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lunes, 3 de diciembre de 2018

La Niña y el Lobo

"La Niña y el Lobo" por James Thurber (1939)



Una tarde, un gran lobo esperaba en un  oscuro bosque a que una niña viniera con una cesta de comida para su abuela. Finalmente, apareció una niña y llevaba una cesta de comida. "¿Llevas esa cesta a tu abuela?" preguntó el lobo. La niña dijo que sí, que así era. Entonces el lobo le preguntó dónde vivía su abuela, la niña se lo dijo y él desapareció en el bosque.

Cuando la niñita abrió la puerta de la casa de su abuela, vio que había alguien en la cama con un gorro de noche. Se había acercado a no menos de veinticinco pies de la cama cuando vio que no era su abuela, sino el lobo, porque incluso con un gorro de noche, un lobo no se parece más a tu abuela de lo que el león de la Metro-Goldwyn se parece a Calvin Coolidge. Así que la niña sacó una automática de su cesta y mató al lobo.

Moraleja: Hoy en día no es tan fácil engañar a las niñas como antes.

Ilustración de James Thurber

Adaptación animada de Revolting Rhymes de Dahl de  Schuh y Lachauer,


jueves, 15 de noviembre de 2018

CÓMO LOS NIÑOS JUGABAN AL CARNICERO



Un hombre una vez mató a un cerdo mientras sus hijos miraban. Cuando empezaron a jugar por la tarde, un niño le dijo al otro: "Tú eres el cerdito, y yo seré el carnicero", con lo cual tomó una cuchilla abierta y la empujó contra el cuello de su hermano. Su madre, que estaba arriba en una habitación bañando al niño más pequeño en una tina, escuchó los gritos de su otro hijo, corrió escaleras abajo rápidamente, y cuando vio lo que había sucedido, sacó el cuchillo del cuello del niño y enfurecida, atravesó el corazón del niño que había sido el carnicero. Luego se apresuró a regresar a la casa para ver qué hacía su otro hijo en la bañera, pero este se había ahogado en el baño. La mujer estaba tan horrorizada que cayó en un estado de absoluta desesperación, se negó a ser consolada por los sirvientes y se ahorcó. Cuando su esposo regresó a casa de los campos y vio esto, quedó tan destrozado que murió poco después.

Extraído de  "The Annotated Brothers Grimm" de Maria Tatar.  Carnicera traducción de un servidor.

Según las notas de Tatar, los Grimms recibieron quejas de que este cuento era violento y lo defendieron por su valiosa lección. Según Wilhelm: "Mi madre solía contarme la historia del carnicero cuando era niño, y me hizo ser cuidadoso y receloso de los juegos de niños". A pesar de estas razones, el cuento no fue publicado en ediciones posteriores.

AÑADIDO:  Estoy con Wilhelm. Es más...podríamos escribir uno para los USA sobre el uso de las armas en casa.

"Un ciudadano estadounidense, amparado por el derecho constitucional que le otorgaba su país,  disparaba los fines de semana delante de sus hijos...."

viernes, 30 de diciembre de 2011

INDIAN COUNTRY Y POR QUÉ RANSOME FOSTER NO ES RANSOM STODDARD

 "Entonces dejó al niño entre los brazos de Johnny y le dijo imperativamente:
-¡Cuidarás de él y no lo soltarás aunque te maten!
No le dio ninguna indicación acerca de escapar a un lugar seguro; tales sitios no existían."
                                                                                  
                                              La frontera en llamas. Dorothy M. Johnson. Traducción de José Menéndez-Manjón


Ya sólo por el primer relato con el que se abre la selección de cuentos de Dorothy M. Johnson  en la nueva colección de narrativa western editada por Valdemar, deberíamos tener este libro.  
Y no os equivoquéis. Los cuentos de Dorothy M. Johnson no hablan de vaqueros e indios. Hablan de otras cosas mucho más interesantes. El amor, la responsabilidad, el paso de la infancia a la madurez, la lucha y la resistencia ante la adversidad, la aceptación ante los giros o los golpes que puede dar la vida...
"La frontera en llamas", el primer relato de la colección es mi favorito, y el que más me ha gustado. En poco más de veinte páginas, la autora es capaz de contarnos la vida y el destino de una familia (o lo que queda de ella) después de un ataque indio a su hogar. 
El cuento que le sigue, "El incrédulo", me parece  tal vez el más flojo.  Pero el resto de cuentos son casi tan buenos como el primero. 
Y luego están los dos que sirvieron de base a dos conocidas películas.
Uno es el de "Un hombre llamado caballo". Hace muchos años que no he vuelto a ver la película, pero el relato me parece buenísimo.  La historia de un hombre capturado por los indios como esclavo y  que termina por ser aceptado como un igual entre ellos no sólo está maravillosamente escrita y narrada...creo que se "conserva" mejor que la película. "Era esclavo de una muchacha llamada Libertad y, antes de que acabase el invierno, supo que ella albergaba en su seno un hijo suyo..."


El otro relato es el que sirvió de germen al que es probablemente mi western favorito: "El hombre que mató a Liberty Valance" .
Y la verdad es que toda la película de Ford ya está  planteada en el relato de Dorothy. Tal cual. La misma historia, los personajes... Y sin embargo, en mi opinión, palidece frente a la película. Esta última está más desarrollada, tiene más matices, y añade personajes que tienen su importancia. Hay también alguna diferencia.
Bert Barricune sí podría ser el Tom Doniphon que interpretó John Wayne, pero Ransome Foster no termina de ser  el Ramson que interpretó James Stewart. Se mueve por diferentes motivos a los que lo hace en la película. En el cuento busca venganza después de su primer encuentro con Liberty Valance: "Por primera vez en un par de años albergaba una ambición... no muy recomendable, pero era algo en lo que empeñarse. Él iba a ser el reclamo para Liberty Valance y, en la medida en que le fuera posible, también su trampa."  En la película de Ford, se mueve para proteger y defender a su comunidad. Es una diferencia significativa, y mientras tienes la impresión de que Ransome Foster es un personaje apocado y algo mezquino que lo único de lo que sentía orgulloso (equivocadamente) es de haberle hecho frente a Liberty, al ver la película tienes la impresión de que Ramson Stoddard es un hombre íntegro, comprometido, bueno y humilde, que aunque no se siente orgulloso por empuñar un arma y enfrentarse a Liberty, lo hace cuando es necesario.
Aún así, y a pesar de mis pegas, es una buena historia... Y no es cuestión de que os fiéis de mi criterio. En 1995, fue escogido como el mejor relato western  entre la Western Writers Association ("Un hombre llamado caballo" fue elegido el segundo... y... bueno.... cuatro de los cinco primeros eran de Dorothy).


"Viaje al fuerte" (la incertidumbre), "La camisa de guerra" (o el señor de Ballantrae en el oeste), "Más allá de la frontera" (unos abandonan, pero siempre hay quien continúa) o "Reírse frente al peligro" (una triste historia de amor) son tan buenos como los dos relatos  que dieron pie a las películas arriba mencionadas.  "Marcas de honor", se aleja un poco del lejano oeste para llevarnos a una reserva india en los años cuarenta y nos cuenta el esfuerzo de las nuevas generaciones por no perder sus señas de identidad, su cultura.  Es tan bueno como los anteriores. Distinto, y de algún modo, te aleja del marco en el que transcurren los otros... pero igual de bueno.
Si tuviera que ponerle una pequeña pega a esta edición es la de que no figure la fecha y el lugar en el que fue publicado cada relato. Por lo demás, un libro altamente recomendable.


Añadido: Si alguno de vosotros lee el libro... me gustaría comentarlo. Tal vez es una impresión mía, pero a pesar de las barbaridades y las salvajadas que a veces se cuentan, no sé si porque la narradora es una mujer, los cuentos no dejan de tener un "algo" que no sé cómo definir que los acerca más al "tierno" que al "salvaje" oeste. Y no me vengáis con el "toque femenino" si digo "algo" que no sé definir.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

EL ARTISTA INTERIOR

El huésped de aquel hostal barato miró a través de la ventana.  La lluvia caía de tal modo que se sorprendió al ver a un viejo tocando lo que parecía una flauta, aunque él desde allí no podía oír nada excepto el fuerte sonido del agua golpeando contra el cristal. Quizás el viejo había sido un famoso músico que en estos duros años se veía obligado a tocar en las calles, pensó.

Sonaba una vieja canción popular. El músico estaba asombrado  y agradecido por los continuos y entusiásticos aplausos que el público le ofrecía por su interpretación.

El huésped no lo entendía. El viejo ya no tocaba, ahora estaba haciendo reverencias. Pero no había nadie más allí aparte de él.

El músico comenzó a interpretar de nuevo con una renovada pasión. Jamás había sonado mejor la suite en mi menor número 1, para dos flautas y cuerda de Telemann, ni había
tenido semejante intérprete tan distinguido público. Los aplausos aumentaron hasta tal extremo, que el músico apenas podía escucharse y se vio obligado a cesar su actuación. Guardó su instrumento y salió del escenario ante la continua lluvia de aplausos.

El viejo se dirigió al mismo hostal barato que ocupaba el huésped. Éste, al verlo entrar, salió de su habitación, bajó las escaleras y se reunió en la pequeña sala de recepción con el viejo, que se encontraba totalmente empapado.

-Perdone...

El viejo miró al huésped.

-Le he visto tocando la flauta desde mi ventana durante un buen rato, pero no podía oír la música. ¿Le importaría tocar algo para mí, por favor? - preguntó el huésped, al tiempo que le enseñaba unas monedas.

-Estoy muy cansado. Quizás en otro momento.

Fuera, había dejado de llover. El viejo entró en la habitación que ocuparía aquella única noche. Abrió su maleta, sacó de ésta un palo tallado y se lo llevó a los labios.

La música empezó a sonar de nuevo. Ya no había aplausos, pero los ronquidos del huésped eran un buen acompañamiento rítmico. El músico improvisó una pieza de jazz.

domingo, 9 de mayo de 2010

LA CONSUNCIÓN DE LUIS BAUZA

La pensión Elsordo estaba situada a las afueras de la Silado, muy cerca de las chabolas que rodeaban la urbe. En ella solían acabar todos aquellos individuos para los que la pensión era el último refugio antes de acabar siendo engullidos por la pobreza y la miseria callejera de la ciudad.

