"Cuando vuelvo a leer los diálogos de las fotonovelas tengo la impresión de viajar a otro planeta, un planeta que ya entonces me hacía sonreír.
Sin embargo, las fotonovelas fueron el boom editorial de la posguerra porque encarnaban las ganas de los italianos - de las italianas, sobre todo- de volver a reír y a llorar sin ataduras, de evadirse de una realidad que todavía era muy cruel, de sufrir por las penas de amor de los demás en lugar de afligirse por las bombas y el hambre. Bodas imposibles, terribles sufrimientos, pecados inconfesables, confusión de identidades, celos e infidelidades desencadenaban las emociones de lectores y lectoras sencillos, sin pretensiones ni gran formación intelectual.
Los comunistas las llamaban el opio del pueblo; los católicos, un instrumento de perdición; los intelectuales - muchos de los cuales estaban entre quienes las creaban y las escribían -, subproductos. Quizá la verdad sea que, al menos al principio, la fotonovela tenía un componente transgresor, joven y moderno que resultaba arriesgado.
La fuerza de la fotografía, la brevedad de los mensajes contenidos en los bocadillos, los cuerpos jóvenes y bellos, los temas, audaces a menudo, contribuyeron a cambiar las reglas del juego y a expresar la urgencia que tenían las mujeres de la posguerra, endurecidas por la experiencia, de encontrar un lugar bajo el sol. Cualquiera que sea el punto de vista, la fotonovela enseñó a muchos italianos a leer y a escribir y contribuyó a unificar el país de norte a sur, del campo a la ciudad. Con el tiempo hasta el Partido Comunista y la Iglesia tuvieron que admitirlo, pues el primero llegó a servirse de ellas en sus campañas electorales, y la segunda, cautivó a sus fieles con las vidas de los santos, entro los que santa Rita da Cascia era la estrella absoluta."
Extraído de "Sophia Loren. Ayer, hoy y mañana" por Sophia Loren. Traducción de Ana Ciurans Ferrándiz.
AÑADIDO I: Sophia Loren, cuyo verdadero nombre es Sofía Scicolone Villani (la historia de sus apellidos daría para otra entrada) cuenta también en su autobiografía cómo acabó con el apellido Lazzaro. "(...) en esa época, Stefano Reda, el director de Sogno, me había cambiado el apellido argumentando que era tan guapa que mi belleza podía resucitar a un muerto."
AÑADIDO II: Mientras buscaba fotos de Sophia Loren con las que ilustrar esta entrada, me he encontrado con esta página en la que aparecía esta fotografía para hablar de la actriz.
Esta mujer no es Sophia Loren, sino la modelo Line Gost fotografiada por Bryan Adams(sí, el mismo compositor e intérprete de Summer of 69 ) en un reportaje de 2008 para una campaña publicitaria. Es cierto que en el reportaje trataban de evocar el recuerdo de la actriz italiana, pero por muy bien que lo hicieran fotógrafo y modelo, de ahí a confundir a ambas mujeres hay un trecho. A ver si queda claro...
Sophia Loren en "La chica del río" (1954)
Sophia Loren
Sophia Loren fotografiada por Loomis Dean para Life. (1957).
La mujer de arriba es Sophia Loren. Y la que aparece aquí debajo es Line Gost en las fotos de Bryan Adams.
En fin... Ojalá esta información pueda servir en alguna ocasión para corregir esos errores. Pero lo dudo infinito porque la cosa siempre puede ir a más...
Si escribís Sophia Loren en google imágenes, el buscador también ofrece la opción de "Sophia Loren y Marilyn Monroe", cuando las fotografías que aparecen son las de Sophia Loren con Jayne Mansfield, y esas en las que aparece Marilyn con una actriz italiana... bueno...es Gina Lollobrigida.
En Repton me impresionó el director por ser un hombrecillo de aspecto bastante vulgar, patizambo, con la cabeza grande y calva y muchas energías, pero no demasiada simpatía y atractivo humano. Entendámonos, yo nunca le conocí bien, porque en todos los meses y años que pasé en la escuela dudo que me dirigiese más de seis frases en total. De modo que acaso fuera error mío formar un juicio semejante.
Lo interesante de aquel director es que tiempo después llegó a ser un personaje famoso. Al final de mi tercer año se le designó inopinadamente Obispo de Chester y se fue a vivir a un palacio en las orillas del Dee. Recuerdo mis esfuerzos de entonces por desentrañar el enigma de que una persona pudiera saltar de maestro a obispo de golpe y porrazo, pero enigmas mayores habían de venir.
Pronto fue promovido de nuevo, y de Chester pasó a ser Obispo de Londres, y de allí, al cabo de no muchos años, brincó una vez más en la escala para ocupar la dignidad más alta de todas, ¡la de Arzobispo de Canterbury! Y no demasiado tiempo después fue a él a quien cupo el honor de coronar a nuestra actual soberana en la Abadía de Westminster, con medio mundo viéndole por televisión. ¡Bien, bien, muy requetebién! ¡Y ése era el hombre que solía propinar las más sádicas palizas a los estudiantes que tenía a su cargo!
