sí. Lo sabes muy bien. Por todos los malos ratos que te hice pasar cuando éramos críos.

- Venga, Jorge. Aquello ya está olvidado.

- ¿De verdad?

- Sí, claro. Ha pasado la hostia de tiempo, y como tú dices, éramos unos críos.

- Ya, pero me comporté muy mal contigo. Fui un capullo.

Le miré a los ojos. En aquello no se equivocaba. Era un estúpido integral. Pero parecía que las cosas habían cambiado. Parecía que ahora era sólo un estúpido.

- Un auténtico capullo - me atreví a recalcar.

- Por eso te he llamado.

- ¿Por eso?

- No voy a andar con rodeos - se detuvo un momento - tengo leucemia, y no me queda mucho. ¿Lo entiendes ahora?

No supe qué decir. Recordé la infinita variedad de ocaciones en las que había imaginado la muerte de Jorge, cada cuál más cruenta y sádica y me sorprendí al encontrarme allí, hablando de su enfermedad terminal como si nada anormal ocurriera, como si sólo recordáramos unos viejos buenos tiempos que nunca compartimos.

- Lo siento - me apresuré a decir.

- Sí. Tranquilo.

- ¿Y no hay nada que puedas hacer?

- A estas alturas no voy a ponerme a buscar el santo grial. Es mejor aceptar la vida como viene - dijo, y en su rostro asomó una forzada sonrisa.

- La vida - repetí en un murmullo.

- Sí. Ahora sé lo que es. Nombres y momentos. La vida no es más que eso. El recuerdo de aquellos que hemos conocido, y de las cosas que nos han ocurrido y tuvieron su importancia para nosotros, por grande o nimia que fuera. No hay más - comentó Jorge mientras se sentaba en el sofá - . Yo, por supuesto, no he hecho más que recordar cada uno de esos momentos. Ahora los atesoro. Te diría que es diferente desde que supe lo que tengo. Estas cosas te dan una perspectiva como distinta... ¿entiendes? . Por eso te he llamado, porque desde hace años siemrpe me sentí mal por lo que te hice, y lo cierto es que cuando te acuerdes de mí, no me gustaría que te lllevaras un mal recuerdo. Y sé que no he sido muy... En fin.. te quería pedir... disculpas... perdón, en realidad. Por eso te he invitado hoy.

- Oye, si te sirve de algo, aquello pasó hace mucho, ya está olvidado. Hombre, de crío reconozco que te cogí manía.

- ¿Sólo manía?

- Pero eso es el pasado, ya no importa. Lo que te puedo decir es que siento de veras lo que te ocurre.

- Gracias. ¿Quieres tomar algo ahora?

- No - me levanté. Tengo prisa, de verdad.

Se echó a reír.

- Claro, claro.

Le acompañé en su risa.

- Ya quedaremos un día de estos - dije.

- Cuando quieras - añadió, y extendió su mano.

Después de estrechársela, salimos al rellano de la escalera. Él me acompañó. Ninguno de los dos dijo nada, y recordé la cantidad de veces que habíamos esperado al ascensor sin decir nada en otros tiempos. Pensé en decir algo, pero las palabras no me salieron. Cuando llegó el ascensor entré dentro lo más rápido que pude. Esta vez, él no bajaba conmigo. Agité la mano a modo de despedida, y observé por la rendija cómo él movió una mano por entre sus brazos cruzados.

Mientras se cerraban las puertas del ascensor, pensé en Jorge, en Jorge y en todos aquellos momentos tan desagradables que acompañaban a su persona. En su chulería, en su bravuconería, en las veces que me hizo llorar... y cuando el ascensor llegó a la planta baja solté un sonoro "¡JÓDETE!"

7 comentarios:

Nemo Nadir dijo...

Leído. Quiero que lo sepa.

scotty dijo...

Hola David.

Vaya sorpresa para el final. Ese ¡jódete! no me parece nada valiente. Todo lo contrario. Remacha la la falta de autoestima que el personaje ha ido alimentando en toda su vida con respecto a su relación con Jorge (respecto a su relación con todos, seguramente) y ni siquiera ha tenido el valor de decírselo arriba, a la cara. ¿Que hubiera sido cruel?. Lo mismo de cruel que decírselo a nadie al salir del portal, pero bastante más cobarde.

Es lo que me parece a mí, claro...

Escribes de puta madre.

lorezaharra dijo...

pues sí, si que escribes bien

Anónimo dijo...

estoy de acuerdo con scotty. qué feo ese final. te hace acabar el cuento pensando que te caen mal los dos en realidad.

ANRO dijo...

El ¡jódete! le salió del alma al hombre.....Había guardado mucho y lo que tenía que haber hecho es haberle soltado un mamporrazo cuando de niño abusaba de él...¡pobre Jorge, al final todos los capullos la pagan!
Para colmo el hombre fue un puto cobarde. Tenía que habérselo escupido en la cara.
Me ha gustado mucho la historia, DAvid, y eso que ahora me falta tiempo para todo.
Un abrazote.

Anónimo dijo...

¡eso habría sido gracioso! "así que estás debilucho, ¿eH? así que no puedes con tu alma por el recuento de leucocitos, ¿eh? pues ¡toma! ¡y toma! ¡y otra más!" y le da la paliza de su vida al abusón.
si uno se pone mezquino hay que ir hasta el final....

David dijo...

No es cuestión de buscar interpretaciones al cuento. En estos casos, lo mejor es que cada uno saque las suyas... pero quisiera responder al primer anónimo, y de paso, a todos los demás:
No pretendía que cayeran bien ninguno de los dos personajes. De hecho, si me "quedo" con Jorge, no es porque esté enfermo (ya podía haberse quedado inválido por un accidente, que me daría lo mismo)... no me inspira compasión su enfermedad...
Es el hecho de que haya reflexionado y pida perdón por el daño que hizo lo que me hace valorarlo más que al narrador. No mucho más, pues el narrador me predispone a ver que fue un auténtico capullo de niño (y no trago la excusa de "era un niño". En ese parte de la infancia ya se ve cómo somos cada uno también).

El narrador por otra parte, está lleno de rencor y sí, actúa hipócritamente. Claro que es feo el final, pero no podía ser otro cuando desde el principio el "afectado" nos sigue haciendo ver que no ha "superado" lo que le ocurrió con su antiguo vecino.

Vivimos en una sociedad en la que el perdón no basta. Si alguien ha hecho mal, queremos una retribución por el daño que ha hecho, o un castigo para que sufra lo mismo. Queremos que pague o bien con dinero, o bien con la cárcel, o... mejor no seguir.

Jorge, por los motivos que sean, se da cuenta de que se comportó mal y pide perdón. ¿Que el final es feo? Lo mismo pienso yo. Pero no lo cambiaré por uno en el que se dan un amistoso abrazo o le dicen a Jorge jódete a la cara como sugiere Anro. Porque el personaje os resultaría incluso más antipático (¡fijate, a un "moribundo"... y encima le ha pedido perdón)... Y porque aunque tal vez no nos guste reconocerlo... nos comportamos así. Son etiquetas sociales por las que nos regimos. Lo ideal sería que no hubiera acudido a la "llamada" de Jorge...pero entonces no habría cuento.

Tampoco es cuestión de que se ponga a darle de hostias como sugerís en broma (ja,ja). Es un cuento costumbrista, no criminal.

Gracias a todos por vuestros comentarios.

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