Su dueña, Manuela Sánchez, la regentaba desde hacía más de veinte años, y seguía teniendo por norma el desalojo inmediato de aquellos inquilinos que se retrasaran más de dos días en el pago.Por este motivo, Manuela Sánchez aporreaba insistentemente la puerta de un hombre que llevaba tres días sin salir de su habitación.

Dentro de aquella habitación, la 27-B, Luis Bauza permanecía acostado en posición fetal, ajeno tanto a los golpes en la puerta como al ruido del tráfico y los gritos que subían desde la calle hasta su ventana. Apenas podía oír sus propios pensamientos. Cubierto por completo con la sábana, trataba de recordar una vez más cómo había acabado por llegar allí y cuándo había comenzado todo el infierno que arrastraba.

Bauza había sido saxo solista y compositor de una pequeña banda de jazz que había adquirido un paulatino reconocimiento como una de las mejores del país, sin duda gracias a sus composiciones y a su manera de interpretarlas. El boca a boca, unido a las cada vez más habituales reseñas favorables en los periódicos no dejaban de mencionar el virtuosismo y la genialidad del saxofonista. El camino para llegar hasta ahí había sido largo. Cuatro discos de escasas ventas y más de doce años en los que su banda, compuesta por músicos algo menos que correctos, había alternado diariamente tanto antros como el Jacaranda con locales como La Caverna, hasta conseguir finalmente el tan ansiado triunfo que suponía para cualquier artista tocar en el Teatro Nacional.
- Esta noche es decisiva, decisiva... - no cesaba de repetir Carlos, el batería de la banda. El resto de los miembros, incluido Bauza, pensaban de forma parecida, pero ninguno de ellos podía suponer hasta qué punto iba a serlo.

Cinco meses después, en la pensión Elsordo, Bauza pensaba una y otra vez que aquella noche fue la noche en la que comenzó su particular maldición, y trataba de reconstruirla en todos sus detalles, intentando encontrar algo que pudiera explicar lo que le estaba ocurriendo.

A pesar de la importancia del concierto, la actuación de Bauza, hasta entonces siempre soberbia, sonó bastante irregular y tuvo que ser maquillada por el resto de la banda. Luis perdía el ritmo, e incluso llegó a desafinar en más de una ocasión. La interpretación de sus temas fue muy diferente de la esperada, y el público reaccionó con silbidos y abucheos.

- No se podía pedir más a un público tan distinguido - dijo Carlos, tratando de quitarle importancia a lo ocurrido.

Tanto Bauza como la banda pensaron que aquello había sido consecuencia del nerviosismo de tener que tocar ante un público al que no estaban acostumbrados, y entre todos decidieron hacer una gira por locales menos selectos.

Pero a partir de aquel día, y al igual que había ocurrido en la noche del Teatro Nacional, no sólo en las actuaciones, sino también en los ensayos, Luis empezó a sonar cada vez más como un principiante o un músico mediocre en el mejor de los casos, que como el maestro que en realidad era.

Y lo más extraño fue que los músicos que formaban su banda, que hasta entonces no habían destacado excesivamente, eran los que salvaban cada noche la función con unas interpretaciones soberbias y algunas improvisaciones dignas de su cada vez más discutido líder. Los aprendices, que durante años no habían destacado y sabían cuál era su lugar, habían alcanzado a su maestro en un tiempo muy rápido, y Bauza, que conocía muy bien los límites interpretativos de sus músicos, estaba tan extrañado por esto como por lo que le estaba ocurriendo a él mismo. Antes de que la cosa pudiera degenerar más, y tan sólo dos semanas después de la actuación en el teatro, Bauza disolvió la banda.

- No sé lo que te pasa, Luis. No sé si es que necesitas unas vacaciones, o si estás enfermo, pero yo en tu lugar iría al médico hoy mismo - le dijo Carlos, durante la comida en la que se despidió de la banda.

Bauza siguió el consejo. A veces notaba una momentánea pérdida de sus sentidos corporales. No duraba mucho, apenas unos segundos, pero le ocurría cada vez más a menudo, y cuando menos lo esperaba. Entonces, veía con dificultad, las imágenes se volvían borrosas, dejaba de sentir el frío metal de su instrumento o no podía escuchar nada en absoluto. Bauza asoció todo eso con el marcado descenso en la calidad de sus interpretaciones, pero los médicos, a pesar de sus explicaciones y de todas las pruebas que le hicieron, no le encontraron nada anómalo.

- Lo que necesita es descansar. Hágame caso. Tómese unas vacaciones y olvídese de los conciertos - le dijo el último médico al que acudió.

Luis Bauza se encerró en su casa y comenzó a trabajar en una nueva composición. En esta ocasión el esfuerzo requerido era mayor que otras veces, y la ansiada melodía parecía eludirlo noche tras noche.

Uno de aquellos días, Bauza decidió tomar ese recomendado descanso y fue a ver a Clara, su hermana pequeña, que había abandonado su carrera musical cuando se casó con Gabriel, un eminente abogado. Cuando llegó a la casa, y tras estrechar la mano de su cuñado, levantó a su hermana en volandas como solía hacer siempre que la veía. La cena transcurrió con normalidad. Luis no quiso comentar los últimos sucesos, pero notó que no sentía el sabor de la comida picante que su hermana había preparado.

Al terminar la cena, pasaron al salón, donde Luis les contó a grandes rasgos que había disuelto la banda, pero sin precisar los motivos, ya que no quería preocuparles. Mientras Bauza y su hermana hablaban, su cuñado Gabriel, que permanecía de pie, comenzó a tocar con un dedo las teclas del piano.

- Gabriel, sabes que no me gusta que toques el piano. Lo desafinas - dijo Clara, para luego volverse y seguir hablando con su hermano.

Su marido pareció no hacerle caso, y volvió a tocarlo, ahora con dos dedos.

Entonces, y mientras Clara hablaba, Luis empezó a reconocer lo que Gabriel tocaba. Era nota por nota la melodía en la que llevaba tantas noches trabajando. Se levantó sobresaltado del sofá.

- ¿Dónde has oído eso? ¿Dónde? - gritó Luis.

- ¿El qué? - preguntó extrañado Gabriel - No sé de qué me hablas. Ya sabéis que yo no tengo ni idea de música.

Luis se quedó pálido. Era cierto. Sabía perfectamente que su cuñado no sentía el más mínimo interés por la música, y, sin embargo, Gabriel había extraído una por una las notas de la composición en la que Bauza trabajaba, una composición que no conocía nadie más.

- Tengo que irme- dijo Luis.

Clara no entendió lo que había pasado, pero Luis no quiso dar explicaciones.

- Tengo que irme. Dejadme salir - repitió con voz angustiada.

Ya en su casa, y al igual que hacía en estos momentos en Elsordo, Bauza repasó una y otra vez lo ocurrido en casa de su hermana. No era un hombre dado a supersticiones, así que desechó cualquier tipo de maldición sobre su persona. Había algo más, algo que no alcanzaba a comprender, pero que tenía que ver con su cuerpo, con sus sentidos, con su esencia como persona.

Recordó paso a paso su entrada en la casa, el apretón de manos de su cuñado, cuando levantó a su hermana por la cintura. Para él, empezaba a estar claro que le estaban quitando algo personal, algo de su interior, y sólo pudo concluir que había sido por el contacto físico. Gabriel le había estrechado su mano, y pensó que tal vez ahí estaba la clave. Con esa idea en mente, Bauza llegó a la conclusión de que de debía aislarse, de que nadie debía tocarle si quería seguir conservando su ser, sus sentidos.

Cada vez salía menos de casa, y cuando iban a verle recibía a sus invitados evitando cualquier contacto físico, con guantes en sus manos, gafas oscuras y una bufanda que cubría casi por completo su rostro.

Así fue como Manuela Sánchez le encontró cuando descubrió la sábana, después de abrir la habitación, cansada de dar golpes.

- ¡No me toque! ¡No me toque! - gritó Bauza.

La dueña de Elsordo dio dos pasos hacia atrás y se apoyó contra la pared. Estaba asustada.
- ¡Váyase! ¡Váyase! No me pague si no quiere, pero váyase ahora mismo.

Bauza se levantó para agacharse al mismo tiempo y sacar un maletín de debajo de la cama. Salíó de la habitación y bajó lo más apresuradamente que pudo las escaleras. Cuando salió a la calle, comenzó a andar entre las callejuelas en busca de la playa. La gente le miraba extrañada preguntándose cómo en un día tan soleado alguien podía vestir de esa forma.
Le costaba andar, y a cada paso que daba, sentía con el calor cómo la ropa se pegaba a su piel.

Al llegar a la playa, se sentó sobre la arena en el rincón más apartado que pudo encontrar. Y una vez más se adentró en sus recuerdos. La primera noche en la que no tocó como debía, el día que abandonó su casa por temor a que le ingresaran en un psiquiátrico, y continuó entrelazando recuerdo tras recuerdo hasta llegar al día en que decidió venir a Silado, con la esperanza de que nadie lo buscara en esa ciudad.

Bauza se quitó la bufanda, abrió el maletín y sacó su saxofón. Lo acarició durante largo tiempo, sin sentir nada en absoluto entre sus dedos, más allá de la angustia que le provocaba no reconocerlo al tacto.

No consiguió extraer ninguna nota del instrumento. Nada. Ningún sonido. Pero permaneció soplando el saxo hasta que no pudo más.

viernes, 19 de febrero de 2010

EL DESEO DE GABRIEL

Mientras subía por una de aquellas endebles escaleras de madera, uno de los peldaños se rompió, y el peso del saco le tiró hacia atrás, cayendo de espaldas contra el enfangado suelo. Ninguno de los mineros que le rodeaban se ofreció a ayudarle. Pasaron por encima de él como si no existiera, y continuaron subiendo por las quebradizas escaleras.

Gabriel se separó unos metros de la hilera, y se dejó caer sobre su saco de arena. No tenía fuerzas para continuar. Uno de los policías se acercó y le agarró del hombro, obligándole a que se levantara y reincorporara a la fila. Entonces, tras quitarse las gotas de sudor que cubrían su frente y tomar aire, volvió a cargar con gran esfuerzo su saco al hombro. Tuvo que esperar a que pasaran quince antes de comenzar a subir de nuevo por aquella maldita escalera.