Seguro que a estas alturas ya os estaréis preguntando por qué doy tanta importancia en estas páginas a la cuestión de los castigos corporales en las escuelas. La respuesta es que no puedo evitarlo. Durante toda mi vida escolar me aterró el hecho de que a maestros y alumnos mayores se les permitiera herir literalmente a otros niños, y a veces herirlos de gravedad. No podía asimilarlo. Jamás he podido. Desde luego, no sería justo dar a entender aquí que todos los maestros estuviesen constantemente flagelando a todos los alumnos, aterrorizados, en aquellos tiempos. No era así. Sólo unos pocos lo hacían, pero fue suficiente para dejar una perdurable impresión de horror en mí. Todavía hoy, cada vez que tengo que pasar sentado algún tiempo en una silla o banco de asiento duro, empiezo a sentir palpitaciones en los sitios donde la vara, hace cincuenta y tantos años, me señaló el culo.
No hay nada malo en propinar unos pocos tientos rápidos en las nalgas. A un chico díscolo probablemente le vendrán muy bien. Pero el director de quien hablábamos no se contentaba con calentar el culo cuando echaba mano de su vara para administrar una paliza. A mí nunca me azotó, gracias a Dios, pero el mejor amigo que tuve en Repton, un chico llamado Michael, me hizo vívida descripción de una de tales ceremonias. A Michael le ordenó quitarse los pantalones y arrodillarse en el sofá de su despacho con la mitad del cuerpo colgando sobre uno de los brazos del sofá. El gran hombre le asestó entonces un "crac" terrorífico. Luego siguió una pausa. El director dejó el bastón y comenzó a llenar su pipa de tabaco, que iba sacando de una lata. Al mismo tiempo se puso a sermonear al chico arrodillado acerca del pecado y de las malas acciones. A poco, empuñó de nuevo la vara y descargó un segundo "crac" formidable sobre las nalgas temblorosas. A continuación, la tarea de llenar la pipa y el sermoneo prosiguieron por espacio quizá de otros treinta segundos. Después vino el tercer varazo. Luego, una vez más, el instrumento de tortura fue depositado encima de la mesa y apareció una caja de cerillas. Se encendió una cerilla, que fue aplicada a la pipa. La pipa no quería arder. Se administró un cuarto golpe, sin interrumpirse el sermón. Este lento y temible proceso se prolongó hasta haber sido propinados diez bastonazos terribles, y todo ese tiempo, entre intentos de encender la pipa gastando una cerilla tras otra, no cesó un solo instante el sermón sobre el mal, y la perversidad, y el pecado, y la mala conducta, y la inmoralidad, y el delito. No había tregua siquiera en el momento de descargar los golpes. Cuando todo hubo terminado, el director sacó una palangana, una esponja y una toallita limpia, y la víctima recibió orden de enjugarse la sangre antes de subirse los pantalones.
¿Os extrañará, pues, que el comportamiento de aquel hombre me tuviera terriblemente desconcertado? En aquella época, además de director del colegio, era un clérigo ordinario, y cuando, sentado en la luz tenue de la capilla del colegio, le oía predicar sobre el Cordero de Dios y sobre la misericordia y el perdón y todas esas cosas, mi tierno entendimiento era presa de una confusión total. Sabía yo muy bien que la noche antes, sin ir más lejos, aquel predicador no había mostrado ni Misericordia ni Perdón flagelando a cualquier pobre crío por haber quebrantado las reglas. ¿Qué pasaba entonces?, solía yo preguntarme. ¿Predicaban una cosa y practicaban otra aquellos hombres de Dios?
Y si alguien me hubiera dicho en esa época que aquel clérigo flagelador iba a llegar a ser un día Arzobispo de Canterbury, jamás me lo habría creído.
Fue todo esto, me figuro, lo que hizo que empezase a abrigar dudas acerca de la religión e incluso acerca de Dios. Si aquel individuo, me repetía constantemente, era uno de los representantes de Dios en la tierra, entonces es que había algún error muy serio en todo el negocio.
Extraído de Boy (Relatos de infancia) de Roald Dahl. Traducción de Salustiano Masó. Editorial Alfaguara.
Mi madre me dijo una vez que la reacción de Maureen en el documental Dirigida por John Ford la había impresionado. Dijo que cuando a Maureen se le preguntó por el famoso director, ella lloró, pero notó que no sólo de pena, sino que de rabia también.
Yo había visto ese documental, y sí, su reacción no era normal. Ahora sé el porqué. Ella lloró por una mezcla de pena, de rabia, de nostalgia e impotencia. Porque John Ford fue un hombre más allá de la palabra complejo. Era COMPLEJO con mayúsculas, subrayado y cursivas; su foto debería ilustrar la palabra "complejo" en el diccionario. Sé esto porque acabo de terminar 'Tis herself, la increíblemente atrapante autobiografía de Maureen (FitzSimons) O'Hara, la gran actriz irlandesa del pelo rojo.
Ella y John Nicoletti se las arreglaron para escribir un libro que te sorprende. Te sorprende no sólo porque los episodios que decidieron incluir están muy bien elegidos, sino porque, a través de él, llegas a conocer a la misma Maureen. Si no has leído este libro y aún la imaginas sólo como la valiente mujer que interpretó en la mayoría de sus películas, bueno, quedarás impresionado.
Y quedarás impresionado porque, aunque ella no lo admite completamente, se vio sobrepasada por los hombres y los eventos de la vida. Tuvo un primer matrimonio fallido (si se puede llamar así el lazo entre un chico y una chica que dijeron "sí, quiero" y no se vieron nunca más), luego otro matrimonio que sólo le dejó una cosa buena: su hija. A esta altura, la imagen de Maureen la intocable, la que habías visto en películas como La isla de los corsarios empieza a sucumbir. Y luego su vulnerabiliad te choca.
