viernes, 26 de febrero de 2010

EL BASURERO

Siguiendo el ejemplo de nuestro amigo Crowley he invitado a Nemo Nadir, autor del excelente blog El Pequeño Misántropo en el País de los Sueños a que participara con una entrada. Y esto es lo que me ha entregado.


EL BASURERO

En aquel tiempo todavía pagábamos las cosas con pesetas. Y por cinco pesetas en cualquier quiosco te vendían un sobre con soldaditos de plástico en miniatura cuidadosamente detallados. Los americanos eran verdes y corpulentos, con un uniforme lleno de bolsillos y granadas de mano. Los japoneses eran menudos y amarillos, con aspecto cruel y frágil. Los alemanes eran los más abundantes, grises y con aire elegante. Los rusos, burdos y rojos. Y a los niños nos gustaba ponerlos en formación y recrear las batallas que veíamos en las películas. En aquel tiempo los críos también jugábamos al fútbol en mitad de la calle y poníamos dos latas en el suelo para marcar la portería. Cuando pasaba algún coche alguien daba el grito de alarma y todos nos retirábamos de la carretera para volver luego disciplinadamente al mismo sitio del que habíamos partido, como en un tácito pacto en el que todo el mundo era honrado. En aquel tiempo tenía que caminar durante media hora para recorrer el camino entre mi casa y el colegio cuatro veces al día por campos sembrados de patatas y acequias. Un día me caí queriendo saltar una de esas acequias y mis amigos intentaron infructuosamente encender una hoguera para secarme. Tuve que volver a casa mohíno y asustado, y mi madre me metió en la bañera y me envolvió en toallas y me acostó en una cama que a mí se me asemejaba enorme, y dormí la mejor siesta de mi vida.

En aquel tiempo mi vecino de abajo era el señor Jesús, un hombre muy educado que hablaba muy bajito, pero que por las tardes bebía coñac y agua y cogía unas borracheras tremendas, y volvía a su casa tambaleándose con las piernas como de lana. Y entonces imitaba a Cantinflas y era graciosísimo, pero nadie se reía por temor a ofenderle. Y su mujer era una señora pequeñita y rechoncha, que tenía una perra también pequeñita y rechoncha que se llamaba Gruñona y que siempre estaba ladrando. Y la señora le echaba la bronca al señor Jesús cuando se emborrachaba, y la perra y la señora se parecían un horror, y ya no sabías quién ladraba y quién echaba la bronca. En aquel tiempo mi amigo El Indio (nunca supe porqué le llamábamos así) le sisaba a su padre un duro de la caja de la panadería y todos los días se compraba una bolsa de gusanitos Risi. Unos gusanitos grandes, enormes, sabrosos, que comía cada día al salir de clase. Y a mí jamás me invitaba, y yo me moría de ganas por poder comprar alguna vez una bolsa de esos gusanitos, pero nunca tenía dinero para hacerlo. En aquel tiempo yo hacía los recados a medio día, mientras mi madre preparaba la comida. Y entonces iba a la bodega y compraba vino y cerveza y gaseosa para mi padre, y volvía cargadísimo. Y luego iba a la farmacia, porque mi padre siempre estaba enfermo. Y Patricia, la ayudante del farmacéutico, era una chica jovencita y delgada, muy tímida y con granos en las mejillas. Y a mí me parecía preciosa, y en verano llevaba una bata blanca sin nada debajo, y cuando se agachaba yo me asomaba a aquel escote y veía un pecho menudo y moreno. Y el farmacéutico siempre me pareció un tipo bajito y repugnante, con aspecto de caradura, y con un peluquín negro exagerado y la cara bronceada como si se la hubiera pintado. Y al final iba a la panadería del Indio y miraba el chocolate blanco Lingotín y tampoco podía comprarlo, y siempre me quedé con las ganas de probar ese chocolate. Y en aquel tiempo el camión de la basura pasaba por la mañana.