Aunque aquel día sólo hacía frío, la lluvia de los días anteriores había provocado que toda la mina estuviera embarrada y costara más llevar los sacos de un lugar a otro.
Todavía quedaban unas horas de trabajo, y Gabriel avanzó como pudo hasta su parcela, para comenzar a picar de nuevo, con la cada vez más menguada esperanza de poder encontrar oro a medida que pasaban los días.

Llevaba tres meses en la mina de Sierra Pelada sin haber encontrado pepita de oro alguna, y aunque por el dinero que había entregado aún le quedaban unos meses de concesión, empezaba a dudar de que hubiera oro alguno en aquel lugar tan pequeño que le había correspondido. Otros habían encontrado oro. Pero no él.

Recordó por qué estaba allí, levantó una vez más su pico y comenzó a golpear la roca. Con cada golpe, escupía el polvo que iba a su reseca boca, provocado por los miles de golpes que acompañaban al suyo por toda la horadada montaña.

Aquella noche, y mientras descansaba en uno de los barracones con otros compañeros, todos volvieron a contar, como venían haciendo todas las noches desde que se conocieron, el motivo por el que estaban allí.

Sebastiao quería grabar un disco, y promocionarlo por televisión, y sabía que eso costaba dinero. Lo que no parecía querer saber, o se empeñaba en ignorar, era que no tenía una voz especialmente bonita o un estilo personalizado para resaltar la letra de las canciones.

Milton, que trabajaba tanto como el que más, y cargaba más piedras en sus sacos que el resto, necesitaba el dinero para una operación. Este trabajo tan masculino y este mundo tan desagradable cambiarían cuando pudiera convertirse en la mujer que albergaba en su interior.
Los demás trabajadores se reían de Milton. Pero no Gabriel, que callaba cuando los demás hablaban de sus sueños, por muy extraños que éstos les parecieran. Porque sabía que no debía desanimar a los soñadores, y que sólo si deseaba lo mejor para los que estaban en su misma situación, tal vez Dios tendría en cuenta sus oraciones.

Ninguno de los presentes había logrado adivinar el motivo por el que Gabriel había ido allí. Él se limitaba a decir que buscaba dinero, que era pobre, y que sólo quería ser menos pobre. Sólo eso. Pero cuando los demás le preguntaba curiosos qué pensaba hacer con el dinero, Gabriel no contestaba.

Así pasaban las noches, hasta que el cansancio y los avisos de los vigilantes les hacían cerrar los ojos. Y entonces, antes de dormir, Gabriel rezaba por encontrar esa gran pepita de oro que le permitiera cumplir su deseo. Y así, cuando eso ocurriera, nunca más tendría que escuchar tristes historias sobre sueños sin cumplir, ni dormir en el suelo de Sierra Pelada, ni soportar a los guardias, ni compadecerse de Milton, ni compadecerse de si mismo. Por eso nunca contaba su deseo, porque Gabriel sabía que sus compañeros no deseaban ver la verdad, no deseaban saber que todos ellos vivían atados a sacos de arena, aplastándose bajo el peso de sus sueños.


AÑADIDO:
Las fotos que acompañan a este cuento, o más bien al revés, de Sebastião Salgado.

domingo, 14 de febrero de 2010

EL ARTE ES SÓLO UNA PALABRA DE CUATRO LETRAS.

"... Creo que la gente está bastante intimidada por las artes. Pienso que las artes perpetúan ese "nosotros " y "ellos" con ideas como "talento" y "genio" y "arte con A mayúscula". Cualquier cosa para separar este mundo tan elevado de los patanes que hay debajo y que no pueden hacerlo.
Y la mística de hacer películas se mantiene sobre un pedestal, y hay un montón de material con la "inspiración del artista" y la mano del artista y todas estas cosas. Y verdaderamente pienso que no puedo continuar con ese tipo de cosas...."

Extraído de una entrevista a Dave McKean por Christopher Brayshaw en el Comics Journal 196. La penosa y malintencionada traducción, mía.

miércoles, 27 de enero de 2010

EL ÚLTIMO VIAJE DE SUN YAO

Siendo anciano, Sun Yao decidió realizar un largo viaje para asistir a las exequias del Rey Shan. Los sirvientes de su casa se afanaban nerviosos en los preparativos, pues aunque sabían que su señor apreciaba al Rey Shan que fue y deseaba honrarle, no ignoraban que el camino, además de largo y duro, acompañaba riesgos, porque no era tiempo de paz.

Para el viaje, Sun Yao ordenó preparar dos carros, los cuales serían tirados por cuatro caballos, provisiones suficientes para dos semanas, y doce de los mejores soldados de su casa que junto a media docena de sus sirviente principales había seleccionado para la ocasión.

Partieron antes de que el sol saliera. Tzu-Yu, capitán de la escolta, sugirió a su señor dos altos en el viaje por día, y que los soldados fueran alternándose para vigilar el cmaino, y así decidir cuál tomar para evitar el peligro si era posible. Cosas todas estas que a Sun Yao le parecieron adecuadas, y ordenó cumplir.

Durante los tres primeros días no hubo problema alguno. Sin embargo, el cuarto día, el caballo del soldado escogido para vigilar el camino, volvió sin dueño.

El miedo se paseó entre el séquito de Sun Yao, que a sugerencia de su capitán, mandó a tres de sus guerreros para que averiguaran qué le había ocurrido al primero.

No pasó mucho tiempo antes de que volvieran sólo dos, contando que una emboscada de ladrones había caído sobre ellos en un estrecho desfiladero a poca distancia de donde se encontraban, donde murió uno de ellos, y suponían que también el primer soldado, ya que habían visto su espada empuñada por uno de los ladrones.

El viejo Sun Yao preguntó al capitán qué podían hacer, ya que dar marcha atrás o buscar otro camino suponía una pérdida de varios días, y seguir comprometía sus vidas. Se decidió que lo más adecuado era descansar esa noche allí, y proseguir el camino a primera hora del siguiente día, atravesando el desfiladero lo más rápido que los caballos pudieran dar de sí, y esperando encontrar dormidos a los bandidos.

Sun Yao, que sabía del miedo de sus sirvientes, decidió que estos volvieran a casa y continuar el camino únicamente con la compañía de su escolta. Tzu-Yu no compartía ese pensamiento, ya que esperaba que los sirvientes pudieran ayudar de algún modo en el inevitable enfrentamiento con los ladrones del desfiladero, y así se lo hizo saber a su señor.

Sun Yao le respondió: Ellos no han sido educados en el arte de la guerra, al contrario que tus soldados. Desean servir a su señor, no morir por él. Y yo no deseo acompañar lo poco que me resta de vida con el recuerdo de sus muertes.

Cuando aún no había empezado el día, los sirvientes se despidieron con gran pesar de su señor, pues éste siempre había sido justo con ellos, y no confiaban en volver a verlo con vida.

Sun Yao montó en su caballo, y rodeado por toda su escolta, con el capitán Tzu-Yu en cabeza, dio la orden de avanzar al galope.

Al llegar al desfiladero, una lluvia de flechas se abatió sobre ellos. Varios soldados cayeron, y a pesar de que por medio de la espada lograron abrirse camino entre aquellos ladrones que bajaron a pie para derribarlos de sus monturas, una barricada les cerró el paso al final del desfiladero, obligándoles a retroceder.

Tzu-Yu ordenó bajar de los caballos, y espada en mano esperó a que los ladrones llegaran mientras sus soldados apartaban con premura los troncos y piedras que impedían el paso a los caballos. Tres guerreros más cayeron antes de que el grupo pudiera escapar de tan mortal paso montañoso.

Aquella noche, Sun Yao lamentó profundamente la pérdida de esos hombres y decidió que desde aquel día sólo él continuaría el viaje. Tzu-Yu y los cinco soldados que quedaban se opusieron e insistieron en que su deber era conducir a su señor hasta el reino de Shan, y volver con él si así el destino lo quería.

Pero el señor de la casa de Yao, aprovechando un descuido del soldado de guardia y que el resto de los soldados dormían, se adentró en el bosque sin más compañía que la del cielo sobre su persona.

Cuando el capitán Tzu-Yu se dio cuenta de lo ocurrido envió a sus hombres en varias direcciones con la orden de buscar y proteger a su señor durante el viaje.

Fácil es suprimir las huellas, pero difícil es caminar sin pisar el suelo. Y así, pese a la astucia del viejo Sun Yao, Tzu-Yu encontró el rastro de su señor y fue a su encuentro.
Cuando lo halló, éste descansaba bajo un árbol.

Sun Yao dijo: Habéis venido a mi encuentro, a pesar de lo que ayer sugerí y de lo que he hecho esta noche.

Tzu-Yu contestó: Era mi deber, señor.

Sun Yao continuó: A medida que han pasado los días desde que supe que el Rey Shan había muerto, he ido comprendiendo que éste iba a ser mi último viaje, y con ello, que debía hacerlo solo. Pero usted, mi capitán, se empeña en acompañarme, a pesar de mis órdenes.

El capitán dijo: Mi señor debió conocer la naturaleza de este viaje antes de haberlo emprendido. Ahora, me temo que tendré que acompañarle hasta el final, pues ése es mi deber y también mi obligación.

Sun Yao dijo: Que así sea, entonces.

Dos días después, y a pesar de todos los intentos del capitán por evitar los peligros del camino y de encontrarse a pocas horas del castillo de Shan, tuvieron un inesperado encuentro con soldados enemigos. Cinco guerreros cayeron por mano del capitán antes de que alguno pudiera alcanzar a su señor. Después, Sun Yao y su fiel capitán sucumbieron ante el mayor número de sus adversarios.

EL CUENTO DE LA ABUELA*

Había una vez una mujer que había hecho pan y dijo a su hija:
Ilustración de Arthur Rackham
- Toma este pan caliente y una botella de leche y llévaselos a tu abuelita.
La niña partió y en una encrucijada se encontró con un bzou** que le dijo:

- ¿Para dónde vas?
- Llevo un pan caliente y una botella de leche a mi abuelita.
- ¿Qué camino tomarás? - preguntó el bzou - ¿El de las agujas o el de los alfileres?
- El de las agujas - respondió la niña.
- Bueno, entonces yo tomaré el de los alfileres.

La pequeña niña se distrajo recogiendo agujas. Mientras tanto, el bzou llegó a casa de su abuela, la mató, puso un poco de su carne en la despensa y una botella de su sangre en el estante. La niña llegó y golpeó la puerta.