Este libro contiene uno de los episodios más violentos de los que tengo conocimiento: su alcóholico segundo esposo, aquel que se iba de casa y volvía cuando se le daba a gana, el que contrataba prostitutas con el dinero de ella porque no trabajaba, el mismo que por su cuenta decidía cambiar de casa cada dos segundos y cada vez elegir una más costosa, ese mismo tipo, borracho por supuesto, golpea a Maureen en el estómago. Ella estaba embarazada. A una semana de dar a luz. Y luego continuó viviendo bajo su mismo techo por años, antes de asumir que estaba terriblemente asustada de lo que le podría hacer a su hija.
Así que, como pueden darse cuenta, no fue fácil leer pasajes como ese. Tampoco fue fácil leer sobre los difíciles/maravillosos episodios que pasó con John Ford. Pappy, como ella lo llamaba, le permitió vivir algunos de sus mejores momentos como actriz, pero también sentirse completamente miserable. Según Maureen, Ford era un hombre que podía alabarte en un minuto y en el próximo llamarte "perra" frente a otras personas. Hacía las cosas más extrañas --incluso realizar una campaña secreta para que Maureen no ganara el Oscar--, el tipo de cosas que te hacen preguntarte si eres la única persona normal viviendo en la Tierra. Pero se adoraban. Y se odiaban. Sufrieron mucho.
Escaneada del libro. Hay muchas imágenes interesantes en 'Tis Herself.
Y CLARO que contiene cientos de anécdotas y grandes historias sobre su vida en Irlanda junto a su maravillosa familia y su vida en Estados Unidos; sobre las películas que hizo y cómo las hizo. A través de este libro aprendes un poquito más sobre cómo funcionaban las cosas en Hollywood, por ejemplo, cómo los estudios la obligaban aceptar papeles que consideraba una basura (rubbish, como diría ella). Y también conoces un poco más a actores y directores de la época clásica de Hollywood (¿nombres? Ahora me acuerdo de James Stewart, Natalie Wood, Linda Darnell, Lucille Ball, Errol Flynn, Alfred Hitchcock...). Pero de quienes más habla son Charles Laughton y John Duke Wayne. El primero, su mentor, aquel que le dio su primer papel en una película, el que quería adoptarla; el segundo, claro está, su compañero y mejor amigo.
Hay un capítulo completo e interesantísimo sobreEl hombre tranquilo (pueden leer el misterioso final de éste en inglés aquí); y además contiene detalles sobre la filmación de películas como Esmeralda, la zíngara, Tú a Boston y yo a California y De ilusión también se vive.
Me gusta la manera directa en que Maureen discute cada tema, desde sus enfermedades y miedos hasta su sospecha de que el amor de su vida --su tercer esposo, el piloto Charles Blair-- fue asesinado (no quiero entregarles más detalles al respecto, tienen que leer este libro). Me gusta el modo en que maldice y cómo se burla de ella misma. Me gusta el hecho de que haya decidido no referirse a su hija y nietos. Mi única diminuta queja es que en ciertos pasajes habría editado un poco más el texto, hay partes en las que repite indeliberadamente palabras dentro del mismo párrafo. Fin de la queja.
Dije que la imagen de la Maureen fuerte e intocable comenzaba a sucumbir cuando lees acerca del gran daño que le causaron personas cercanas. Pero no sucumbe por completo. Porque ella fue y es una mujer valiente que pudo enfrentar al gobierno estadounidense y demandar que su nacionalidad irlandesa fuera reconocida; que pudo enfrentar a los directores de una de las revistas de chismes más repugnantes y hacerles pagar; que podía entrar a un set y hacer ella misma sus propias escenas de riesgo. 'Tis Herself no destruye su legendaria imagen cinematográfica. Sólo hace parecer a esta mujer --que planea vivir hasta los 102 años-- un poco más humana. Y eso, en el caso de Maureen O'Hara, no tiene precio.
AÑADIDO:Ayer descubrí esta entrada en el blog de Clara, que ella misma ha traducido y amablemente me ha permitido traer aquí (gracias otra vez). Podéis leer la entrada original tal y como fue escrita en este enlace. Y qué puedo deciros... Ayer, por la mañana leía esta entrada, y por la tarde tuve la oportunidad de ver a Maureen en "¡Qué verde era mi valle!" (que junto a "Luces de la ciudad ", que vi el día anterior, son las dos películas que más me han gustado de las que he visto este año en el cine). Maureen estaba maravillosa. Porque toda la película fue maravillosa desde el principio hasta el final (esto de escribir mientras suena la banda sonora de Alfred Newman)... tan sólo añadir que desgraciadamente la autobiografía de Maureen O'Hara no ha sido editada en castellano.
Paulette tomó enseguida a Dido bajo su protección. En cierta medida representaba para ella el papel de introductora en la vida norteamericana. "¿Tienes joyas?", le preguntó. Dido le confesó que no poseía ninguna joya de valor. Paulette le regañó amigablemente: una mujer debe tener joyas porque en caso de desavenencia con la persona que cree que es el hombre de su vida, mete las joyas en el bolso y se va. Las joyas son pequeñas, transportables, y se ocultan fácilmente. Dido escuchaba con seriedad y no parecía muy convencida de aquellos consejos de prudencia conyugal. Las joyas, para Paulette, no eran sólo una garantía, sino también un arma: si alguien la acusaba de ser comunista, respondía amenazando con arrojarle su collar de diamantes a la cara.
