domingo, 25 de diciembre de 2011

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA ENTREVISTA DE TRABAJO/ Abejas de cristal I

Imaginad que tenéis una entrevista de trabajo para la empresa del señor Zapparoni, quien vendría a ser algo así como  Walt Disney, Rockefeller, Steve Jobs y Bill Gates reunidos en uno. 
El señor Zapparoni se dedica al lucrativo negocio de los robots, que emplea en diferentes ámbitos;  industriales, domésticos, de ocio (sus películas con autómatas arrasan en taquilla).

No es sólo pionero en este campo, sino dueño y señor en el desarrollo de autómatas.   
Asistís a la cita sabiendo que el anterior candidato al puesto no fue seleccionado,  y ha "desaparecido", pero vuestra situación económica no es que sea muy boyante (estamos en época de crisis) y  sabéis que trabajar en las empresas de Zapparoni  podría terminar de una vez para siempre con el  problema de llegar a final de mes. 

Lo más curioso e increíble es que os llevan a la residencia personal de este empresario-creador-artista (escoged el término que prefiráis) y  él mismo  en persona es quien os hace algunas preguntas antes de salir un momento mientras os deja esperando en su enorme jardín.  Y allí, mientras estáis observando con los prismáticos de la mesa los terrenos de vuestro posible jefe, descubrís una oreja cortada (sí, como en Terciopelo azul). Pero eso no es lo más sorprendente, pues al momento comprobáis que no es una oreja cortada lo que hay allí, sino docenas de orejas cortadas. 

Eso es lo que le ocurre al capitán Richard, antiguo oficial de caballería que no se resigna a convertirse en un anacronismo con la aparición de los tanques y las nuevas tecnologías. Tal vez pueda interesaros conocer lo que pensaba en aquella situación.

"Antes, en casos como éste, la primera idea - que era, además, la más adecuada - consistía en efectuar una denuncia. Cualquiera que hubiese llevado a cabo un hallazgo horrible durante un paseo por el bosque, habría procedido de esa manera; uno telefoneaba a la comisaría más cercana. Excluí esa idea desde el primer momento. Habían pasado los años durante los cuales había gustado de las exhibiciones. Denunciar a Zapparoni ante la policía equivalía más o menos a denunciar a Poncio ante Pilatos, y podía apostar doble contra sencillo a que al fin sería yo quien desaparecería esa misma noche tras las rejas en calidad de cortador de orejas. Sería un festín para las ediciones nocturnas. No, algo así sólo podía aconsejarlo quien se hubiese pasado soñando treinta años de guerra civil. Las palabras habían cambiado de sentido; tampoco la policía era ya la policía.

Por lo demás, y volviendo a nuestro paseante, este, aún hoy, denunciaría el hallazgo de una oreja.

Pero, ¿qué ocurriría si llegase a una zona del bosque en la cual hubiese dispersas orejas en cantidad, como si de setas se tratara? Apuesto a que en ese caso saldría de allí de puntillas. Tal vez ni su mejor amigo - más aún, ni siquiera su mujer - llegarían a enterarse del hallazgo. En este sentido, somos clarividentes.
"No hagas caso del hallazgo", era el principio según el cual cabía proceder en este caso.  Sin embargo, eso me ponía en otro peligro. Habría pasado por alto una vileza, omitiendo mis deberes para con el prójimo, que se me imponían palpablemente. De ahí a la inhumanidad no hay más que un paso. Tal vez fuese esa la intención. Se me quería arrastrar a un secreto ignominioso, primero como testigo y enseguida como cómplice. 

La situación era escabrosa en cualquier caso, tanto si respondía con la acción como si respondía con la inacción.  Lo mejor que podía hacer era actuar según el consejo que había oído una vez en un café de Viena. "De entrada, ignorarlo todo", rezaba. 

También en ese caso las perspectivas eran desagradables. Zapparoni podía fracasar, ir a la bancarrota. No sería el primer superhombre que desapareciera de esa manera. Lo que yo había visto en su jardín se parecía más a un ensayo de movilización que a la exhibición del muestrario de una firma a escala mundial. Podía tener un mal fin, y en tal caso se alzaría una tempestad de indignación en la cual quienes se hallaban sentados hoy en un rincón seguro rivalizarían con quienes habían esparcido incienso al paso del poderoso Zapparoni. Los unos querrían resarcirse y los otros disculparse. Pero todos esos pingüinos estarían de acuerdo en lo referente al caso del Capitán de Caballería degenerado que había estado involucrado en el escándalo de las orejas cortadas. "No vio ni oyó nada... El caso clásico", diría el presidente, y, por encima de los blancos chalecos asentirían las cabezas de los asistentes. "

Extraído de Abejas de cristal de Ernst Jünger. Traducción (o versión más bien, según aparece en el libro) de L.M .



lunes, 31 de octubre de 2011

DEJÉMONOS DE "historias"...