- Empuja la puerta - dijo el bzou - está cerrada con paja mojada.
- Buenos días, abuelita. Te traigo pan caliente y una botella de leche.
- Ponlos en la despensa, mi niña. Come la carne que está allí y bebe de la botella de vino que hay sobre el estante.

Mientras ella comía, un pequeño gato decía:
-¡Qué puerca! Come la carne y bebe la sangre de su abuela.

- Desvístete, mi niña - dijo el bzou - y ven a la cama junto a mí.

- ¿Dónde debo poner mi delantal?

- Tíralo al fuego, mi niña, no lo necesitarás nunca más.

Y ella siguió preguntando dónde debía poner las demás prendas, el corpiño, el vestido, la falda y las medias, y cada vez el lobo respondió:
- Tíralas al fuego, mi niña, no las necesitarás nunca más.
- ¡ Oh, abuelita, qué peluda eres !
- Es para mantenerme caliente, mi niña.
- ¡ Oh, abuelita, qué uñas tan largas tienes!
- Es para rascarme mejor, mi niña.
- ¡ Oh, abuelita, qué hombros tan grandes tienes!
- Son para cargar mejor la leña para el fuego, mi niña.
- ¡ Oh, abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Son para oír mejor, mi niña.
- ¡ Oh, abuelita, qué nariz tan grande tienes!
- Es para tomar mejor mi tabaco.
- ¡ Oh, abuelita, qué boca tan grande tienes!
- Es para comerte, mi niña.
- ¡ Oh, abuelita, me he puesto mala! Déjame salir.
- Hazlo en la cama, mi niña.
- No, abuelita, quiero ir afuera.
- De acuerdo, pero no tardes mucho.

El bzou le ató una cuerda de lana a su pie y la dejó salir, pero cuando la pequeña estuvo afuera ató el final de la cuerda a un gran árbol de ciruelas que había en el patio. El bzou se impacientó y dijo:
- ¿Estás haciendo mucho? ¿Estás cagando mucho?

Cuando se dio cuenta de que nadie respondía, salió de la cama de un salto y comprobó que la niña había escapado. El bzou la siguió, pero llegó a su casa justo en el momento en que ella había entrado y se había puesto a salvo.

* Relato oral tradicional recogido hacia 1885. Tomado de P.Delaure y M.L. Tenèsze. Le conte populaire français, Erasme, París, 1957.

** Un hombre-lobo.

Extraído de " Caperucita al desnudo" de Catherine Orenstein. Traducción de Luis Noriega.

jueves, 14 de enero de 2010

LA PLAZA

Para construir la plaza, el alcalde de aquella ínclita ciudad no vaciló en adjudicar el proyecto al arquitecto más conocido y con el presupuesto más abultado de entre todas las propuestas presentadas.

El arquitecto, que era un artista, y como tal diseñaba lo que emanaba de su interior según constaba en algún medio impreso, sólo puso tres condiciones, las cuales fueron rápidamente aceptadas por el municipio.

Así, la plaza, tan necesitada por la gente ubicada en sus alrededores, una vez terminada su construcción, carecería de bancos para sentarse, de juegos o columpios para niños, de fuentes, y por supuesto, de papelera alguna que pudiera mancillar la visión de tan ilustre arquitecto.

La plaza, de diseño duro, según reflejaba la prensa en sus noticias, sólo dispondría, en el centro, de un obelisco de diecinueve metros de altura, tres metros más alto que el que otro conocido arquitecto, inglés en esta ocasión, había diseñado para la plaza de otra ciudad.

El arquitecto estaba satisfecho. No sólo su pilar iba a ser más alto que el de su competidor, sino que sabía que al inglés le habían obligado a colocar bancos, farolas y unos horribles juegos infantiles que rompían toda la armonía que había buscado en su creación. Pero a él no le iba a pasar eso. Si Ayn Rand viviera, no le quedaría más remedio que bautizar de nuevo a Howard Roark. El arquitecto se sentía muy contento.

Y según los comentarios que se desprendían de la alcaldía, los ciudadanos también podían estar satisfechos, ya que la plaza contribuiría a dar un impulso no sólo al barrio en el que iba a construirse, sino a toda la ciudad.

Una vez que estuvo terminada, el día de la inaguración todos los medios de comunicación señalaron la brillante genialidad del arquitecto y el buen hacer del municipio. Así, todos se felicitaron mutuamente por la labor realizada y el arquitecto posó sonriente en una foto al lado de su genial obra.

Pero después de que el arquitecto se hubiera olvidado de la plaza, embarcado como se encontraba en la remodelación de un viejo teatro, buscando desesperadamente un lugar en el que colocar un obelisco, en esta ocasión de veinticinco metros de altura, dentro, o en las cercanías del teatro; después de que el Ayuntamiento diera por zanjado el tema de la plaza tras tres años de largas gestiones; después de que se hubiera desmontado la última caseta que ocupaban los albañiles; después de la inauguración y los reportajes; después de todo esto, quedó la plaza.

Una plaza que al no disponer de papeleras, la gente llenaba continuamente de basuras cuando la atravesaba. Una plaza en la que nadie encontraba un lugar para sentarse y por eso estaba la mayor parte de los días vacía, excepto las noches en las que los jóvenes la ocupaban con sus botellas, que quedaban expuestas con algún que otro resto orgánico a la vista de los más madrugadores.

También dejaba de estar vacía cuando algunos vagabundos, siempre jóvenes de espíritu, se juntaban a altas horas de la noche para pasar una alegre velada, de la que dejaban constancia con los restos de sus acampadas nocturnas: cajas, cartones o la necesidades cotidianas que tanto apremian en ocasiones.

Una plaza sin gritos de niños que jugaran en su interior, jubilados que pudieran sentarse para charlar un rato, o sin un mínimo atractivo para los habitantes que vivían en sus cercanías, si exceptuamos a los que pintaron con grafiti cuanto pudieron del obelisco, y cómo no, a los dueños de perros que no veían ningún problema en que sus mascotas pudiesen usar todo el espacio de la plaza para hacer aquello que, suponemos, no les permitían hacer en sus hogares.

En unos pocos años, la plaza se había deteriorado enormemente. El Ayuntamiento comenzó a recibir quejas y protestas de los vecinos de alrededor, que no veían ninguna utilidad al hecho de tener un espacio semejante tan desaprovechado, y no compartían la visión del ilustre arquitecto, o tal vez se habían cansado de ella.

El Ayuntamiento decidió tomar las medidas oportunas, y llamó al arquitecto, quien tuvo que verse obligado a venir del extranjero, donde trabajaba en el diseño de un gran centro comercial con su consabido obelisco, esta vez de treinta metros de altura.

El arquitecto contempló con gran pesar el uso que se había dado a su plaza, y se dejó fotografiar en compañía del alcalde cerca del obelisco y en otros puntos de la plaza, en una imágenes en las que se podían ver las evidentes muestras de dolor sobre sus rostros.

Ambos hombres comprendieron que no se habían hecho bien las cosas, pero que no era tarde para arreglar aquello, y el alcalde pude comunicar con gran satisfacción por su parte que el arquitecto se iba a encargar de todo, por un mínimo coste para el municipio.

A una rápida restauración del obelisco y una limpieza general de la plaza, le siguió, tres semanas después, la construcción de una valla metálica diseñada por el arquitecto con dos puertas custodiadas permanentemente a los extremos.

El número de personas que atravesaba la plaza disminuyó en gran medida, y el de sus habitantes nocturnos cesó por completo.

El arquitecto volvió a ser feliz, y pudo centrarse de nuevo en sus obeliscos.

jueves, 31 de diciembre de 2009

¿SIGO SIENDO YO?

La madre de Lucas empujó el cochecito por la rampa de la escuela. Se detuvo al llegar a la puerta y se inclinó para ver a June, que aún estaba dormida. En el colegio, apenas media docena de padres esperaban a que los niños salieran. Todavía faltaban unos minutos. Rutinarios gestos de cabeza a modo de saludo se fueron sucediendo mientras llegaba el resto de padres y madres para recoger a sus hijos. La madre de Lucas miró las anotaciones sobre la pared que indicaban qué tal había comido el niño.

- ¡Qué raro! Si Lucas siempre come bien. No sé qué le habrá pasado hoy.

- Le habrán puesto algo que no le ha gustado - comentó otra madre.

Después de las habituales conversaciones mantenidas con otros padres y madres de la clase de Lucas, dos minutos más tarde de la hora de salida, una profesora abrió la puerta.
Cuando Lucas salió, se aupó al cochecito para saludar a su hermana.

- ¡Ten cuidado! June está dormida - le avisó su madre.

Lucas se separó del cochecito y acompañado por otros niños de su clase corrió hacia el patio del colegio. Su madre se dio la vuelta para seguirle.

Aunque el patio no era excesivamente grande y le acompañaban los humos del tráfico contiguo a la escuela, solían quedarse allí un rato mientras los niños jugaban al tiempo que tomaban la merienda.

Esa tarde, Lucas no quiso merendar. Su madre y él discutieron.

La cena fue parecida.

- Pero si el arroz sí te gusta. ¿Por qué no quieres cenar? Si no has comido nada en todo el día - le dijo su madre.

Lucas calló por respuesta. Su madre estaba enfadada, pero los lloros de June, que habían sido continuos a lo largo de la tarde, y que el padre de Lucas fuera a llegar más tarde de lo previsto, le hicieron desistir de una discusión que dio por perdida antes de empezar.

Pensó que por aquel día ya había tenido bastante.

- Vale, no te lo comas si no quieres. Pero mañana tienes que comer lo que te pongan en el cole - le dijo, autoconcediéndose una pírrica victoria.

Lucas permaneció en silencio.

- Ahora a dormir - dijo su madre.

La madre llevó a los niños a la habitación. Vistió a Lucas con el pijama y después de ponerle el chupete a June, comenzó a acunarla tarareando una apenas audible melodía.

- A ver lo que duras - le susurró a la niña mientras le acariciaba la nariz.

Lucas pidió un cuento. Y a pesar de los posibles pucheros de June, y tras una rapidísima deliberación en la que se determinó si de boca o de libro, ganando la primera opción, su madre cumplió con el cuento. Antes de terminarlo, ya había conseguido que June se durmiera. Dio un beso a Lucas y abrió la puerta para salir, pero la voz del niño la reclamó de nuevo.