Extraído de Mi vida y mi cine Jean Renoir. Traducción de Rafael del Moral.
AÑADIDO: Tengo cierta debilidad por Paulette Goddard. Me parece una mujer guapísima y transmite algo que solía hacer que me preguntara cómo pudo dejarla Chaplin. Pero Renoir me aclaró el asunto:
Esa atractiva mujer tiene carácter: con ella uno no se aburre nunca. Le pregunté cómo Chaplin había podido estar tan loco como para dejar escapar semejante vivacidad. Me respondió que no era Chaplin quien la había dejado, sino ella quien había dejado a Chaplin. La razón: él reservaba toda su gracia para las películas. En la vida, según ella, no era nada divertido.
Antes de escribir en 2001 la magnífica biografía Tras la pista de John Ford, Joseph McBride ya había escrito en 1992 otra biografía que siento decir que no he leído (pero os aseguro que acabaré leyendo) titulada Frank Capra: La catástrofe del éxito.
El libro de McBride contradecía muchos de los datos de la autobiografía del director, Frank Capra El nombre delante del título (que sí he leído).
Es más que probable que Capra adornara muchos detalles de su vida. Su biografía se lee y disfruta como una más de sus películas, y Capra proyecta una imagen muy positiva de sí mismo, pero para mí resultó curioso saber que su primera intención no había sido esa. Capra escribió un primer manuscrito de 92 páginas titulado "Voces nocturnas" que finalizaba con su muerte tal y como la imaginaba: un alcohólico olvidado en un bar de Los Angeles.
Un amigo de Capra pensaba que ese manuscrito era masoquista, y que el director se autocastigaba recordando todas las humillaciones que había sufrido en esos últimos años. Este amigo le animó a que cambiara el enfoque de su autobiografía, a que diera énfasis a lo positivo, a sus logros... Y eso fue lo que acabó publicándose. Frank Capra: El nombre delante del título.
Pero más allá de lo cierto o incierto que haya en el libro de Capra, cuenta cosas que merece la pena conocer. Como por ejemplo, esta anécdota por boca de Spencer Tracy (la traducción es de Domingo Santos): "(...) dijo el travieso Tracy con un gran guiño-. La primera vez que me invitaron a casa de Hepburn en Nueva Inglaterra... ¿una casa?, ¡una mierda! ¡Un palacio! Ocupando media isla y mirando a una playa privada vallada de kilómetro y medio de largo. Bueno, ya conoce a Madame Que-Hace-El-Bien. Hará una donación para el Comité para la Protección de las Bocas de Incendio. Desfilará por los derechos civiles de los perezosos de tres dedos. ¿Y sabe una cosa? Su familia son todos unos locos más grandes que ella. Ya sabe... aristócratas de la ultraliberal Nueva Inglaterra que pierden el culo por la gente pobre, muy pobre, pero nunca la ven. "Mire su padre. Un gran médico. No dejan que las cartas de caridad circulen por el correo de Nueva Inglaterra, a menos que su nombre esté en el membrete. Y su madre ayuda a Margaret Sanger con las jóvenes que han quedado embarazadas..-¡ Spence! Eres horrible- interrumpió Katie-. Mamá ayuda con el control de natalidad...- De acuerdo, mamá ayuda a las jóvenes a que las embaracen. Y los seis chicos mayores Hepburn poseen sus propias especialidades sociales preferidas. ¡Vaya clan! Bueno, en la cena mi cabeza estaba así de grande. ¿Puede imaginar escuchar a ocho Hepburn hablando a la vez sobre los negros, los barrios bajos, los puertorriqueños, el aborto, los sin hogar, los hambrientos? Así que me levanté y dije: " Si no les importa, saldré fuera para colgar la lámpara al lado de la puerta de oro." Y salí al porche en busca de algo de paz y para contemplar el atardecer."La playa estaba vacía. Tenía que estar vacía con aquellas cercas de alambre espinoso a cada lado. Y vi a un tipo, con una caña de pescar, un hombre pequeño, que se arrastraba a través del alambre espinoso a unos ochocientos metros de distancia, tan lejos que sólo era un punto. "¡Hey!", llamé a los de dentro. "Será mejor que pongan otro plato a la mesa. ¡Aquí viene uno de sus pobres con la esperanza de comer algo gratis!""El viejo Hepburn salió corriendo con fuego en los ojos. "¿Dónde está?" Señalé hacia la cerca. El señor Hepburn decolgó un megáfono de la pared del porche y corrió a la playa gritando: "¡Esto es una propiedad privada! ¡Está usted invadiéndola! ¡Salga inmediatamente de esta playa o le llenaré el culo de perdigones! ¡Fuera!!"El pobre viejo pescador volvió a meterse en el alambre espinoso y echó a correr por su vida, playa arriba, arrastrando trozos de alambre espinoso por sus piernas. Papá Hepburn colgó el megáfono y me dijo: "Cada vez es más difícil conseguir algo de intimidad. Al menos dos veces a la semana alguien intenta arrastrarse por esa cerca y entrar en nuestra propiedad." Y volvió a meterse dentro y a unirse a la acalorada discusión familiar acerca de los derechos de los pobres...
Añadido: Entre los libros que el destino puso en mis manos en la planta de reciclaje se encuentra el de las memorias de la nada ególatra Hepburn: Katharine Hepburn ME Stories of My Life (sí, me cayeron bastantes títulos en inglés)... Cuando la lea, os diré si menciona algo relacionado con este suceso.