La verdad es que lo único que sabía hasta hace poco sobre la historia de Estados Unidos es que a Liberty Valance no lo mató Ransom Stoddard, que Superman se había criado en Topeka, Kansas, y que la bebida oficial de los norteamericanos es la Coca-Cola aunque parece que ahora se vende más por allí la Pepsi.
Es por esto que un amigo, perplejo ante mi ignorancia, me regaló "Una historia del pueblo de los Estados Unidos" de Howard Zinn (aunque aquí creo que lo han traducido como "La otra historia de Estados Unidos").
Pero como no he terminado el libro, lo dejaremos para próximas entradas..

Ahora me gustaría hablaros de otras historias. Aunque lo cierto es que fue el libro de Zinn el que me hizo pensar en ellas.

Sé que a algunos de los que pasan por este blog les gusta Peréz Reverte. Aún  no he leído sus novelas, así que no es que pueda opinar (y no lo voy a hacer) de él en ese aspecto. Pero como columnista,  reconozco que me acaba cansando. No digo que a veces no tenga razón, o que pueda opinar parecido en algunas de las cosas que expone, pero sus modales, y me da igual que él diga que son una pose o que en en persona es muy educado y correcto y bla,bla...  sus modos o modales me acaban aburriendo y hartando...
Los puedo aceptar y hasta me gustan en un blog, pero cuando te están pagando una pasta por rellenar una página. En fin...  Sin comentarios.

Otra cosa que empieza a cansarme de él es cuando le da por contar "batallitas" históricas hablando de hazañas y gestas de nuestra historia. De cómo les dimos a los ingleses en tal batalla, o a los franceses en tal otra, o cómo cinco españoles de pelo en pecho se cepillaron a todo un regimiento, porque bestias, maleducados y pobres, sí, pero qué huevos tenían...

Y el caso es que leyendo el libro de Zinn y cuando trata el tema del genocidio (genocidio, sí) de Cristobal Colón sobre los indios arawak, así como las escabechinas que llevaron a cabo insignes hombres como Pizarro o Cortés... me dio por pensar en las columnas de Peréz Reverte.

Y sí, podemos hablar luego de que los ingleses también exterminaron a los indios en otro genocidio, y que encima ni se mezclaron con ellos como hicieron los de por aquí. Pero a mí me interesaba otra cosa. Algo sobre lo que el libro de Zinn vuelve una y otra vez a lo largo de la historia de Estados Unidos, pero que en esta ocasión hacía referencia a nuestra historia, citando el texto de otro historiador, Hans Koning, en su libro sobre el descubridor con estatua en Barcelona:
"...porque todo el oro y la plata robados y embarcados hacia España no hicieron al pueblo español más rico. Le dio a sus monarcas más tiempo en la balanza de poder, una oportunidad para contratar más soldados mercenarios para sus guerras. Terminaron perdiendo todas esas guerras de todas formas, y todo lo que quedó fue una mortal inflación, una población hambrienta, unos ricos más ricos, unos pobres más empobrecidos, y un campesinado arruinado."
Lo que quiero destacar, es que después de eso, me importa muy poco que veinte soldados españoles acabaran en "las Indias" con quinientos sanguinarios salvajes armados solamente con una espada y un cepillo de dientes.

domingo, 30 de octubre de 2011

AQUÍ NO ESTÁN LAS AVENTURAS DE TINTÍN

Podía haber sido peor.
Mi mujer suele decir a veces que soy un inmaduro y que tengo cosas de niño de primaria.  Y el caso es que ayer me quedé con las ganas de saber qué hubiera dicho del espectador con el que me tocó compartir asiento en el cine.

Y es que mi hija y yo fuimos a ver "Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio", y al llegar y sentarnos, el  mencionado  espectador nos ofreció muy amablemente palomitas. Le dimos las gracias y mi hija cogió unas pocas. Pero el hombre insistió como cuatro veces más para que siguiéramos cogiendo... que él no las iba a acabar, que eran demasiadas...  Su mujer, sentada a su izquierda, le llamaba "suavemente" la atención como para que no molestara. Él bromeaba poniéndola mal: "Es una tacaña. Las quiere para ella. No me deja"   Y después, y sin habernos presentado me preguntó a bocajarro: "¿Eres tintinófilo?"  A lo que respondí que no. Me miró como decepcionado. Dije que los había leído y que los tenía pero que no me consideraba tintinófilo. No tenía "Tintín y el Arte Alpha" (todavía);  Él sonrió y preguntó cuándo había empezado a leerlos.  "Como a los ocho o nueve años." respondí.