- ¿Qué quieres, cariño? - preguntó en voz baja, para no despertar a June.

- Cuando sea mayor, ya no seré yo. ¿No? - dijo Lucas.

Su madre se quedó extrañada. No tenía ganas de que June se despertara, y encontraba inadecuado el horario para semejantes cuestiones, más aún cuando Lucas había tenido todo el día para preguntarle aquello.

- Pero si falta mucho para que seas mayor. Ahora sólo tienes tres años. No te preocupes por eso - dijo, zanjando el tema por su parte.

- Sí. Pero cuando sea mayor, ya no seré yo. ¿Verdad? - insistió Lucas, con un deje de preocupación en su voz.

- No. No. Sí que serás tú. No sé por qué dices eso - respondió su madre, esta vez con un tono más tranquilizador, percatándose de que había un problema por resolver.

- Porque ya no tendré este cuerpo, y mi cara será de mayor.

- Claro, cariño. Pero eso nos pasa a todos.

- Ya. Pero yo no quiero ser mayor. Yo quiero ser yo. No quiero hacerme mayor.

- Vale, vale. no te preocupes. No te vas a hacer mayor. Ahora, duérmete, ¿vale? No te preocupes por eso - le dijo.

Después se sentó en el borde de la cama para acariciarle, y no salió del cuarto hasta que el niño se quedó dormido.

Cuando el despertador sonó, la madre de Lucas fue hacia la cuna, y tras comprobar que June aún dormía, decolgó la bata tras la puerta y entró en la cocina. Sacó la caja de galletas, el tetra-brick de leche, y a continuación fue a despertar a Lucas.

Se sentó junto a su cama y le zarandeó suavemente como hacía todas las mañanas escolares.

- Alo cooooole. Al cooooole.

- ¿Ya soy más mayor? - preguntó el niño.

La madre de Lucas le miró sin saber qué contestar. Medio dormida y algo extrañada, había pensado que aquella idea se le habría pasado por la noche, y le pillaba casi de nuevas en ese momento.

- No, no. Eres igual - comentó sin darle importancia al asunto.

- Si me hago más mayor, ya no voy a ser yo. No quiero hacerme mayor - dijo Lucas.

- Y no te vas a hacer mayor - le dijo su madre mientras le quitaba el pantalón del pijama.

- Ya lo sé. No voy a comer. Si no como, no me haré mayor.

- ¿Qué?

Y su madre acabó de despertarse del todo.

- No, no cariño. Tienes que comer. Si no comes, todos tus amigos van a ser más grandes que tú.

- Me da igual. Yo no quiero ser mayor.

- Mira, Lucas. Tienes que comer. No te vas a hacer mayor si comes. Pero si no comes te vas a poner enfermo.

- Pero si no como, no me haré mayor.

- ¡Lucas! Tienes que comer. Todos tus amigos comen - añadió su madre en un tono más serio - Y falta mucho, mucho, pero que mucho para que te hagas mayor. Si no comes en el cole, me enfadaré. Así que ya lo sabes.

Cuando aquella tarde, la madre de Lucas comprobó qué tal había comido su hijo, esta vez se preocupó al ver que se repetían los informes del día anterior.

Las cosas siguieron de igual manera, si no peor, los dos días siguientes. Lucas, no sólo estaba inapetente, su carácter había cambiado. Uno de sus amigos y compañero de clase lo veía tan triste y raro que preguntó con preocupación a sus padres si sabían qué era lo que le pasaba a su amigo Lucas.

Las conversaciones de sus padres para hacer cambiar de idea a Lucas se repetían continuamente, pero sin resultado alguno. Lucas seguía empeñado en no querer hacerse mayor, en no dejar de ser él. Aquella crisis de identidad duró una larga semana, y a un fin de semana con problemas a la hora de las comidas, le siguió un lunes comprobando los informes en la hoja del comedor.

Cuando uno de los padres la saludó, la madre de Lucas, tras ver que el niño había vuelto a comer mal, le contó lo que ocurría con evidente disgusto.

- Como Peter Pan - le comentó aquel padre tras escucharla.

- Sí. A mí me recordaba a El tambor de hojalata, pero mejor lo de Peter Pan - dijo la madre de Lucas.

- No he leído la de El tambor, ni tampoco he visto la película.

La madre de Lucas no prestó mucha atención al comentario. En su cabeza no pensaba más que en cómo solventar el problema de Lucas. El asunto estaba extralimitándose. No era normal en un niño de esa edad, pensaba. Y si lo era, lo que no era normal es que le ocurriera a alguien como Lucas, que en todos los demás aspectos era un niño normal. ¿O no lo era?

Aquella noche, después de que su madre le contara un cuento, le dio a Lucas un paquete envuelto en papel de regalo.

- Es una muñeca - dijo Lucas, bastante decepcionado tras abrir el paquete.

- Sí. Pero es una muñeca diferente. Es una matrioska.

- ¿ Y eso qué es?

- Mira - dijo su madre - .

Y comenzó a abrir la muñeca sucesivamente, hasta tener cinco de menor tamaño, pero idénticas en aspecto.

- Es la misma muñeca, que aunque ha crecido, sigue siendo igual. Más grande, pero igual. Y además, dentro de ella tiene a la muñeca de cuando era pequeña. ¿Lo ves?

Lucas asintió con la cabeza.

- Y eso es los que nos pasa a todos. Nos hacemos más grandes, pero siempre somos los mismos. Por dentro somos iguales que cuando éramos niños.

- Ya lo entiendo.

- Entonces, ¿ vas a comer lo que te dan en el cole, o lo que te hagamos en casa?

- Sí.

- La madre abrazó al niño.

- Y ahora, a dormir.

Después de dormir a su hijo, y más tranquila viendo que el problema había terminado, la madre de Lucas fue al cuarto de baño, echó un poco de pasta de dientes sobre el cepillo y comenzó a frotarse con fuerza. Cuando acabó de enjuagarse la boca, repitió el mecánico gesto adquirido desde hacía muchos años de mirarse en el espejo un segundo antes de apagar la luz.

Y entonces se encontró mayor que otras veces, y no pudo reconocer a la niña que había sido y que sabía que ya no era. Tampoco pudo reconocer a la joven que había sido antes de ser madre, y que sabía que ya no era. Ni a la compañera de su pareja, ni a la madre de Lucas y June que aún era... porque sabía que ya no era ella.

domingo, 27 de diciembre de 2009

NOMBRES Y MOMENTOS. El cuento de la semana.

Desde que conozco a Jorge, hace ya más de veinte años, siempre me ha parecido un imbécil. Cuando muy a pesar mío nos encontramos en algún lugar y me presenta ante algún desconocido que le acompaña suele decir que somos amigos desde niños. ¡Qué equivocado anda el chico con esa idea! En lo de la amistad, aunque en lo de la infancia tiene razón.

No sólo fuimos al mismo colegio y la misma clase, sino que para mi desgracia, éramos vecinos. Puerta con puerta. Nuestras madres decidieron que Jorge y yo teníamos que terminar siendo grandes amigos por tal hecho, y por eso siempre andaban intercambiándonos de una casa a otra. Recuerdo que mientras jugábamos en cualquiera de las casas, Jorge evitaba pegarme, supongo que por temor a que le vieran nuestras madres. Lo malo llegaba cuando nos hacían bajar a la calle para jugar. Ya empezaba a darme dentro del ascensor.

Ni siquiera sé por qué me escogió como su sparring o saco de boxeo personal, pero tuve que soportar durante mucho tiempo tanto sus golpes como sus bromas de brocha gorda sobre mi persona.

La única vez que pude devolverle una fue durante una clase de inglés. La profesora nos explicaba el significado de la palabra bully, y yo solté un sonoro "como Jorge" que retumbó en toda la clase provocando la hilaridad general. Nadie me salvó de las collejas, las patadas, los insultos y los empujones intimidatorios que vinieron después, pero aquella tarde por lo menos supe el motivo por el que me estaban zurrando.

Ha pasado mucho tiempo, pero de vez en cuando recuerdo la serie de pequeñas humillaciones tanto físicas como mentales a las que me ha sometido Jorgito.

El martirio terminó en la escuela, ya que por suerte fuimos a diferentes institutos. A partir de entonces nos veíamos al coger el ascensor por las mañanas y poco más. Él dejó de venir por mi casa, y yo de ir por la suya. Luego, su padre murió. Los míos me llevaron al funeral. Su madre vendió la casa, y desde entonces la cosa fue mejor. Si nos encontrábamos en algún bar durante nuestra común adolescencia, cosa que solía ocurrir más de lo habitual (y es que nuestros hábitos juveniles eran similares) Jorge evitaba hablar del pasado y comenzaba a enumerar sus proyectos futuros, permitiéndome muy de vez en cuando hablar de los míos.

Aunque ya no me golpeaba, aún seguía burlándose de mí frente a sus nuevas amistades, si bien es cierto que más moderamente.

Cuando empecé a estudiar la carrera perdimos completamente el contacto, con muy poco pesar por mi parte. Pero fue mi madre, por mediación de la suya, la que me mantenía al corriente de los progresos y avatares de Jorge, ya daba igual que yo no mostrara interés alguno por ellos, puedo asegurarlo. Así fue como me enteré de que había hecho arquitectura, de lo bien que le iban las cosas tras terminar los estudios, de su boda, de su separación... Todo siempre por mediación de mi madre, a quien la suya le transmitía toda la información, ya que ellas sí acabaron por ser muy buenas amigas con la excusa de los hijos, y se veían a menudo. Por eso sé que a mi madre le dolió cuando Jorge quedó huérfano del todo. Pero a aquel funeral ya no asistí, ni llamé a Jorge para darle el pésame, a pesar de la insistencia de mi madre. Ella sí que fue, y supongo que me disculparía de algún modo ante él.

Así que cuando este martes sonó el teléfono y Jorge me preguntó, casi suplicó podría decir, que fuera a verle a su casa, pueden hacerse una idea de los extraño que resultó todo aquello para mí.

Pero tres horas más me encontraba junto al portal indicado. Pulsé el botón del videoportero y me encontré con una voz que creía olvidada.

- ¿Sí?

- Soy yo - dije.

Despues de coger el ascensor, cuando salí al rellano de la escalera, Jorge me esperaba en la puerta con la mejor de las sonrisas.