Entonces no habían instalado todavía los contenedores en las calles ni se hacía la recogida de basuras durante la noche. Las bolsas de basura se amontonaban en las esquinas de los edificios, rodeadas de moscas y gatos, mientras los niños correteábamos alrededor jugando a pillar, o a las canicas, o a policías y ladrones. El camión pasaba todos los días a las doce y media y toda la chiquillería del barrio estábamos pendientes. No se sabe porqué, algunos decían que era porque los gatos esparcían la basura y él nos acusaba a nosotros, pero uno de los basureros empezó a perseguirnos armado con una escoba cada día que venía. Los críos estábamos expectantes, esperando la hora, acechando por sí veíamos aquel camión asomar por la esquina con su ruidoso bufido y su lento avanzar. Y allí venía el Basurero, un tipo pelirrojo y enjuto, corriendo hacia nosotros con la escoba en la mano. Los niños salíamos disparados huyendo en todas las direcciones, gritando entre el miedo y el alborozo. Yo también corría, ciegamente, sin sentido, sin saber el motivo. Una vez me atreví a mirar atrás y vi al basurero detrás de mí diciendo con regocijo: "¡Corre que te pillo, corre que te pillo!". Estaba sonriendo de satisfacción y a mí me pareció una sonrisa diabólica. A veces el camión no pasaba a su hora, o no venía nuestro Basurero, y nosotros respirábamos aliviados, pero a la vez, decepcionados. La llegada del Basurero era otro motivo de diversión.

Ángel era mi mejor amigo y yo siempre me supeditaba a él. Lo veía más alto, más fuerte, más decidido. Siempre estaba inventando cosas, destripando cacharros para ver lo que tenían dentro. Con Manolín éramos un trío inseparable. A Manolín le llamábamos Manolín Quetemato, porque su madre siempre estaba asomada a la ventana observándolo y a menudo lo amenazaba agitando la mano: "¡Manolín! ¡Que te mato!". El pobre Manolín siempre tenía el aspecto de estar triste, aunque yo pensaba que lo que en realidad le pasaba es que era muy responsable. Mario era el hijo del dueño del bar, y era algo más pequeño que nosotros, pero como su padre tenía el bar del barrio siempre paseaba como si fuera el rey de la calle. Intentaba que todos le obedeciéramos y planteaba ideas disparatadas, pero nadie le hacía mucho caso. Porque a quien todos admirábamos de verdad era a Ramón, su hermano mayor. Ramón y Felipe eran los chicos mayores de la calle. Felipe era hermano de Manolín, pero nunca le llamó nadie Felipe Quetemato. Ramón y Felipe eran inseparables. Eran los únicos chicos mayores que había. También había tres niñas en el barrio, pero siempre estaban sentadas en un patio, jugando con sus muñecas, y nadie reparaba mucho en ellas entonces. Felipe era muy alto y delgado, siempre muy serio. Tenía un aspecto que a mí me recordaba a uno de los Beatles, pero nunca sabía a cual. Ramón era aún más alto que Felipe y con una espesa mata de pelo negro rizado. Tenía una sonrisa lobuna que dejaba mostrar sus colmillos y que a mí me fascinaba. Era mucho más simpático que Felipe, y jugaba con los niños más pequeños atrapándonos con aquellos dedos largos y huesudos, que a mí me parecían los más fuertes del mundo. Una vez se cayó cargado con una caja de botellas mientras ayudaba a su padre en el bar, y aterrizó sobre los cascos rotos. Ramón tenía los antebrazos surcados de cicatrices de aquel accidente y cuando se remangaba yo no podía apartar los ojos de aquellos costurones sobre sus miembros nudosos, que lo hacían aún más heroico. Los pequeños mirábamos a Ramón y Felipe caminar por la calle, siempre juntos, hablando en voz baja, duros, formales, casi como los adultos, pero con más luz, como ídolos que refulgiesen con brillo propio.