Y se acabaron los trailers y empezó la película, y el hombre dejó de hablar. Pero nada más terminar unos estupendos títulos de crédito, dijo emocionado: "¡Hergé! ¡Es Hergé!"... Me temí lo peor... Y lo cierto es que apenas medio minuto de película empezó a decir: "No, no...", para seguir cada treinta segundos con su no, no. Su mujer le mandaba callar, y yo también le hice una señal de que permaneciera en silencio. Pero daba igual.  Por suerte... a los tres minutos de película, sacó el móvil y empezó a jugar con él.  No sé si estaba escribiendo a alguien comentando la desilusión que se había llevado con la película, si miraba viejos mensajes, o si jugaba con el aparato... Traté de olvidarme de él y centrarme en la película. En la película de Spielberg, no en el tebeo de Hergé. Ese lo tenía en casa. Y esto era otra cosa.

 Si queréis encontrar al Tintín de vuestra infancia o sois tintinófilos, es probable que acabéis como el espectador que tenía al lado y salgáis decepcionados de la sala. Si vais a ver la película sin pensar en todo momento que está "traicionando" la obra de Hergé, es probable que paséis un buen rato. Porque os encontraréis con una película de aventuras, apta para todos los públicos, entretenida, y que se ve con agrado. Sin más.

Y ahí está el problema... que tal vez, yo le pediría algo más. Ese algo más que por ejemplo ofrecen las películas de Pixar.

Porque desde que vi las primeras imágenes de lo que iba a ser la película, no me temía nada bueno. Y es que el aspecto gráfico de las producciones Dreamworks no me suele convencer. Sus películas tienen un diseño de personajes y un "acabado" gráfico  mucho menos logrado que el de las de Pixar...  Y si bien empezada la película te habitúas a los personajes, me queda la duda de cómo hubiera resuelto esta adaptación alguien como Brad Bird, por ejemplo, que ya con el diseño de personajes de Los increíbles me parece más cercano al universo gráfico de Hergé.

Pero esta película la dirige Steven Spielberg, director de algunas películas que me impresionaron y enamoraron tanto en mi niñez, como en mi adolescencia o en mi ¿madurez? (recuerden lo que dice mi mujer)...

... y más allá del aspecto gráfico de la película (mejorable, en mi opinión), de la fidelidad o infidelidad hacia la obra de Hergé (¿eres tintinófilo?), del guión ( demasiado "ligero", a pesar del "mensaje" metido con calzador de Haddock;  me sobran unas cuantas escenas, como la pelea de grúas, por ejemplo), de algunas escenas muy bien resueltas (la persecución del halcón) o de la sensación de que estaba viendo cosas de sus viejas películas continuamente (¿por qué no hacía más que pensar en Indiana Jones en ciertos momentos?)... estamos hablando de Steven Spielberg.  Incluso sus malas películas (y no me hagan recordar lo de la calavera de cristal) se dejan ver.  Como esta.

PD: Si me animé a ver la película fue por la reseña que hizo Jero, que no es tintinófilo, y a quien la película de Spielberg le gustó más que a mí: Aquí

jueves, 11 de agosto de 2011

Ob-La-Di, Ob-La-Da



"Durante una reunión en las oficinas de Ansbacher el 20 de abril y al hacerse puntual recuento de las acciones, se había desvelado que, mientras que Lennon poseía 644.000 acciones, McCartney había estado comprando a la chita callando y poseía 751.000.
  Lennon se puso lívido. Según cuenta Brown gritó: "¡Cabrón, has estado comprando acciones a nuestras espaldas!"
"Ah, lo siento", replicó McCartney. Mejor invertir en el talento propio que en supermercados, explicó.
Lennon no se tragó el cuento. "¡Eso ha sido una putada! - aulló - Es la primera vez que uno de nosotros actúa a espaldas de los demás."


                       Extraído de "Paul McCartney. El hombre y el mito" de Ross Benson. Traducción de Gemma Moral Bartolomé.


"Entre el líder maquiavélico y el creador de inolvidables melodías, entre el rostro flexiblemente inocente y el cerebro de un relaciones públicas inmejorable, se encuentra la personalidad de Paul McCartney, al que muchos consideran el más grande compositor de canciones de este siglo."


                                                        Extraído de  Rock Espezial (no sé quién lo escribe; no viene acreditado)




 Y









"Las condiciones contractuales de los Beatles eran desastrosas, como reconoció George Martin; por los discos vendidos  en EE.UU. a cuatro o cinco dólares cada uno, los Beatles recibían unos míseros cinco centavos; los vendidos en Gran Bretaña les proporcionaban sólo un penique. Esas condiciones podrían ser admisibles cuando los Beatles firmaron  con EMI en 1962 y eran unos desconocidos inexpertos, pero en 1964, cuando ya eran los músicos de mayor venta del mundo, eran completamente inadmisibles."
                                               
                                "Los Beatles. Un día en la vida." de Mark Hertsgaard. Traducción de  Irene Saslavsky



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