- ¡Cuánto tiempo! ¡Pero si estás igual! - mintió. Y su mentira parecía provenir más de unas ganas de agradarme que de una frase de cortesía mal entendida.

- Sí, claro. Con menos pelo y más barriga - le respondí.

- Como todos - mintió de nuevo, porque él no había cambiado mucho desde la última vez que le vi.

Aunque sí en otros aspectos. A pesar de que teníamos orígenes comunes y ambos partíamos de familias con rentas similares, la casa en la que Jorge vivía pertenecía a una zona residencial muy por encima de mis posibilidades. Y al contrario que en su anterior vivienda, donde su madre, al igual que la mía, sólo tenía una enciclopedia y una selección de algunos premios Nobel o Planeta comprados a plazos, Jorge mostraba ahora en su salón una amplia biblioteca cuyo contenido sería incapaz de leer en toda una vida. Sí, Jorge era el perfecto ejemplo de cómo en esta sociedad cualquier energúmeno puede llegar a tener éxito y convertirse en un triunfador.

- ¿Quieres tomar algo? - preguntó.

- No, gracias - me apresuré a responder, sin que él tuviera que entender que no me apetecía prolongar mi estancia en su casa lo más mínimo.

- Está bien. Pero siéntate, siéntate... ¿Qué tal te va?

- Bueno, voy tirando - respondí, sentándome en un enorme sofá de color rojo, que dejaba muy a las claras que Jorge tenía dinero pero no buen gusto.

- Ya sé. Das clases en una academia. ¿No?

- Sí. Eso es.

- Me lo dijo tu madre. Desde que la mía murió ya nadie me cuenta nada de ti. Por lo visto, se pasaban el parte sobre nosotros. Oye, la tuya está fenomenal.

- Bueno, para la edad que tiene, yo diría que está bien.

- Nadie diría que tiene sesenta y ocho años. Fui a ver a tus padres un par de veces y estuvimos hablando de los viejos tiempos.

Aquello era el colmo. ¿Quién le había dado permiso a aquel patán ignorante para visitar a mis padres?

- ¿Fuiste a ver a mis padres? - pregunté con fingida naturalidad.

- Bueno, en realidad fui a ver la antigua casa en la que vivíamos, ya sabes... Los nuevos propietarios me dejaron entrar sin problemas. Y después, estando allí, me pareció que lo mínimo era saludar a tus padres.

- Ya, bueno. No suelo ir mucho por ahí.

- Sí. Ya me dijo tu madre que quedáis en casa de tu hermano los fines de semana.

Aquello empezaba a parecerme un interrogatorio de la Gestapo, lo cual no era nada raro, tratándose de alguien comno Jorge. Pensé qué narices hacía yo allí aguantando al pesadillas de mi infancia.

- Bueno, ¿puedo saber por qué me has llamado? No es que tenga mucho tiempo - dije, acompañando la frase de una mirada al reloj de mi muñeca, que estaba parado desde hace días.

Jorge sonrió.

- Ya sé. Nunca tienes tiempo. Las pocas veces que nos hemos encontrado estos años siempre ibas a algún sitio, o habías quedado... Nunca tenías tiempo para tomar algo y charlar de los viejos tiempos.

- Sí, bueno. Es que ya no nos dejan ni...

No me dejó terminar.

- Es que siempre era mejor cualquier cosa a tener que aguantarme. ¿No?

Aquello me sorprendió, pero recobré la compostura en dos segundos.

- No sé por qué dices eso - dije, mintiendo yo en esta ocasión.

- Sí. Lo sabes muy bien. Por todos los malos ratos que te hice pasar cuando éramos críos.

- Venga, Jorge. Aquello ya está olvidado.

- ¿De verdad?

- Sí, claro. Ha pasado la hostia de tiempo, y como tú dices, éramos unos críos.

- Ya, pero me comporté muy mal contigo. Fui un capullo.

Le miré a los ojos. En aquello no se equivocaba. Era un estúpido integral. Pero parecía que las cosas habían cambiado. Parecía que ahora era sólo un estúpido.

- Un auténtico capullo - me atreví a recalcar.

- Por eso te he llamado.

- ¿Por eso?

- No voy a andar con rodeos - se detuvo un momento - tengo leucemia, y no me queda mucho. ¿Lo entiendes ahora?

No supe qué decir. Recordé la infinita variedad de ocaciones en las que había imaginado la muerte de Jorge, cada cuál más cruenta y sádica y me sorprendí al encontrarme allí, hablando de su enfermedad terminal como si nada anormal ocurriera, como si sólo recordáramos unos viejos buenos tiempos que nunca compartimos.

- Lo siento - me apresuré a decir.

- Sí. Tranquilo.

- ¿Y no hay nada que puedas hacer?

- A estas alturas no voy a ponerme a buscar el santo grial. Es mejor aceptar la vida como viene - dijo, y en su rostro asomó una forzada sonrisa.

- La vida - repetí en un murmullo.

- Sí. Ahora sé lo que es. Nombres y momentos. La vida no es más que eso. El recuerdo de aquellos que hemos conocido, y de las cosas que nos han ocurrido y tuvieron su importancia para nosotros, por grande o nimia que fuera. No hay más - comentó Jorge mientras se sentaba en el sofá - . Yo, por supuesto, no he hecho más que recordar cada uno de esos momentos. Ahora los atesoro. Te diría que es diferente desde que supe lo que tengo. Estas cosas te dan una perspectiva como distinta... ¿entiendes? . Por eso te he llamado, porque desde hace años siemrpe me sentí mal por lo que te hice, y lo cierto es que cuando te acuerdes de mí, no me gustaría que te lllevaras un mal recuerdo. Y sé que no he sido muy... En fin.. te quería pedir... disculpas... perdón, en realidad. Por eso te he invitado hoy.

- Oye, si te sirve de algo, aquello pasó hace mucho, ya está olvidado. Hombre, de crío reconozco que te cogí manía.

- ¿Sólo manía?

- Pero eso es el pasado, ya no importa. Lo que te puedo decir es que siento de veras lo que te ocurre.

- Gracias. ¿Quieres tomar algo ahora?

- No - me levanté. Tengo prisa, de verdad.

Se echó a reír.

- Claro, claro.

Le acompañé en su risa.

- Ya quedaremos un día de estos - dije.

- Cuando quieras - añadió, y extendió su mano.

Después de estrechársela, salimos al rellano de la escalera. Él me acompañó. Ninguno de los dos dijo nada, y recordé la cantidad de veces que habíamos esperado al ascensor sin decir nada en otros tiempos. Pensé en decir algo, pero las palabras no me salieron. Cuando llegó el ascensor entré dentro lo más rápido que pude. Esta vez, él no bajaba conmigo. Agité la mano a modo de despedida, y observé por la rendija cómo él movió una mano por entre sus brazos cruzados.

Mientras se cerraban las puertas del ascensor, pensé en Jorge, en Jorge y en todos aquellos momentos tan desagradables que acompañaban a su persona. En su chulería, en su bravuconería, en las veces que me hizo llorar... y cuando el ascensor llegó a la planta baja solté un sonoro "¡JÓDETE!"

miércoles, 23 de diciembre de 2009

EL ARTE ES UNA CUESTIÓN DE FE.

¡Esto no es jazz!

No sé ni lo que es arte, así que mucho menos sabré distinguir el buen arte del malo, si es que es posible que exista este último, o de aquello que se pretende pasar por arte.

Según Scott McCloud en su ensayo Entender el cómic, prácticamente cualquier cosa que no sea comer, dormir o reproducirse es arte. Y digo yo que el tema de la reproducción requiere en ocasiones más arte que el que pueda encontarse en cualquier disciplina, pero en fin...

Para otros, el arte es algo que puede estar relacionado con cosas tan diversas y distintas al final como la emoción, la técnica, el estilo, la moda, o la legitimidad que otorga el que se exhiba o cuelgue en un museo.

El pasado lunes 7 de diciembre, en plena actuación de Larry Ochs Sax & Drumming Core, programada dentro de la V Edición del Festival de Jazz de Sigüenza aparecieron dos guardias civiles ante la denuncia presentada por uno de los asistentes que afirmaba que aquello no era jazz, sino música clásica contemporánea, la cual le estaba prohibida por prescripción facultativa.
Lo más curioso de esta divertida anécdota es que uno de los guardias civiles confirmó que aquello, efectivamente, no era jazz.

Pero desafío a que cualquiera de vosotros que piense que todo aquello que no consideráis digno de ser llamado arte trate de hacer la misma jugada. No lo vaís a tener tan fácil, os lo aseguro.

¡ESTO NO ES UN CUENTO!

Sigo con bastante interés a David Apatoff. Su blog es bastante ameno y sirve para descubrir ilustradores y anécdotas sobre sus vidas. Pero Apatoff es uno de esos chicos del dibujo a los que hace mención Pepo en su blog.

Apatoff, de vez en cuando tiene la "necesidad" de colgar muestras de arte contemporáneo para compararlas con las que él considera verdadero arte y concluir con el consabido: "Esto no es arte". Claro que él no puede contar con la ayuda de la Benemérita en Estados Unidos para ir a los museos.

Por supuesto, cada vez que cuelga uno de estos posts, le aparecen un montón de comentarios, tanto de partidarios como de detractores.

Algunos de su partidarios aluden a veces en los comentarios al hecho de que el arte contemporáneo se asemeja cada vez más al cuento del traje nuevo del emperador de Andersen.

Pero, ¿está el emperador totalmente desnudo en este caso? No lo creo. No lo creo en absoluto.

¡ESTO NO ES UNA CUESTIÓN DE GUSTOS!

El arte no está desnudo. Tal vez tiene hasta demasiada ropa.
Un armario ropero más grande que el que usaba Imelda Marcos.
Y una enorme variedad para escoger qué ponerse. Y en la variedad está el gusto. Y el gusto es subjetivo, a pesar de que digan que pueda educarse.

Así que cuando el arte sale un día con unos harapos, unas ropas llamativas o tal vez
no muy bien conjuntado, no es de extrañar que encuentre detractores.

Y si esto se reduce a un asunto de trapos, ya sabéis que hay prendas que aunque tengan el mismo corte y estén fabricadas con el mismo material, son más valoradas socialmente o cotizan más según la firma o el logotipo que esté adherido a ellas.