Iba a hablaros aquí de otro de mis directores favoritos: Frank Capra (1897-1991). Más que de él, iba a contaros una divertida anécdota de su autobiografía, que en realidad tiene más que ver con Spencer Tracy y Katherine Hepburn... pero eso será para el siguiente post.
Porque buscando sobre su figura por la red he descubierto algo que comparto con él, y que al final es lo que me ha dado pie a escribir este post.
El caso es que Francesco Rosario Capra, nacido en Bisacquino, Sicilia, emigró, al igual que el niño Corleone de Coppola, a los Estados Unidos, y allí se convirtió en un norteamericano ciento por ciento.
Y creo que ya va siendo hora de que quede claro que tanto su cine como su persona tenían menos de ñoño o cándido de lo que muchos han querido ver.
Capra no recordaba ni el nombre de sus abuelos maternos (cosa que no le preocupaba lo más mínimo), y toda su vida consideró que había "nacido" en America...
Tanto es así, que cuando en 1977 Capra visitó Italia, el gobierno italiano arregló una rueda de prensa en Bisacquino, su pueblo natal (la imagen de arriba), y él recordaría así el hecho: "No sentí nada. ¿A quién demonios le importa dónde has nacido? Ese pueblo no significa nada para mí. ¿Sabes lo de ese tipo de color, esa cosa, Raíces?Está lleno de tonterias. Odio la palabra "raíces". Que la gente esté tan orgullosa de sus raíces es algo enfermo." (Capra se refería al libro Raíces y a su autor, Alex Haley. La serie de Kunta Kinte, para los que la recuerden, de gran éxito por aquellos años.)
Lo cual no ha impedido que si buscáis Bisacquino en la wikipedia os digan que hay dos notables figuras que salieron de allí: el mafioso americano Vito Cascio Ferro y el tipo que dirigió la película esa de ¡Qué bello es vivir!.
¿Veis como el paralelismo con el Vito Corleone de ficción no era tan equivocado? Además, si lo pensáis bien, el negocio de Hollywood reunía más trapicheos y asuntos turbios que el de la mafia italiana. O andaba a la par...
Sin ser tan políticamente incorrecto como nuestro Francesco (yo no he leído el libro de Haley, que creo que tiene tanto de invención como la "sincera"autobiografía de Capra)... debo confesar que al igual que él, no siento para nada mis raíces. Es algo a lo que le doy nula importancia en mi vida...
Sé dónde nací (de hecho, veraneé allí durante muchos años), pero no me siento nada vinculado con ese sitio ni con su gente, ni con su équipo de fútbol, ni con su personaje local más célebre... Son tan propios o extraños para mí como cualquier individuo de cualquier otro lugar..
Para colmo, Capra pudo al menos sentirse norteamericano, pero yo, por motivos que no vienen al caso, ni siquiera me siento español.
Intenté sentirme norteamericano, que lo sepáis, pero sin vivir allí, ni hablar el idioma, me resultó muy difícil.
Al menos me quedan las películas de este siciliano para "vivir" el "sueño" americano (más sobre esto en otros posts... que Capra da mucho juego.)
PD: Todos aquellos que escribáis (supongo que pocos) diciéndome que las raíces tienen su importancia.. que os sentís orgullosos de ser gallegos, chinos, camporapacinos, moscovitas, españoles, vascos, italianos, catalanes o incluso yanquis (que hay que tener vergüenza para esto último)... no me parece mal. Allá cada uno con lo que prefiera. Pero me parece que lo importante, que la raíz común que nos engloba a todos es que pertenecemos a la misma especie animal (eso que llaman homo sapiens no sé muy bien por qué, porque yo la denominaría homo imbecilis) y que vivimos en el mismo planeta...
"Exposición, crítica, apreciación, es trabajo para mentes de segunda categoría." G.H.Hardy
Y adelanto desde ya que este artículo es trabajo de una de cuarta o de quinta, pero aún así, me gustaría que lo leyerais... pediros que opinéis es tal vez demasiado...
Podría tratar de ser creativo y deciros que leí este libro porque algún desconocido lo dejó en mi buzón, o que se lo robé a un turista inglés mientras se tomaba unas cervezas, o que lo cogí de la biblioteca porque estaba enamorado de la foto de la portada (la imagen a vuestra derecha)… Pero, excepto para quienes sepáis quien soy, la realidad es bastante más prosaica, aunque parezca más inverosímil.
Lo cierto es que ahora estoy en paro, pero hasta hace mes y medio estuve trabajando durante año y medio en un almacén de reciclaje. Mi labor allí, entre otras cosas, consistía en quitar de una cinta todo aquello que no fuera papel y cartón. Y con todo, quiero decir, todo: botellas, maderas, juguetes, ruedas de coche, bolsas de basura orgánica de todos los tamaños posibles, puertas, plásticos, muebles, algún animal muerto, etc.… Claro que entre todo esto, también solían caer libros, y aunque posteriormente se nos “prohibió” coger cualquier cosa que cayera a la cinta (debían pensar que ya nos pagaban suficiente) yo pude hacerme con unos cuantos libros interesantes. Entre ellos, este A Mathematician’s Apology de G.H. Hardy.