Y entonces pusieron los contenedores de basura y el camión empezó a pasar por la noche y dejamos de ver al Basurero para siempre hasta que nos olvidamos de él. Las huertas se convirtieron en edificios y yo no tuve que volver a ir al colegio entre acequias. El tráfico abundó y ya no podíamos jugar apenas al fútbol entre los coches, pero tampoco nos interesaba ya como antes. Ahora éramos nosotros los chicos mayores del barrio, y Ramón y Felipe ya no estaban. Manolín nos contó que su hermano y Ramón habían hecho un pacto. Siempre habían querido ser militares y estar juntos, así que ambos habían hecho un examen y habían ingresado en la Guardia Civil. Y los chicos del barrio nos sentimos muy orgullosos, como si hubiera sido también un logro nuestro. Mario había crecido y seguía pavoneándose por el barrio, y nosotros seguíamos ignorándole. Patricia, la chica de la farmacia, ya no tenía granos en las mejillas y ya no era tan tímida. Y a mí me seguía gustando una barbaridad, y cuando ella me sonreía parecía que se daba cuenta, pero yo ahora la miraba fijamente a los ojos. Y un día empezó a atenderme el baboso del farmacéutico y Patricia apenas me sonrió ya más. Yo seguía yendo a hacer los recados a medio día, y los sábados iba también al médico a renovar recetas para mi padre, que seguía enfermo, y mi madre tenía una paella preparada para cuando yo volvía. El Indio ya no compraba gusanitos y yo cada vez lo veía menos porque ahora trabajaba con su padre en la panadería. Y cuando yo iba a por el pan todavía me quedaba mirando el chocolate blanco Lingotín, pero seguía sin poder comprarlo, aunque ya no me importaba tanto. Las niñas del barrio habían crecido y ya no jugaban con muñecas, pero todos seguíamos sin hacerles mucho caso todavía. Y el señor Jesús seguía emborrachándose por las tardes con coñac y su mujer y su perra seguían echándole la bronca, pero ya no imitaba a Cantinflas y cada vez lo veíamos menos. El señor Jesús parecía muy viejo y cansado.

Ángel me llamó por teléfono. A Ramón lo habían matado. Felipe y él iban en un coche y les habían puesto una bomba. Felipe estaba herido levemente, pero Ramón había muerto en el acto. Me lo dijo y me pareció irreal. Las palabras resonaban huecas dentro de mi cabeza, como dichas bajo el agua. El paladar me sabía a metal y a sangre. Ramón había muerto. Ramón y Felipe ya no eran más Ramón y Felipe. Dos días más tarde se celebró el entierro. A la salida de la iglesia Manolín Quetemato abrió una de las puertas y yo sujeté la otra para que saliera el féretro. Ángel estaba detrás de mí. Cuando el ataúd cubierto con la bandera pasó por mi lado me lo quedé mirando hipnotizado. Entonces miré a Felipe por primera vez. Tenía unas profundas ojeras y se había dejado un bigote que le daba un aspecto más sombrío. Jamás lo había visto sonreír, pero entonces me pareció más serio que nunca. Felipe se había hecho adulto. Entonces lo vi palidecer y se tambaleó. Su madre gritó su nombre y alguien lo sujetó por los hombros. Los restos de Ramón pasaron por delante de mí y se los llevaron en un coche negro. Y yo me quedé allí, sujetando la puerta hasta que Ángel me susurró por encima del hombro: "Vámonos".

Ese fin de semana el barrio no fue el barrio. Mario no salió a dar su acostumbrado paseo de inspección, Gruñona no se escuchó ladrar y yo no fui a hacer recados ni al médico. Ángel y yo caminábamos silenciosos por la calle, cada vez alejándonos más, deambulando sin rumbo. En un quiosco en un parque vimos un sobre de soldaditos de plástico. "¿Lo compramos?" Como un pequeño homenaje a nuestra niñez, que parecía definitivamente acabada, rasgamos el sobre. Otra vez alemanes. Los dispusimos sobre el suelo y los contemplamos casi sin saber qué hacer. Entonces Ángel hizo un gesto extraño y miró a su alrededor. "El Basurero", me dijo en voz baja. "¿Qué?". "El Basurero", insistió, "Es ese tío que viene por ahí". Furtivamente eché un vistazo. El mismo hombre pelirrojo, enjuto, más viejo, más circunspecto, caminaba hacia nosotros. Parecía fuera de lugar encontrarlo ahí, ahora, después de tanto tiempo, sin su escoba, sin su ropa de trabajo. Pero era él. "Ahí va, es verdad, ¿Qué hacemos?" Inmediatamente, sin mediar palabra, echamos a correr. Y corrimos y corrimos sin parar hasta que nos dimos cuenta de que esta vez no nos perseguía. Ángel y yo nos dimos cuenta de que, por un momento, habíamos vuelto años atrás en un acto reflejo, absurdo e infantil. Qué bobos. "Eh, nos hemos dejado los soldaditos". Volvimos caminando al parque sin saber qué nos encontraríamos. Y ahí estaba el ejército alemán, en perfecta formación, esperándonos. Nadie lo había tocado.