Donde si encuentro cierta relación con el cuento de Andersen es en el asunto de los sastres. Estos cobran muchísimo por un "traje" que en realidad les cuesta fabricar más bien poco.
Ahora bien, como decían en el enlace que os colgué a una noticia de El País, entonces no estaríamos hablando de arte, porque "No importa que un respetabilísimo crítico de arte como Robert Hughes califique la obra de Hirst de "mercancía absurda y hortera" o que afirme que Koons "probablemente no sería capaz de escribir bien sus iniciales en un árbol". Al fin y al cabo, como le indicó a Thompson Brett Gorvy, director del departamento de arte contemporáneo de Christie's, "esto es un negocio, no historia del arte".

Y os aclaro (por si no vais al enlace) que Thompson es un economista que acaba de publicar El tiburón de 12 millones de dólares, libro en el que, citando una vez más la noticia se pregunta: "¿Cómo un tiburón disecado, suspendido en un tanque de formol, puede llegar a valer 12 millones de dólares [8 millones de euros]? ¿Qué mecanismos rigen la oferta y la demanda en el mercado del arte?"

Pero esto es otro tema, bastante más importante y preocupante que el que aquí se trata, en mi opinión. Para otro post.

De todas formas, no hay que dejar de reconocer el "ingenio" de los sastres en el cuento de Andersen. Desgraciadamente, el arte (o la artimaña) está en la idea, no en el acabado de la pieza, que es tal vez lo que ocurre con muchas piezas de arte contemporáneas.

Un amigo me comentó ayer que el arte conceptual no ofrece ya ideas, sino que a veces se limita a dar "ocurrencias", que son llevadas a "escena" con mayor o menor habilidad por parte del artista.

Y si al contrario que en el cuento sólo un niño se atrevía a denunciar lo que ocurría, hoy en día la sensación de engaño ha hecho acto de presencia en el arte de un modo que antes no podía imaginarse.

Es cierto que el arte ha sido cuestionado como arte en muchas ocasiones a lo largo de la Historia. Y también que muchas veces su función original o para la que había sido concebido no tenía nada que ver con lo que hoy consideramos arte.

También es cierto que muchos artistas, movimientos, obras y demás fueron cuestionados cuando hicieron su aparición para pasar a ser respetados como arte, y del "bueno", con los años. Tal vez porque como se decía en Chinatown, "los políticos, los edificios y las putas se hacen respetables si duran lo suficiente".

Pero en el s.XXI, el "todo es arte" que decía McCloud, es un coladero por el que pueden entrar tanto artistas como artesanos, farsantes, picapleitos, timadores, estafadores, sastres, críticos, especuladores, y todos lo que en la medida de sus posibilidades se mueven alrededor del Arte.

¡ESTO ES UNA CUESTIÓN DE FE!

Por eso, más allá de gustos, modas, precios y demás historias, lo único que nos queda para considerar algo como arte es la fe.

Y poco importa la "visión" a la que hacía mención Barry Windsor-Smith o la vocación a la que se refería la película Algo en que creer. El artista no tiene por qué tener fe alguna, no tiene tampoco que sufrir para realizar su arte, llevar una vida maldita o adoptar una eterna pose de rebelde (aunque esas cosas ayudan, no lo niego)... la fe sólo la tenemos que poner nosotros. Si algo nos convence como arte, ya da igual lo que sea, si creemos en ello como Wendy lo hace en las hadas, no hay nada más que hablar del asunto.

Apéndice: El arte de la crítica y los críticos de arte.

Por último y dando por concluido el tema del arte, no quisiera terminar sin hacer referencia a la figura del crítico de arte.

Con la aparición de un arte que perdía su principal rasgo distintivo para el público (la técnica, el oficio, la representación de la realidad), se hizo necesaria la creación de una figura que explicara y legitimara ese arte: el crítico.

Ahora bien, desde mediados del siglo pasado se han asociado de tal manera las figuras del artista y el crítico, que en ocasiones se confunde dónde empiezan y terminan las labores y los cometidos de unos y otros. Os recomiendo el divertido libro de Tom Wolfe, La palabra pintada si queréis saber algo más sobre este tema.

De todas formas, y al igual que el amigo Hardy, para mí, una apreciación crítica o un comentario sobre una obra de arte siempre será un trabajo de segunda categoría, por muy bueno, ingenioso o elaborado que sea. Pero habrá gente que considere que también eso es arte. No me voy a molestar en discutirlo. Es más, cuando a veces tengo la sensación de que "consumo" más reseñas sobre cine, música o cómics, que las propias obras originales en sí, e incluso a veces disfruto más con ellas, tendré que replantearme lo que acabo de decir.

AÑADIDO: Apatoff no separa sus posts, así que no puedo enlazaros a sus "críticas" contra lo que él no considera arte. Tenéis la última Art to kill with snakes en diciembre de este año. Otras entradas interesantes sobre el tema Gary Panter: Cher in Johnny Rotten's clothing? en julio del 2008 o A holiday quest for mitigation en diciembre del 2007.

Lo cierto es que Apatoff se pasa todo su blog haciendo comparativas entre artistas, dibujantes e ilustradores y colocando a cada uno en "su sitio" según su particular criterio. Sus entradas sobre Ware o Spiegelman son interesantes también por este motivo. Más allá de que coincidáis con su criterio (yo no lo hago) su blog está lleno de fantásticas imágenes sobre los más diversos temas y es más que recomendable.

Por otra parte, Pepo en el extinto Con c de arte tiene unos interesantes posts sobre el tema que con mayor o menor fortuna he tratado de exponer. Los podéis leer aquí, aquí y aquí.

domingo, 20 de diciembre de 2009

EL RATÓN ESPERABA TRAS LA PUERTA

- En un momento estará con usted, señor Iwerks. Si no le importa esperar unos minutos....- dijo la secretaria.

No le importaba. Se sentó en una de las sillas de la sala, sacó un pequeño cuadernillo y comenzó a hacer garabatos para entretenerse.

Aunque no había perdido su habilidad para el dibujo, sabía que no estaba al mismo nivel que los animadores del estudio, que ya no era como los viejos tiempos en los que él era el maestro. Esto no le preocupaba, ese campo de la animación había dejado de interesarle.

A pesar de lo mal que pudiera estar en su situación económica, había decidido no volver a dibujar. No tenía intención alguna de volver a empezar como animador, y aprender las nuevas técnicas del oficio. Eso sería una pequeña humillación, y esperaba que Walt así lo entendiera.

Ub pensaba que podía trabajar en el campo de la fotografía. Además de su habilidad para el dibujo, siempre había tenido una extraña facilidad para todo aquello relacionado con la imagen y la técnica cinematográfica, cosa que Walt sabía perfectamente, por lo cual, alguien como él podía hacer mucho en el departamento de efectos especiales, y pensaba que su proposición no debaja de ser beneficiosa para la empresa.

Así era como tenía que hacérselo ver, y con esa idea en mente se había atrevido a llamarle por fin. Antes de hacerlo, Ub pasó muchos días indeciso, con miedo al rechazo o a una negativa por parte de su antiguo amigo, a que pudiera colgarle sin oír su propuesta. Pero Walt había respondido cordialmente y aquella llamada le había llevado hasta alli, donde garateaba el rostro de Flip en una hoja de su cuaderno.

Hacía ocho años que se había ido, y deseaba olvidar las frustraciones sufridas y empezar de nuevo. Ub sabía que para Walt había sido una traición que le dejara para crear su propia compañía. Era cierto que tenía un buen porcentaje en las acciones de Disney, y que Walt le pidió que no se fuera. Pero ¡qué demonios! Tenía que intentarlo. Fue una lástima que no funcionara, que ni la rana Flip, ni Willie Whoper hubieran tenido el éxito esperado, y que se viera obligado a cerrar los estudios Ub Iwerks siete años después, con más deudas que beneficios.

Mientras no dejaba de pensar en todo esto, Ub sabía en el fondo de su corazón que nada de lo que dijera contaría mucho en ese momento para Walt. Ni su habilidad técnica, ni lo que pudiera hacer en la empresa. Serían los años pasados junto a él los que decidirían finalmente la cuestión.

Y no era sobre esos últimos ocho años sobre los que tenía que hablar con Walt. Hacía más de veinte años que se conocían, y casi esos mismos veinte desde que se unió a Walt y a su hermano Roy en la búsqueda de un sueño común. Después de todo, tenían infinitos recuerdos y vivencias más alegres en las que poder detenerse.

Ahora esperaba que Walt recordara esos buenos momentos.

Como cuando Ub le acogió en su casa en los tiempos en los que estaba sin blanca, o cuando Charles Mintz les robó al conejo Oswald y a gran parte del equipo en 1924, y él siguió con ellos. Que recordara cuando Ub creó por completo a aquel ratón, desde sus orejas hasta los zapatos, dibujando practicamente él solo todo su primer cortometraje. Que recordara las risas que compartieron mientras ideaban los gags para las primeras historias del ratón, de aquel maldito ratón al que Ub había dado vida y que nunca le había reconocido como padre.

Porque Walt terminó siendo el padre y la madre. Walt, que después de lo que había ocurrido con el conejo Oswald aprendió muy bien la lección y se hizo dueño del ratón, dueño legal, dueño en cuerpo y alma. Y Ub sabía que Mickey pertenecía a Walt, que tenía su misma voz.

La frustración subió a su garganta, y Ub arrancó el papel del cuadernillo, lo arrugó, y se lo metió en el bolsillo. Pensó en salir, en marcharse y olvidarse de todo lo que rodeaba a aquel lugar, pero no lo hizo. No podía hacerlo. Pasó una hoja de su cuadernillo y comenzó a dibujar de nuevo. Entonces, la secretaria se levantó.

- Puede usted pasar, señor Iwerks. El señor Disney le espera- dijo.

Ub guardó el cuadernillo y el lápiz y se levantó. El ratón esperaba tras la puerta.

sábado, 19 de diciembre de 2009

LOS FORDART

A lo largo de la historia han sido muchos los mecenas gracias a los cuales diferentes artistas han podido mostrar su obra al mundo. Es frecuente que en ocasiones ese mecenazgo conllevara el deseo escondido (a veces descubierto sin pudor alguno) de un reconocimiento a dicha labor, así como el anhelo de una asociación permanente del benefactor con su artista. Hecho éste que finalmente se ha traducido en los numerosos museos y fundaciones más conocidos por los nombres de sus mecenas que por las obras que puedan contener en su interior.