En la introducción del físico, novelista y amigo del autor, C.P. Snow (casi más larga que el texto de Hardy), éste nos cuenta quién fue G.H. Hardy. Dotado desde niño para las matemáticas, el británico GodfreyHaroldHardy(1877-1947) fue matemático en las universidades de Cambridge y Oxford, descubridor del genio matemático hindú Ramanujan y según Snow, su colaboración con el matemático JohnEdensorLittlewood puede definirse como la más famosa colaboración en la historia de las matemáticas. Es más, para Snow, nunca ha habido nada igual como el dúo Hardy-Littlewood en cualquier ciencia, o en otro campo de actividad creativa, lo que me hace preguntarme, ya que su introducción es de 1967 (aunque el libro se publicara en 1940) si Snow había escuchado Revolver.
Es curioso... Aunque en su introducción Snow afirma que el libro tiene una cautivadora tristeza ya que puede notarse que es el testamento de un artista creativo… yo, en cambio, mientras lo leía, no dejaba de pensar en cuánto me recordaban muchas de sus páginas al guión de AynRand para El manantial, y que Snow podría haber dicho más bien que era una defensa de las elites creadoras
El título de la obra es bastante explícito, y su lectura es amena y breve (no son más de 100 páginas sin contar la introducción)… Pero aunque haya cosas que no comparto con el autor, considero que hay varias ideas de Hardylo suficientemente interesantes como para ser tenidas en cuenta y en las que, con vuestro permiso, me permitiré ciertas desviaciones personales llegado el caso.
Tras distinguir entre el trabajo crítico y el creativo, restándole méritos al primero frente al segundo ( algo con lo que estoy bastante de acuerdo... y que ya pensaba antes de ver Ratatouille) Hardy parte de una serie de ideas básicas:
"Asumiré que estoy escribiendo para lectores que están llenos, o han estado llenos en el pasado, de un adecuado espíritu de ambición (…) La ambición más noble es la de dejar detrás algo de valor permanente (...) La ambición ha sido la fuerza conductora detrás de casi todos los mejores trabajos del mundo (…)"
Para Hardy, son tres los principales motivos que mueven a los seres humanos a investigar: la curiosidad intelectual, el orgullo profesional y la ambición. Así, si un químico, un físico o podríamos añadir un médico le dijeran que lo que les lleva a profundizar e investigar en su trabajo es su deseo de beneficiar a la humanidad, Hardy no les creería, y tampoco pensaría mejor de ellos si lo hiciera. Casi me parece estar oyendo a GaryCooper ante el jurado en El Manantial de KingVidor (perdón, de AynRand).
Y aquí viene mi primera desviación del libro:
Tengo un amigo que trabaja en un empleo fijo no muy valorado socialmente, la verdad. Además de una licenciatura, tiene una serie de titulaciones con las que os aseguro que no le costaría mucho conseguir una plaza de grado superior en la administración o en la enseñanza en trabajos más valorados y mejor remunerados. Una vez le pregunté por qué no lo intentaba… Me dio una serie de razones que no vienen al caso…pero cuando se lo comente a mi pareja, ella simplemente dijo: “No es un chico ambicioso.”
Y tal vez sea así. Mi amigo está bien como está, y no tiene necesidad de ascender más en la escala socio-laboral-económica...
Así que pienso, al igual que Hardy, que es la ambición (el querer mejorar o prosperar) la que hace que uno se mueva, ya sea en el campo de la investigación o en cualquier otro campo en definitiva. Y todos los triunfadores suelen ser gente bastante ambiciosa... Por otra parte, y como me dijo también mi pareja: “Tú no tienes ambiciones, tienes sueños”… y eso, por lo visto, debe mover menos.
Pero volvamos con Hardy y sus matemáticas, o su defensa de las elites creadoras.
“Nunca ha tenido mucho valor el momento en el que un hombre de primera clase expresa una opinión mayoritaria. Por definición, siempre ha habido muchos otros para hacer eso.”G. H. Hardy.
Según apunta el autor casi al comienzo, el respeto y la reputación de las matemáticas se basa en parte en la ignorancia y en la confusión del resto. Del resto de los que no son matemáticos, claro. Esto ha cambiado mucho desde entonces, pero supongo que hace más de 70 años no serían muchos los que se dedicarían o estudiarían matemáticas puras (hoy, hasta yo conozco a alguien que lo ha hecho). De todas formas, lo que queda claro para Hardyes que su arte, trabajo o como queráis llamarlo es el mejor de todos:
"Arquímedes será recordado cuando Esquilo sea olvidado, porque las lenguas mueren, y las ideas matemáticas no." G. H. Hardy
Pues vaya. He leído a dramaturgos griegos, aunque debo confesar que precisamente a Esquilo no…pero no recuerdo a Arquímedes ni cuando me sumerjo en la piscina. Pero eso no es nada con lo que sigue. No contento con dejar K.Os a los dramaturgos griegos, Hardy no se quita los guantes de boxeo y en la página 84 comenta de dos líneas de una poesía: "¿Podrían ser estas líneas mejores, y podrían ser las ideas más falsas y trilladas?".Argumentando de paso que la poesía no puede ofrecer ideas de la complejidad de las que dan las matemáticas. Menos mal que unas cuantas páginas después (cuando a las otras artes ya les han contado hasta 10) reconoce que hasta las ideas tienen también su importancia en la poesía cuando emplea a Shakespeare en sus comparaciones. Uno acaba preguntándose por qué este hombre ha tenido que recurrir a las palabras para expresar su apología, en lugar de usar números y ecuaciones (por ejemplo, y sin ser matemático: Si Hardy = Un 10. Un 10≠ 3, 4, 5, 6, o mejor aún, Un 10≠ a, b, d, oj, le, escritor, músico..) pero bueno…si se ha dignado a hacerlo para que aquellos que tuvimos ambición le podamos leer, no pondré pegas.
