
Antes vivía cerca de un apeadero. Y no es que fuera un apeadero maldito ni nada de eso, pero la gente lo utilizaba frecuentemente ... dos o tres veces al año...para suicidarse. A veces, chavales de quince años. Yo no es que viera ningún muerto en las vías, ni el momento en que ocurría, pero siempre que tomaba el tren, veía las flores que dejaban los familiares. Siempre había flores. Siempre. Y una de las veces, al día siguiente de que una persona se suicidara, mi abuela vio el resto de unos dientes pegados en las escaleras del tren todavía. Mi abuela se quejó en casa con razón. Podían haberlo limpiado mejor por lo menos.
AÑADIDO: Aviso para el lector desprevenido.
Esto no es un cuento, o un relato, aunque así pudiera parecerlo. Lo que habéis leído es la transcripción más o menos fiel, en la medida en que mi memoria me lo permitió, de lo que alguien me contó en cierta ocasión.
Este breve recuerdo biográfico, si así puede definirse, me dejó tan perplejo que, tras pedir permiso a su portador para transcribirlo, consideré que merecía ser contado del mismo modo, sin añadidos que pudieran darle una engañosa apariencia de ficción.