viernes, 18 de enero de 2013

LAS MALAS LENGUAS II

- Bueno, también he pensado eso - dije-. Sí señor, realmente he pensado mucho en esto también. Casi he llegado a convencerme de que realmente debería ponerme a detener gente y empezar a comportarme como un comisario normal. Pero entonces he pensado otro poco y he sabido que no debía hacer nada de ese estilo.

- Pero, Nick...

-Porque la gente no me quiere para que haga eso. Puede que crean que sí, pero no es cierto. Lo único que quieren es que yo les dé algún pretexto para elegirme otra vez.

- Te equivocas, Nick - Robert Lee movió la cabeza -. Estás pero que muy equivocado.  Ya saliste con triquiñuelas en el pasado, pero no te resultarán esta vez. No ante un hombre realmente admirable como Sam Gaddis.

Dije que bueno, que vivir para ver, y me lanzó una mirada fulminante.

- No se te habrá ocurrido pensar que Sam Gaddis no es un buen hombre, ¿verdad?. No será esto, ¿verdad que no, Nick? Porque si te ha pasado por la cabeza sacar a relucir alguna porquería contra él...

- No se me ha ocurrido semejante cosa - dije- . No voy a sacar a relucir ninguna porquería en contra de Sam aunque quiera, porque no hay ninguna que desenterrar.

- Eso está bien. Me alegra que te hayas dado cuenta.

- Sí, señor. Sé que Sam es un hombre tan honrado como el que más. Por eso no comprendo cómo pueden circular sobre él todas esas historias que se cuentan.

-Eso está bien. Yo...¿qué? - me miró con sobresalto. ¿Qué historias?

- ¿Quieres decir que no las has oído? - le pregunté.

-¡Pues claro que no! Dime inmediatamente de qué historias se trata.

Hice como si fuera a contárselo y entonces  me detuve y negué con la cabeza.

- No las repetiré - dije-. Si no las has oído, ten por seguro que no las sabrás por mí. ¡No, señor!

Echó una rápida ojeada a su alrededor y se inclinó hacia delante, la voz casi un murmullo:
- Cuéntamelo, Nick. Te juro que no diré una palabra a nadie.

-No puedo. Sencillamente no puedo, Robert Lee. No sería honrado y no hay motivo para hacerlo. ¿Qué puede importar que la gente vaya difundiendo por ahí un montón de chismes sucios sobre Sam, cuando sabemos que todo es mentira?

-Nick...

-Te diré lo que voy a hacer. Cuando Sam salga a pronunciar su primer discurso electoral el domingo próximo, yo subiré con él al estrado. Tendrá todo mi apoyo moral, absolutamente todo, y voy a decirlo así. Porque sé que no hay una sola palabra de verdad en todas esas historias repulsivas y nauseabundas que circulan sobre él.

Robert Lee Jefferson me siguió hasta la puerta delantera haciendo lo posible por sonsacarme los chismes. Seguí en mis trece, naturalmente, ya que la razón más importante de mi silencio era que en toda mi vida no había oído nada malo acerca de Sam Gaddis.

- No, señor - dije mientras cruzaba la puerta-. No las repetiré. Si quieres oír suciedades sobre Sam, tendrás que preguntarle a otro. 

- ¿A quién? - dijo con ansiedad -. ¿A quién podía preguntar, Nick?

- A cualquiera. Sencillamente a cualquiera. Siempre hay cantidad de gente dispuesta a difamar a un hombre honrado, aun cuando no se sepa cómo.

(...)


- Parece que es un día de buenas noticias, querido. Primero, el hijoputa de Tom la palma y ahora parece que vas a resultar reelegido.

- ¿Si? - dije -. ¿Cómo es eso, querida?

- Sam Gaddis. Todo el pueblo habla de él. Vaya, ¿sabes lo que ha hecho, Nick?

- No tengo ni la más ligera idea - dije. Siempre pensé que Sam era un hombre de lo más honrado.

- ¡Pues ha violado a una criatura negra de dos años!

- ¿Sí?¿Niño o niña? - pregunté.

- Niña, supongo. Yo...ja,ja... ¡Nick, bicho malvado, bicho! - se rió y me miró de soslayo -. Pero, ¿no es terrible, querido? Pensar que un adulto se jode a una criatura inocente. Y esto no es más que el principio. 

- Cuenta. ¿Qué más hizo?

- Rose dijo que Sam había chuleado a una pobre viuda hasta dejarla sin ahorros, y que luego había matado a golpes a su propio padre con un palo para que no hablara del asunto.

- Y aún hay más cosas, Nick. Todo el mundo dice que Sam profanó la tumba de su abuela para robarle los dientes de oro. ¿Habrase visto? Y que mató a su mujer y arrojó el cadáver a los cerdos para que se lo comieran. Y que...

- Un momento - dije. Sam Gaddis nunca ha estado casado.

- Querrás decir que nunca viste a su mujer. Estuvo casado antes de venir aquí y echó a su mujer a los cerdos antes de que nadie supiera nada de ella.

-Vamos, vamos. ¿Cuándo se creen que Sam hizo todas estas cosas?

Rose vaciló y dijo que, bueno, que no sabía exactamente cuándo. Pero, alabado fuera el señor, sabía con seguridad que las había hecho.

- La gente no se inventa cosas así. ¡Es imposible!

- ¿Tú crees?

- ¡Pues claro, querido! Además, según dice Myra, casi todo ha partido de la señora de Robert Lee Jefferson. Su propio marido se lo contó y ya sabes que Robert Lee Jefferson no suele mentir.

- Sí - dije- . Y no parece que tenga que hacerlo ahora, ¿no crees?

Tuve que morderme los morros para no reír. (...)

Extraído de "1.280 almas" de Jim Thompson.  Traducción de Antonio Prometeo Moya.

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