Lo que debe quedar claro es que no hay nada como las matemáticas. ¿Vale? No hay nada como las matemáticas. Aunque la verdad es que OrsonWelles decía lo mismo del cine o del teatro (según le diera), y también tenía un amigo que decía que no había nada como la música, que era el arte supremo, y yo, ni entonces ni ahora, compartía estas ideas. Pero seguiré con el libro.
Después de contarnos una curiosa pesadilla de BertrandRussell (quien fue amigo suyo) y que nos hace ver que a pesar de todo lo progre que era el amigo Bertrand, en el fondo de su corazón no ambicionaba más que perdurar en la historia (con su Principia mathematica, por supuesto, ¿acaso lo dudábais?), Hardyinsiste una y otra vez en diferenciar entre las matemáticas “puras”, las “aplicadas” y las “triviales”. Así: "Un problema de ajedrez es genuina matemática, pero es de alguna manera, matemática "trivial"."
Pensad que la música no deja de ser una matemática trivial, usada para estimular las emociones de las masas, cosa que las matemáticas no pueden hacer (a ver si os creéis que todo el mundo puede escuchar y sentir la armonía de un teorema matemático... Nooooo. Hay que ser matemático para eso.).
Los aspectos que definen las matemáticas puras para Hardy son la "belleza", la "seriedad", una cierta “generalidad” en el sentido de que conecta unas ideas matemáticas con otras, y una “profundidad” de la que carecen las matemáticas triviales (meros pasatiempos).
Debo reconocer que la parte en la que diferencia entre las matemáticas “puras” y las “aplicadas” por medio de la geometría, y el ejemplo del terremoto que cambia la “geometría” de una habitación, pero no sus “leyes” geométricas del mismo modo que el té derramado en las páginas de un libro de Shakespeare no cambia su contenido, me parece bastante creativa para alguien a quien su amigo Snow da casi por enterrado como artista en este texto (esta claro que sólo como artista matemático... un par de años más y creo que Hardypodría haber escrito "apología de un escritor").
Ya casi al final del libro, Hardy intenta justificar que las matemáticas reales no se aplican en tiempos de guerra, que sí pueden hacerlo ramas de las aplicadas, pero, claro está, a éstas no las considera verdaderas matemáticas según la distinción que previamente ha hecho. Y es hasta casi gracioso cuando dice que en tiempos de la I Guerra Mundial ni su compañero Littlewood (¿lo recordáis?, el McCartneyde las matemáticas) podía hacer una balística respetable (y si él no podía, ¿quien puede?) Así que Hardyconcluye que las matemáticas son una ocupación “inofensiva” (¡menos mal!), pero en mi opinión pierde un poco los papeles al tratar de discutir qué tipo de guerra, si la antigua o la moderna (ayudada por la ciencia e indirectamente por las matemáticas) es peor .
En el último capítulo, Hardy hace un recuento de su vida, que dicho sea de paso, Snow podría habérnoslo ahorrado en su introducción, pues lo repite casi literalmente.
Es aquí donde podemos ver que en el fondo Hardy no debía ser un tipo tan arrogante y engreído después de todo. Algo que ya se había encargado previamente de contarnos su amigo Snow en su hagiográfica introducción demostrándonos lo inteligente, tímido, desclasado, proveniente de familia modesta (pero rodeado de alta burguesía toda su vida, aunque tuviera un póster de Lenin en su habitación), simpático, buena persona y gran jugador y aficionado al cricket que fue Hardy (no fuéramos a leer la apología y tener una impresión equivocada).
Lo cierto es que no me queda más remedio que darle la razón a Snow, porque bien avanzado su ensayo,Hardyreconoce que las matemáticas son eternas, del mismo modo que la mejor literatura continúa causando una intensa satisfacción emocional a miles de personas, después de miles de años. Y es hasta gracioso saber que el motivo que le llevó a Cambridge fue la lectura de una novelita.
Pero la parte que me reconcilia con este hombre (y no bromeo) es aquella en la que se plantea por qué hacemos lo que hacemos y por qué lo hizo él. Y es que eso es algo que no dejo de plantearme yo casi a diario (bueno, una vez cada quince días en realidad). Pero como Hardy dice casi al principio de su libro, sólo un 5 ó un 10% de personas saben hacer algo realmente bien. Y por eso lo hacen. Si no, estarían desperdiciándose.
Defensor de elites o no, está claro que él pertenecía a ese 5%. Y me parece que yo debo pertenecer al 95% restante. Es más, prefiero pensar eso, a tener la idea de que me estoy desperdiciando.
En la nota final, Hardy comenta las críticas que Snow y otros colegas hacen de ciertas partes de su obra, como la referencia a Esquilo y Arquímedes que le chirriaría a cualquiera, (hasta a mí, como habéis leído) o su apartado sobre la guerra y la ciencia. Vaya, así que si no lo cambió fue porque no le dio la gana. Ya lo sabéis, si no hizo caso a sus amigos, no le pongáis las pegas que yo le he puesto.