Sin embargo, justo es reconocer la importancia del mecenazgo en todas las facetas del arte, y no dudar en ningún momento del filántropo afán que embargaba a estas personas, carentes tal vez de la habilidad para realizar ese arte que tanto veneraban, pero lo suficientemente prósperas monetariamente o influyentes socialmente para impulsar el desarrollo del arte o el artista en cuestión.

Pero hay un mecenazgo al que todavía no se ha hecho justicia, y que podemos considerar tal vez como el más desinteresado, didáctico y altruista de todos los habidos alguna vez. Porque cuando la labor de un mecenas es anónima, entregada, y su única pretensión es la de propagar el arte de sus protegidos entre quienes más lo necesitan, nos hallamos ante un verdadero príncipe del mecenazgo en el pleno sentido de la palabra.

Y esto es tanto más paradójico si tenemos en cuenta el caso de la familia Fordart, a los que podemos considerar como una dinastía de mecenas digna de los grandes artistas que patrocinaron.

Los Fordart no cuentan con ningún museo, fundación o siquiera una pequeña sala que les recuerde. Pero como bien señala el reciente libro de John Fordart sobre las vidas de su abuelo y su padre, es probable que esto no les importara mucho a ninguno de ellos.

Podemos especular con la posibilidad de que tal vez les hubiera gustado el reconocimiento a su labor por parte de esos artistas a los que ayudaron, pero ni tenemos constancia alguna de ello según los datos del libro, ni tal cosa era posible debido a la peculiar forma de mecenazgo de los Fordart.

Aún así, la trayectoria vital de los Fordart no deja de ser el mejor tributo a esos artistas para los que buscaron nuevos públicos.

George Fordart nació en 1912 en un pequeño pueblo de Carolina del Norte. Su padre, Sean Fordart, emigrante oriundo de Irlanda, y sin formación cultural alguna, casó en 1910 con Elizabeth Neil, maestra de escuela, quien le dio una larga fila de descendientes, siendo George el segundo de ocho hermanos. Cuando tenía apenas tres años, sus padres se trasladan a Nueva York, y el pequeño George pasa su infancia en Lower East Side.

Gracias a los esfuerzos de su madre, y en contra de la opinión de su padre, que consideraba que el muchacho debía trabajar cuanto antes, George accede a una educación. Pero desgraciadamente, antes de que pueda finalizar sus estudios universitarios sobre Historia del Arte, el temprano fallecimiento de su padre le obliga a buscar un trabajo que le permita mantener no sólo a su madre, sino al resto de su numerosa familia, que contribuía como podía, aunque de mala manera, a la economía doméstica, y consideraba que George debía hacer los mismo.

Después de abandonar sus estudios y trabajar sucesivamente como fontanero, dependiente de una zapatería y vendedor de aspiradoras, George, con gran pesar, decide ingresar en 1936 en la recientemente creada Oficina Federal de Investigación, el FBI.

Al principio, la mayoría de las ocupaciones que le asignan son de carácter burocrático. George se encarga de ordenar y archivar los informes que llegan sobre delitos relacionados con inmigrantes. Así pasan dos largos y tediosos años hasta que George tiene la feliz idea que cambiará su vida, y decide orientar su trabajo hacia aquello que realmente le interesa y para lo que se había preparado: el estudio del arte contemporáneo.

De este modo, George Fordart, más allá de sus obligaciones y de su horario de oficina, redacta multitud de informes en los que alerta sobre el necesario seguimiento de varios artistas a los que considera sumamente sospechosos de ser agentes de Moscú, o compañeros de ruta del comunismo.

George, que ya conocía muy bien las tendencias ideológicas del director del FBI, Edgar J.Hoover, y el odio que éste sentía por Charles Chaplin, encabezó su lista con el cineasta británico, seguido de otros directores, escritores e incluso pintores por los que sentía una secreta admiración personal.

Después de que sus informes fueran estudiados por el mismísimo Hoover, George es rápidamente ascendido y trasladado en calidad de superior a un departamento encargado de vigilar la vida de todos aquellos artistas a los que él había hecho referencia en sus informes.

Tras comprobar la escasa o nula formación cultural de los agentes de su recién creado departamento, George Fordart entiende que su misión consiste en educar y enseñar a estos hombres, sin que ellos puedan darse cuenta. Así, decide introducirles en las ideas y el arte de todos aquellos artistas que figuran como sospechosos.

Con el lema de que para derrotar al enemigo hay que estudiarlo a fondo, George programa trimestralmente un curso completo de estudios sobre las obras de dichos artistas.

Las películas de Chaplin son proyectadas una y otra vez en las oficinas del FBI, para regocijo de George, y son analizadas en todas sus vertientes. Pero para despejar dudas y comentarios, después de que George alabe la habilidad del artista y el genio cinematográfico de Chaplin, termina siempre sus charlas recomendando no dejarse engañar por su humor o su habilidad narrativa, y manda buscar una y otra vez a sus agentes todas aquellas contraseñas o mensajes claves de ideología bolchevique que pudieran encontrar en las películas. Huelga decir que ningún agente pudo encontrar nada, pero que se comenzaron a recibir peticiones para estudiar a otros cineastas como Ford, Hawks, Capra o King Vidor.

En 1939, sabiendo que Charles Chaplin se encontraba rodando un largometraje sobre Hitler, y deseoso de poder observar en acción a su artista más admirado, George idea un plan aprobado por Hoover que le permite infiltrarse como tramoyista en el rodaje con el pretexto de buscar cualquier prueba criminal contra el director. Fordart permaneció en los estudios hasta que se terminó de rodar la última escena y considera esa experiencia una de las más gratificantes de su vida al permitirle observar a su cineasta favorito en el proceso de creación de su obra.

Por ese motivo, George Fordart lamentaría que el FBI, aunque indirectamente, fuera responsable del autoexilio del genial artista de tierras norteamericanas.

Ya con su situación económica resuelta, George contrae matrimonio con Mary Allgood, y en 1941 nace el primer y único hijo de la pareja: Charles Fordart.

Los años cuarenta pasan para George ocupándose en analizar los textos de novelistas como Hammett, Chandler, Dos Passos, o dramaturgos como Williams, Brecht o Arthur Miller.

Desgraciadamente, en los años cincuenta, George deberá trabajar en el conocido proceso de "la caza de brujas" iniciada por el senador McCarthy. A pesar de sus intentos por ayudar a todo artista en cuanto tenía ocasión, falsificando datos y exculpándolos ante sus superiores, no puede evitar contemplar cómo el poder político norteamericano arremete contra sus principales creadores culturales.

La época de cambio que supusieron los años sesenta en el panorama cultural, sería continuada por su hijo Charles, que conociendo la tarea de su padre, y siguiendo su ejemplo, ingresa en 19654 en el FBI para trabajar codo con codo junto a éste. Ambos buscan a los creadores más importantes y los analizan en interesantes ensayos que camuflan como documentación de archivo. Quedan tan satisfechos con algunos de ellos, que llegan a enviarlos bajo seudónimo a una prestigiosa universidad, a la que no se cita en el libro por no dañar su imagen (pero que John Fordart deja muy claro de cuál se trata), la cual los publica considerándolos el trabajo de un crítico de arte.

Con la llegada de Charles, se añade la música como objeto de estudio al departamento. Admirador de los Beatles desde que contempló al grupo en el televisado show de Ed Sullivan, Charles convence a su padre, cuyas preferencias musicales se sitúan en el jazz, de la importancia del cuarteto de Liverpool y de la necesidad de seguir la carrera de este grupo y de otros músicos como Bob Dylan. Reticente en un principio, pero fiándose del criterio de su hijo, George accede a la propuesta, y de este modo, los archivos discográficos del FBI comienzan a llenarse de los principales grupos de rock de aquellos años.

Los nuevos agentes que entran en el departamento, y los antiguos, que sin reconocerlo abiertamente intuyen las intenciones de George y a los cuales ganó para su causa hace tiempo, se convierten en devotos seguidores, y suman nuevas aportaciones y estudios al trabajo de los Fordart, asistiendo a cuantas exposiciones, happenings o conciertos pueden.

Por desgracia, George Fordart fallece víctima de un accidente de tráfico en 1967, pasando su hijo a dirigir el departamento por petición expresa de todos los demás agentes miembros.

A principios de los años setenta, Nixon, preocupado por la influencia que pudiera tener John Lennon sobre la juventud norteamerica, ordena que se le investigue en todas sus actividades. Charles, que considera vergonzoso lo que está ocurriendo con el que es desde hace tiempo su artista preferido, descubre la posibilidad de escuchar, gracias a los micrófonos ocultos, el proceso de creación de la música de Lennon.
Así, puede escuchar paso a paso la formación de discos como Mind Games o Wall and Bridges desde que las canciones no son más que un simple esbozo.

Tratando de ayudar a Lennon en todo cuanto puede, se encarga de dar un retrato falso (el del músico David Peel a quien el mismo Lennon produjo un disco) en las circulares que envía el FBI para que la policía le detenga por posesión de drogas, y se opone fervientemente a que se le retire el permiso de residencia, alegando que eso podría provocar protestas entres sus seguidores y disturbios en las calles.

Cuando Lennon se retira temporalmente del mundo de la música, la presión del FBI disminuye, y Charles puede dedicarse a otras tareas. En 1980, ante el asesinato de Lennon, Charles investiga desde su propia oficina la posible implicación del FBI en el caso, sin encontrar prueba alguna concluyente.

En 1999, Charles se retira ante lo que considera una crisis alarmante de talento en el mundo del arte, que con algunas excepciones, no le merece ser estudiado.

Charles Fordart fallece por causa natural en el año 2002, siendo enterrado, al igual que su padre, con los más altos honores civiles.

En la actualidad, su hijo John Fordart, que como se ha comentado acaba de publicar un libro en el que narra las vidas de su abuelo y de su padre, dirige la editorial Friendly Book Inc. John se ha especializado en la cuidada e ilustrada edición de algunos de los autores más destacados de la literatura, pero a precios muy asequibles. También ha traducido la obra de un autor como Edmond Baudoin, a quien considera uno de los mejores artistas contemporáneos, y anuncia que pronto publicará las biografías de Charles Chaplin y John Lennon, escritas por dos de los especialistas más documentados y expertos que se pudieron encontrar en su tiempo.

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