13 comentarios:

Nemo Nadir dijo...

En 1970 Bob Dylan publicó el doble album Self Portrait. El periodista Greil Marcus comenzó su crítica de este disco en la revista Rolling Stone con una frase que se ha hecho célebre: "¿Qué es esta mierda?"

WODEHOUSE dijo...

Jo, que maravilla, me he quedado impresionada por las dotes de este, por qué no decirlo, escritor.

Crowley (www.tengobocaynopuedogritar.blogspot.com) dijo...

Impresionante este relato testimonial de una generación. Muy bueno Nadir.
Y me acuerdo de aquellos sobres... ¡cuánta diversión!
Un gran invitado, David. Yo estoy con mis deberes...
Un saludo para Nadir y para el anfitrión, faltaría más.

David dijo...

-Nemo: Te ha faltado añadir algo como acompáñese de una coca-cola con un tigretón (hay que situarse) y me llevarías a otros tiempos no tan lejanos.

- Wode: Dilo sin miedo. Escritor.

- Crowley: Coincido. Impresionante en muchos sentidos. Espero que nadie se tome esto a mal, pero cada vez que cuelgo una entrada con un cuento, la gente suele dar adjetivos demasiado exagerados (suele pasar en otros blogs y no sólo con cuentos) y decir que es una maravilla, esto o lo otro...
No voy a decir que no tienen razón (sería tirar piedras sobre mi tejado), pero sí me parece que son comentarios algo exagerados.
Pero en esta ocasión, el texto de Nemo no sólo me ha parecido bien escrito y mejor narrado, sino evocador, emotivo, y también descriptivo de una época y unos años que ya no están y no volverán. En definitiva, el mejor texto que se ha publicado en este blog.

Anónimo dijo...

Joder, qué bueno. Y qué magdalena proustiana.

pilar mandl dijo...

¡Qué suerte tienes te escriben las entradas! antes eran los "negros"...
:-) sin adjetivos.

Dana Andrews dijo...

Un relato muy entreñable el de Nemo Nadir. Recuerdo que yo también tuve soldaditos de ese tipo y también jugaba con ellos y también corría cuando venía un coche mientras jugaba en la calzada al fútbol. Muchos recuerdos me han venido a la mente. Gracias a David por traernos a Nemo.

Angux dijo...

Buenísimo. (sin exageración que valga)
Lo he disfrutado mucho y me he sentido, en muchos momentos, identificado.

Un saludo.

lorezaharra dijo...

mi infancia tambien transcurrio en las calles, corriendo de un lado para otro juagando a la comba a policias y ladrones a la goma, a carreras ,al pañuelo, la calle me lo dió todo y allí aprendí a ser la persona que soy hoy junto a otros crios en aquellos instantes era feliz

Bruja Truca dijo...

Qué maravilla tener colaboraciones así.
Un saludo.

Valentín VN dijo...

¡Qué cosa más curiosa habéis hecho!
Un relato bastante amargo cargadito de nostalgia (y no está mal que yo lo díga, que estoy todo el día en el país de Nunca Jamás cuando escribo para el blog).

Es muy buena idea que vengan colaboradores de este calibre, porque así les vamos conociendo y nos acercamos a sus blogs, que de otra manera igual ni sabríamos que exitían.

Así que doble felicitación, por tener el relato en tu blog y por facilitarnos conocer a otros blogueros.

ANRO dijo...

Estupenda entradas, y estupendo tú por dar paso a esa entrada. Es un relato sentido y sincero que muchos compartimos. ¡Felicidades Nemo Nadir!
Un abrazote par tí y para el compadre DAvid.

Kinezoe dijo...

Pues sí que es bueno, sí... Últimamente estoy descubriendo un gran talento para la escritura entre muchos de los bloggers cuyas páginas visito. Qué envidia tener esa capacidad para narrar tan bien las cosas... Me ha encantado, ha sido muy evocador y nostálgico.

Saludos a todos. Y mis felicitaciones al autor.

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