En fin, sólo decir que no me he entretenido mucho con sus ejemplos de teoremas matemáticos, que son "sencillos", pero me he limitado a leerlos, creyendo de buena fe en su aseveración, y que hoy he conocido por fin el teorema de Fermat (estaba en un sinvivir), pero que supongo que mi mente olvidará su importancia en un par de días (creo que hasta ya lo he olvidado), al igual que el del significado de diaporino salino. ¡Espera..! ¿el diapiro no eran los cuadrados donde almacenaban el agua salada, las pozas de sal, ¡vamos!? Es que si alguien no da el término adecuado, despista. Y sin mirar en internet, que conste.
PD: Hardy fue lo suficiente modesto como para reconocer que su mayor satisfacción era haber trabajado con Littlewood y Ramanujan y que su mayor aportación a las matemáticas fue haber "descubierto" a Ramanujan. Al final...¡Estos artistas son de un sencillo!
AÑADIDO I: Antes de que alguien diga que apology es un false friend y es más bien defensa o disculpa de un matemático, decir que aparte de que así lo han traducido en castellano, para mí el libro es más una apología (y más que defensa, casi un ataque) del matemático.
AÑADIDO II: No os fiéis nunca de la memoria, pues juega malas pasadas. Y más si no ha habido un reforzamiento del aprendizaje previo (¿para cuándo otra visita? ¿o un libro de esos tan bonitos que tiene "Maria"? ) . Diapiro no son las fosas de sal. Si os interesa el tema, podéis buscar por internet, o mirar directamente el comentario número 5 (sí, la información está extraída de la wikipedia,pero me consta que debe ser fiable).
Es curioso, porque después de editar el post que tenéis a continuación de éste sobre la autobiografía de Asimov, he recordado otra autobiografía que me encantó y a la que también le puse una pega tiempo después de haberla leído... esta vez no pequeña como en el caso de la de Asimov, sino la más grande que podáis imaginar.
Ya sé, como dijo Groucho Marx en su autobiografía, que todas las autobiografías mienten, que en la mayoría de los casos pretenden dar una imagen positiva del interesado. Es así, vale. Pero en ocasiones, hay cosas que no deberían pasarse por alto si el autor pretende que la "imagen" que ha proyectado al exterior no se derrumbe como un castillo de naipes.
La autobiografía en cuestión es Vueltas al tiempo de Arthur Miller (editada por Tusquets) y si os interesa este dramaturgo os la recomiendo de verdad. No es tan divertida y amena como la de Asimov, pero aún así, muy recomendable. ¿Cuál es la mayor pega que le pongo a este libro? Pues que si en 312 páginas Miller tiene tiempo para hablarnos de sus trabajos como obrero de cuello azul que alternaba con su labor como dramaturgo, de la creación de algunas de sus obras más famosas (como la magistral Muerte de un viajante), su primer matrimonio, su segundo matrimonio con Marilyn Monroe, sus problemas durante la caza de brujas, la traición del director Elia Kazan, su tercer matrimonio con la fotógrafa Inge Morath y lo fantástica que es su hija Rebecca, fruto de esta unión, así como de muchas otras cosas igual de interesantes... se olvida de un pequeño detalle que a mí, francamente, me deja a cuadros.
Miller tuvo un segundo hijo con Morath, Daniel, nacido en 1966 con sindrome de Down y que entregó a una institución al poco de su nacimiento. Fantástico. Lees una biografía sobre un hombre al que supones de principios e íntegro... Y descubres que "abandona" a un hijo al que no dedica ni una línea en un volumen de 312 páginas. No voy a entrar en si estuvo mal lo que hizo (que obviamente, lo estuvo)...pero pasados los años, no ajustar cuentas con el tiempo y no mencionar ni el hecho, dice muy poco de Miller como padre... otra cosa es su calidad como dramaturgo, que nadie pone en duda.
Tanto si os gusta la ciencia ficción como si no, si sólo habéis leído algo del escritor de Yo, robot, o habéis profundizado más en su obra y conocéis su Fundación, u otras novelas suyas, o cualquiera de sus numerosos libros divulgativos sobre historia, ciencia o lo que se os pueda ocurrir (no sé si le faltó escribir algo sobre cocina al hombre), el que de verdad no debéis dejar de leer es su autobiografía. Su I, Asimov, editado aquí con el soso título de Memorias (no entiendo esa manía que tienen de cambiar los títulos originales, y menos cuando el Yo, Asimov tiene una clara relación con uno de sus libros más conocidos). Un recorrido ameno y muy entretenido sobre la vida de este escritor, al que sólo le puedo poner una pega y casi ni podríamos llamarla así... Y esta minúscula pega se me ocurrió años después de haberlo leído. Al parecer, Asimov murió de sida. En una operación contrajo el virus en una transfusión de sangre. ¿Acaso importa el modo en que fuera afectado? Pues bien, a pesar de que él quería comunicar publicamente su enfermedad, los médicos le recomendaron que el prejuicio con el que la enfermedad era vista, podía extenderse a sus familiares y allegados. Su mujer confesó las verdaderas causas de la muerte unos diez años después. Puedo entenderlo, claro. Pero cuando lees el libro y ves lo bien amueblada que tenía la cabeza este hombre (excepto para coger un avión o vivir una vida al margen de escribir-leer-escribir-leer)... piensas que tal vez debería haber mandado al cuerno a los médicos y haber "confesado" las causas de su muerte y así ser también alguien (al igual que el Magic Johnson, vamos) que rompiera ese ridículo estigma que asociaba la enfermedad exclusivamente con colectivos no muy bien vistos por el resto... Más allá de eso, Memorias de Isaac Asimov es un libro muy recomendable.